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NICANOR PARRA: Entre el río de entonces y el de ahora

LA LUZ DEL REGRESO. Al borde de ser centenario (nació en 1914), Nicanor Parra es el poeta que visita hoy estás páginas en las que Eduardo Mitre —otro poeta y minucioso lector— comenta poemas que tratan del regreso, de la vuelta al hogar, a la patria o al lar.

La Razón / Eduardo Mitre - poeta y crítico

00:00 / 10 de noviembre de 2013

La irreverente y hoy justamente reverenciada obra poética de Nicanor Parra contiene, como la de su genial hermana Violeta, piezas memorables sobre la experiencia del regreso. El lector tiene a la vista y al oído una de ellas. Hay un día feliz, que traza la vuelta del poeta a su pueblo natal, y el recorrido por sus calles que despiertan el asombro y la gratitud por el milagroso don del retorno: “Nunca pensé, creédmelo, un instante / volver a ver esta querida tierra.” Todo luce y fluye como entonces, ocupando seres y cosas su sitio exacto, incluido el perro “que dormía dulcemente / bajo el ángulo recto de una estrella”. Paulatinamente, a medida que se va cumpliendo la visita, el poeta siente (como anteriormente Gabriela Mistral) un remordimiento por haber abandonado ese espacio familiar que era el de la dicha; en tal compunción, se detiene para recobrar la serenidad y retomar el aliento (“Vamos por partes, no sé bien qué digo, /  la emoción se me sube a la cabeza”) y, acaso, también para recordarnos que su testimonio íntimo y su lenguaje coloquial son escritura sabiamente orquestada —basada de principio a fin en el endecasílabo con la misma rima asonante y en un fértil parral de imágenes olfativas, táctiles y visuales. Si el poeta no sabe bien lo que dice, bien sabe cómo lo dice: matemáticamente, de modo que con las imágenes del árbol y del padre nos deja en el centro y a la puerta de ese Edén perdido:

Lo reconozco bien, éste es el árbol que mi padre plantó frente a la puerta (ilustre padre que en sus buenos tiempos fuera mejor que una ventana abierta).

En el tramo final, que igualmente se bifurca entre el ayer y el ahora, el narrador se transfigura en el adolescente que era, a la espera de la inminente llegada de sus hermanos menores “que a esta hora / deben venir de vuelta de la escuela”. Ahí, en ese suspenso, se detienen los pasos del hijo pródigo, ya que los dos últimos versos: (“¡sólo que el tiempo lo ha borrado todo / como una blanca tempestad de arena!) caen, dicho en palabras del propio poeta, “como una palada de tierra” sobre la ilusoria recuperación de ese ámbito feliz. Y es que es nomás el río del tiempo el que finalmente marca la diferencia; pero no entre el río de entonces y el de ahora que, en el fondo, son el mismo, sino entre el adolescente Nicanor y el adulto que escribe el poema: ese otro rio de palabras en el que vuelve y pasa por nuestros ojos ese paraíso con “la mirada celeste de la abuela”.

Hace años, veintidós para ser exactos (y me cuesta creerlo, pues me parece ayer), Rubén Vargas Portugal, en una lúcida reseña sobre una antología de la obra de Parra, concluía que ésta, “como si hubiese sido escrita hoy, tiene cuerda parra rato” (1). Ahora como entonces, tal aserto da en el blanco.

NOTA

Vuelta, N. 179, octubre de 1991, México, DF., p 40.

Hay un día feliz

Nicanor Parra n (1914)

Recorrer me dediqué esta tarde las solitarias calles de mi aldea acompañado por el buen crepúsculo que es el único amigo que me queda.

Todo está como entonces, el otoño y su difusa lámpara de niebla, sólo que el tiempo lo ha invadido todo con su pálido manto de tristeza.

Nunca pensé, creédmelo, un instante volver a ver esta querida tierra, pero ahora que he vuelto no comprendo cómo pude alejarme de su puerta.

Nada ha cambiado, ni sus casas blancas ni sus viejos portones de madera.

Todo está en su lugar; las golondrinas en la torre más alta de la iglesia; el caracol en el jardín; y el musgo en las húmedas manos de las piedras.

No se puede dudar, éste es el reino del cielo azul y de las hojas secas en donde todo y cada cosa tiene su singular y plácida leyenda: hasta en la propia sombra reconozco la mirada celeste de mi abuela.

Estos fueron los hechos memorables que presenció mi juventud primera, el correo en la esquina de la plaza y la humedad en las murallas viejas.

¡Buena cosa, Dios mío!, nunca sabe uno apreciar la dicha verdadera, cuando la imaginamos más lejanaes justamente cuando está más cerca.

Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice que la vida no es más que una quimera; una ilusión, un sueño sin orillas, una pequeña nube pasajera.

Vamos por partes, no sé bien qué digo, la emoción se me sube a la cabeza.

Como ya era la hora del silencio cuando emprendí mi singular empresa una tras otra, en oleaje mudo, al establo volvían las ovejas.

Las saludé personalmente a todas y cuando estuve frente a la arboleda que alimenta el oído del viajero con su inefable música secreta recordé el mar y enumeré las hojas en homenaje a mis hermanas muertas.

Perfectamente bien. Seguí mi viaje como quien de la vida nada espera. Pasé frente a la rueda del molino, me detuve delante de una tienda: el olor del café siempre es el mismo, siempre la misma luna en mi cabeza; entre el río de entonces y el de ahora no distingo ninguna diferencia.

Lo reconozco bien, éste es el árbol que mi padre plantó frente a la puerta (ilustre padre que en sus buenos tiempos fuera mejor que una ventana abierta).

Yo me atrevo a afirmar que su conducta era un trasunto fiel de la Edad Media cuando el perro dormía dulcemente bajo el ángulo recto de una estrella.

A estas alturas siento que me envuelve el delicado olor de las violetas que mi amorosa madre cultivabapara curar la tos y la tristeza.

Cuánto tiempo ha pasado desde entonces no podría decirlo con certeza; todo está igual, seguramente, el vino y el ruiseñor encima de la mesa, mis hermanos menores a esta hora deben venir de vuelta de la escuela: ¡sólo que el tiempo lo ha borrado todo como una blanca tempestad de arena!

(Poemas y antipoemas, 1954)

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