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Novela que se escribe de noche

Producir una sola página de un libro significa hacer borrones y desvelarse junto a un café con leche que se queda frío, lo que resulta un precio muy alto.

Escribir una novela

Escribir una novela Foto: writerlechuza.com

La Razón (Edición Impresa) / Claudio Ferrufino - Coqueugniot, escritor

00:00 / 30 de abril de 2017

No puedo decir qué es, ni qué se llama, o por dónde va, pero sí que no viene de la pestaña sino de ojos bien abiertos, acostumbrados por décadas a luces de neón, de helio, blancas, verdes, naranjas, de foco de 25W afuera en silpancheras ya muertas en el Kullku o rojos de mancebía atolondrada y varia. Que la escribo, lo único, y con dificultad, no porque no tenga memoria ni voz ni sobre todo oídos, sino porque nos guían los relojes, los que encierran la noche (que debiera ser eterna) en algunas horas breves, no suficientes para imaginar y convertir en reales los mundos que aprehendo.

Y la lengua, objeto animado y voraz, caníbal que no respeta reglas ni academias, que vive y husmea sin fatiga como las escondidas musarañas. Cuando creí dominar un idioma supe al primer día que había fracasado. Nada está dicho, por escrito que esté, y menos santificado; lengua, idioma, jerga, variantes, orígenes, desviaciones, neologismos, arcaísmos. Leo a un admirado amigo que dice que nos pasamos repitiendo, reescribiendo lo ya trillado, tal vez lo único que tuvimos que decir. Pero, y esto en calidad de emigrante/inmigrante, descubro que no, lo que me alivia porque lo peor, creo, sería cansarse de uno mismo. De la mujer, quizá, pero inventaron la expresión “amor” cuyas connotaciones esotéricas maldicen a los creyentes que desoyen los gritos de lealtad.

Se comete falsía, se es infiel, y luego de retorno a la redada, al gremio de los cariacontecidos, los buenos y los tontos. Quizá los afortunados. Pero en cuanto al habla, luego alumbrada en escritura, es la geografía la que mortifica, al revés del cansancio, de no tener tiempo para captar sutilezas y sinuosidades, averías y desdenes que nos renovarían por siempre y para siempre. La clepsidra se vuelca a principio y fin, pero solo para lo efímero y carnal que somos, para el lomo y muslo animal que poseemos a pesar de cualquier pretensión. La de escribientes, verbigracia.

¿A qué va esto? A que luego de más de 30 años de hacer borrones, manipulando un escueto número de miles de vocablos, matizándolos con emociones a veces afortunadas o jodiendo la palabra con jerigonzas, me gusta advertir que cada página me está costando una noche, un precio muy caro si retornamos al asunto de la escasez y de la luz que mata vampiros; es posible que con tanta muerte salga un engendro jugoso que valga pizca más que los treinta denarios del Cristo.

Lo vamos a saber, un día, si los búhos gigantescos que pueblan las ramas de la ciudad de Centennial no secuestran los ánimos y los destrozan como a ratones, o me ahogue yo en el dique penumbral por el que atravieso manejando el auto a velocidad dado lo invisible que soy, y que me siento entonces.

Hay un dolor que supera el crujir de las rodillas de 50 años, lo cegato de estos anteojos comprados en Walmart a dos dólares, y es saber que tienes a mano una pepita de oro, un carbón dicho diamante y que quizá no tengas la destreza de manejarlo, de pulir aristas y añadir quilates. Hay que intentarlo, sin embargo, con las limitaciones de tu talento, felizmente sin ninguna (¡vade retro!) ofuscación de fama y por encima de la ruidosa manifestación de los relojes. Al menos no hay campanas de iglesia que suenen en estos pueblos infieles, aunque… a decir verdad, me encantaba esperar el mediodía en la vieja plaza 14 de Septiembre, no la nueva, y escuchar las campanadas de la Compañía. Recuerdo, tengo que registrarlo, en el magnífico Los ríos profundos, el ronco tintinar de la María Angola…

Pues heme de nuevo sentado en silla africana de madera parda, acomodando hojas, cuartillas, servilletas y listas de compras con notas que vienen al caso de producir una novela. Más fácil me sería hacer cine, que las imágenes quitan el desasosiego de querer explicar sin posibilidad de hacerlo. Igual con los colores, porque cómo describo sin acuarela el paso de la sombra total a un sepia con tintes amarillos y naranjas sin ton ni son. No hay cine, cámara, o Ava Gardner; tendré que conformarme con lo prosaico del 17 de abril del año 17, con el café con leche enfriado y una dura mitad de galleta con chocolate chips.

La luz interior del Honda parpadea, la batería muere a las doscientas mil millas. El resto de la página lo escribo a oscuras, con letras grandes según corresponde a la grafía de un novel analfabeto.

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