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Notas en un diario: ¿Qué gato?

El novelista argentino regresa con páginas de su Diario. La escritura cotidiana en la que se incuba la creación literaria. Una forma de ver y estar en el mundo

Foto: El País

Foto: El País

El País / Ricardo Piglia

00:00 / 29 de enero de 2012

Viernes. Aterrizo a la mañana en Buenos Aires después de meses de ausencia. Doy vueltas por la casa, abro las ventanas, hago algunas llamadas. En el estudio está cristalizado el día en que me fui, como si hubiera salido huyendo. Un diario La Nación del mes de mayo en el sillón; fichas, diagramas y notas sueltas pegadas en la pared (hombres de impermeable blanco, con lentes negros, la amenazan. La muchacha piensa: Si miro las armas estoy perdida. / Kilómetro 36: la casa de W. H. Hudson. / Hay mujeres que en lugar de envejecer, enloquecen). Sobre la mesa los libros que quizá estaba leyendo: El sol que declina de Osamu Dazai, Terrorism and Modern Literature de Alex Houen, Plotting Terror de Margaret Scanlan, El amparo de Gustavo Ferreyra. ¿En qué andaba yo en aquel tiempo?

Ella se ha quedado en Filadelfia, espera seguir a Los Ángeles y luego a Tokio. Viaja sin equipaje. “Solamente voy a llevar mi máquina de fotos y las píldoras para dormir”, dice.

Sábado. Paso Nochebuena solo en la ciudad vacía. No hay automóviles en la calle, pocas luces, los negocios cerrados, una extraña penumbra. Bajo por Corrientes buscando un lugar abierto para comer y al final termino en una parrilla improvisada en un boliche con mesas en la vereda. Al fondo, atrás del obelisco, un juego de luces que parecen venir del río. Cada tanto estallidos y fuegos artificiales. De a poco el lugar se va llenando con los náufragos de la noche, gente sola, alemanes, belgas, norteamericanos, viajeros que salieron como yo a buscar un lugar donde comer. Pido una tira de asado con ensalada y una botella de vino. Al rato entro en conversación con un inglés sentado a la mesa vecina. Es de Liverpool, vino a buscar –él dice a pescar– jugadores de fútbol de las divisiones inferiores.

Sábado. Escribir a mano es una práctica arcaica, anterior incluso al lenguaje oral. Los instrumentos han cambiado a lo largo de los siglos, pero el gesto es el mismo: se usa la mano más hábil para trazar las letras y la otra como ayuda ocasional. Soy un zurdo contrariado, sólo uso la derecha para escribir y en todo lo demás, la mano izquierda. La inolvidable señorita Tumini, maestra de primer grado inferior, me obligaba a escribir con la mano derecha. Me veo en el aula vacía copiando palabras con el furor de un pequeño disléxico demente. Miércoles. Antes, cada dos por tres entraba en una polémica pública. Ahora no le encuentro sentido a ese murmullo incesante de opiniones y de pronósticos. Sin embargo, a veces, todavía, a la mañana temprano, bajo la ducha, escribo indignadas cartas imaginarias a los periódicos contestando argumentos idiotas. (Señor Director, cuando estuve en Madrid hace unos meses le sugerí a los indignados de Puerta del Sol que le pidieran una audiencia al rey). No bien salgo del agua, las réplicas se disuelven.

Una mendiga mató a otra en la recova de Plaza Once porque le robó una manzana.

Jueves. Leo en un viejo número de The Magazine of Fantasy and Science Fiction sobre la persistencia del tigre en la literatura inglesa: el tigre que arde luminoso en la foresta de la noche de W. Blake, el Shere Khan de Rudyard Kipling, el tigre de Yucatán de Hilaire Belloc, el tigre overo de las llanuras del paraíso de Ian MacKenzie y entonces pienso que también el tigre ha sido robado de las bibliotecas por el hacedor ciego que quiso soñarlos, pero sin suerte porque los tigres le salían “tirando a perro o a pájaro”.

Viernes. Escribo un prólogo a la novela de Sylvia Molloy En breve cárcel. Cuando decimos que no podemos dejar de leer una novela es porque queremos seguir escuchando la voz que narra. Más allá de la intriga y de las peripecias, hay un tono que decide la forma en que la historia se mueve y fluye. No se trata del estilo –de la elegancia en la disposición de las palabras– sino de la cadencia y la intensidad del relato. En definitiva, el tono define la relación que el narrador mantiene con la historia.

Ella me envía sus e-mails desde el BlackBerry: frases breves, consignas (“¡Regá las plantas!”).

Lunes. Salgo a comprar los diarios. En la vereda de la calle Cabrera, una mujer habla con un gatito que está en lo alto de un árbol. El gato se lame las patas, indiferente. La mujer trata de hacerlo bajar. “No quiero que viva una asquerosa vida callejera”, me dice. La gata tuvo las crías en el hueco de una horqueta del tronco y ayer se llevó a los otros cachorros y lo abandonó.

Cuando paso de vuelta, la mujer ya no está y el gato sigue ahí. En el supermercado coreano consigo un poco de carne picada y de leche. El gato baja y me lo traigo a casa.

Tuve un gato hace muchos años en Mar del Plata, cuando recién había terminado el secundario. En marzo me fui a estudiar a La Plata y le pedí a mi madre que lo cuidara. En las vacaciones de invierno volví a casa y no lo vi. Le pregunto a mi madre, ¿y el gato? Ella me mira con sus bellos ojos irónicos, “¿qué gato?”, dice.

La vecina rusa. La conocí en Princeton, donde se había radicado en 1950. Salió de Rusia por Finlandia en 1937 cuando Bujarin cayó en desgracia y se exilió en París. Ha publicado en las últimas décadas dos tomos de una monumental biografía de Tolstói y está trabajando en el último volumen, al que tentativamente llama La conversión. Ha viajado ya dos veces a la ex URSS a trabajar en los archivos secretos de la KGB recién habilitados en Moscú.

Sábado. Me interesa la distinción que establece Sartre en El ser y la nada, entre estar muerto y estar “retirado” (“être mis à la retraite”): en el primer caso, el pasado no existe; en el segundo, no hay otra cosa.

El exboxeador, el excombatiente, el exdrogadicto, el amante abandonado. La frase de In Another Country (En otro país) de Hemingway que F. Scott Fitzgerald consideraba una de las más sugerentes e inquietantes de la lengua inglesa. “In the fall the war was always there, but we did not go to it anymore” da cuenta de esa nostalgia de la experiencia intensa que persiste como un lugar al que no se puede volver.

Por otro lado, la vivencia de la vida perdida remite a la figura del muerto-vivo que no tiene historia, ni sabe nada del pasado. “¡Pregunta a los historiadores! Ellos, en sus aposentos, contemplan boquiabiertos lo que fue y lo describen incansablemente. Ve a preguntarles y vuelve luego”, dice el cazador Gracchus, que vaga por los tiempos y por la Selva Negra, en el extraordinario relato de Kafka (“Aquí estoy, muerto, muerto, muerto”).

Ése es el lugar de enunciación y el tono irónico que Beckett toma de Kafka para definir un nuevo tipo de narrador. Su primer relato escrito en francés Le Calmant expresa al comienzo: “Je ne sais plus quand je suis mort. Il m'a toujours semblé être mort vieux”. (“Yo no sé cuándo he muerto. Siempre me ha parecido haber muerto viejo”). Relatos que narran la experiencia, de vivir en el vacío, en un presente perpetuo. De allí su contemporaneidad, etcétera.

Hay algo de esa figura en la cultura política actual. La noción del testigo como el muerto en Agamben. (Los “musulmanes” que se dejan estar en Auschwitz) y en el Walsh de Operación masacre (“Hay un fusilado que vive”) que a partir de esa figura restituye la verdad. También está el caso de los prisioneros clandestinos que han sobrevivido en los campos de concentración argentinos (el desaparecido que regresa) y son los testigos clave en la reconstrucción de los hechos en el Nunca más y en los juicios actuales a los militares.

El testigo como el sobreviviente. Quizá éste sea el único caso en el que vale la ecuación: sólo quien lo ha vivido puede contarlo (porque en un sentido está muerto).

En el orden del relato, no hay que confundir información con experiencia.

(Ligado a lo anterior) “El primer significado de verdadero y falso parece haber extraído su origen de las narraciones”. Spinoza Apéndice a los Principios de la filosofía de Descartes. Pensamientos metafísicos (1663).

Lunes. El gato se adaptó rápido a su nueva vida. Inmediatamente se instaló en el patio y se dedicó a observar a los pájaros que sobrevuelan la enredadera. (Investigaciones de un gato). Mira el aire con fijeza, abstraído, como si captara lo que nadie puede ver. “Quien ama a los animales los ama contra los hombres”, decía mi madre.

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