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Notas para un diario: La Isla

El novelista argentino Ricardo Piglia sigue dando a conocer páginas de su Diario personal, el embrión, como él mismo lo ha reconocido, de muchas de sus ficciones

La Razón / Ricardo Piglia

00:00 / 04 de marzo de 2012

Viernes

Pasamos varios días en una isla del Tigre, en la casa de unas amigas. Al navegar por los afluentes del río Paraná pienso, como tantos otros antes, que ninguna ciudad es lindera, como Buenos Aires, de un archipiélago de remotas islas que se alejan y se pierden en las tranquilas aguas de un río tan lento que los lugareños lo llaman “el camino que anda despacio”.

El paisaje recuerda el ambiente de El corazón de las tinieblas de Conrad y esa resonancia está en uno de los mejores poemas de Borges, “Manuscrito encontrado en un libro de Joseph Conrad”, que parece una estampa de los densos veranos del Delta.

Sábado

Bajo al río y salgo a nadar y me dejo llevar por la corriente hasta un remanso sobre el Rama Negra. Al rato, en el agua, siento una extraña vibración y cuando me zambullo encuentro en el lecho barroso, a dos metros de profundidad, un celular que suena. Alguien lo tiró o lo perdió pero lo más insólito —o lo más inquietante— es que el teléfono sigue respondiendo a las llamadas con su voz mecánica.

Habría que hacer una enciclopedia de las cosas que persisten en la fugacidad del presente. Todos tienen wifi e internet acá y escriben emails y tweets pero desde siempre a la mañana temprano y al caer la tarde pasa la lancha del correo. De ida dejan la correspondencia en los muelles, atada a una madera, y a la vuelta recogen las cartas que los residentes de las islas dejan sobre el río en el extremo de una caña.

Domingo

Salí a remar y al subir al bote hubo cierto corcoveo y los vecinos —isleños de tres generaciones— me miraron con la sonrisa socarrona de un paisano que, en el campo, observa a un forastero engreído montar a caballo.

Lunes

Noches tranquilas, conversando en la  galería abierta que da al río, con el olor balsámico de los espirales para mosquitos en el aire quieto. Divertido es comprobar que  el mito del retorno a la naturaleza tiene antecedentes inmemoriales. En su excelente libro El salvaje en el espejo, el antropólogo mexicano Roger Barttra señala que en el 493 aC. se estrenó la pieza Los salvajes (Agrioi) del comediante griego Ferécrates; la obra de la que sólo han sobrevivido algunos fragmentos, relata la historia de dos misántropos atenienses que huyen de la confusión ciudadana y se refugian en un paraje primitivo en busca de una existencia natural despojada de la maldad bulliciosa de la civilización.

Miércoles

Se acaba de publicar una muy buena traducción del “Infierno” de Dante hecha por el poeta Jorge Aulicino. Hace un tiempo se publicó en inglés una notable versión de Robert Hollander. Hay que volver a traducir cada tanto a las clásicos porque la lengua cambia. Mejor sería decir que cambia el modelo de estilo literario de cada época, al que el traductor obedece implícitamente. Por eso, una historia de las traducciones sería el mejor camino para una historia del estilo literario.

La primera traducción de la Divina Comedia en la Argentina la hizo Bartolomé  Mitre, un político y militar que llegó a presidente de la República. Lucio Mansilla, notable escritor y el único dandy dadá del siglo XIX, tenía una cita con Mitre pero éste lo hizo esperar. Cuando Mansilla entró a su despacho, Mitre le dijo que se había retrasado porque estaba trabajando en su traducción de Dante. “Pero claro, general”  dijo Mansilla. “Hay que darle duro a esos gringos”.

Jueves

El gato que encontré en la calle vivió tranquilo en casa. Se adaptó rápido, tenía su territorio en el patio, andaba por las habitaciones, subía a la terraza, cuando yo estaba leyendo venía conmigo. Le gustaba mirar televisión, pero no soportaba el canal Animal Planet. Dormía en una caja de zapatos, no le gustaba la luz eléctrica. El veterinario me dijo que estaba sano, que iba a tener gato para rato. Cuando me fui al Tigre le encargué a mi vecina que lo cuidara. Pareció recononocerme al verme de vuelta. Inmediatamente se instaló en el sillón, como esperando que yo me sentara a leer. Ayer fui a comer con unos amigos y al volver el gato no estaba. Me imaginé que andaba por los techos y no me preocupé. Hoy a la mañana no había vuelto y cuando salí a comprar el diario lo encontré en el hueco del árbol de la calle Cabrera de donde yo lo había rescatado hace un mes. Volvió al redil, como Gramsci decía de los intelectuales. Prefiere ser un gato callejero y no andar todo el día entre libros.

Viernes

Vamos a ver el documental de W. Herzog: La gruta de los sueños perdidos, sobre las pinturas rupestres encontradas en las Cuevas de Chauvet-Pont d’Arc, al sudoeste de Francia. Las imágenes tienen cerca de 40 mil años y pueden considerarse el principio de la representación figurativa en el arte. Una de las laderas rocosas de la cueva que da al río Ardèche colapsó y tapó la entrada y preservó las figuras como en una cápsula del tiempo durante miles de años. Las pinturas y dibujos de la cueva tienen la calidad de una Capilla Sixtina del paleolítico. Hay en las paredes un bestiario de animales poderosos y en un ala un extraordinario grupo de caballos cuyas cabezas son de una ligereza y de una belleza sorprendente. Dibujada  en la pendiente de una roca hay una mujer con las piernas abiertas que está unida a un bisonte. Como señala Herzog esa figura parece un eco distante de la serie de bocetos de Picasso “Le minotaure et la fame”. “De alguna manera son como trazos de sueños olvidados que han aparecido luego en el arte moderno.” La experiencia del filme es inolvidable y perturbadora. Lo que llamamos arte estuvo dado desde el principio en toda su perfección. Las pinturas de la cueva parecen una comprobación de las hipótesis de Aby Warburg: no hay evolución ni progreso en la historia de las imágenes. Las formas pueden compararse unas con otras, sin mediaciones, en una constelación abierta de estilos de representación que son comunes más allá de los siglos de diferencia. Al ver las figuras pensé en la teoría del espíritu como creador de formas simbólicas de Ernest Cassirer, pensador hoy un poco olvidado, pero muy leído en la época en la que yo estudiaba en la facultad. Hay que recordar que Cassirer trabajó varios años en la Biblioteca de Warburg y fue de hecho “el filósofo de la casa”. Su influencia es muy clara en el libro de Panofsky La perspectiva como forma simbólica. La iconografía había comenzado a reemplazar al autor y a la cronología en el análisis conceptual del arte. Cierto platonismo kantiano será siempre bienvenido en el estudio de las formas y los procedimientos de construcción artísticos.

Jueves

Hace mucho calor en la ciudad. Vuelvo caminando a mediodía y en una obra en construcción cruzo a dos muchachos que conversan a la sombra de un árbol. Al pasar, escucho que uno le dice al otro, hablando de un amigo ausente: “Encontró a la mujer en su cama con un flaco”. Un cuento perfecto de diez palabras. Lo mejor es el desplazamiento de la posesión de la mujer a la cama y la simpatía en la locución final que define al intruso.

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