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ORGULLO QUE BAILA

Carnaval, Gran Poder y otras fiestas reflejan la pujanza económica y cultural del mundo aymara a través de sus cada vez más potentes fraternidades.

Multitud. Las calles y los locales de eventos se llenan cada vez más de gente que disfruta de las fiestas, ya sea bailando o simplemente mirando.

Multitud. Las calles y los locales de eventos se llenan cada vez más de gente que disfruta de las fiestas, ya sea bailando o simplemente mirando. Foto: Luis Salazar-archivo

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

00:00 / 26 de febrero de 2017

Las fiestas populares paceñas, antes despreciadas, durante siglos vistas por las clases altas como una cosa solo de indios y, por tanto, de pobres, han experimentado un crecimiento exponencial y asombroso en tan solo una década. En Carnaval y en el Gran Poder se despliega ahora una paleta de colores, de bailes, de mixtura, de modelos, de comidas, de espuma, de bandas, de alcoholes y de lentejuelas que resulta casi mareante. El antropólogo Édgar Arandia asegura que las fiestas han evolucionado tanto en tan poco tiempo porque “las fraternidades son cada vez más potentes gracias a que las clases populares tienen más dinero del que han tenido nunca y porque su autoestima ha subido mucho con este Gobierno”.

Cuando, tras la Revolución de 1952 los indígenas del altiplano comenzaron a trasladarse masivamente a La Paz se instalaron principalmente en la ladera oeste, formando grupos que reproducían el espíritu comunitario del ayllu y la marka rurales y que, con el tiempo, resultaron en las fraternidades formadas alrededor de un santo: el Tata Santiago, Santa Rosa de Lima, la Virgen del Carmen... Con ellas se garantiza la permanencia del Ainoca, el espacio comunal en el que la cultura aymara resiste y vive de forma paralela a la occidental y que mantiene costumbres y festividades ancestrales como el Amukim, el Jisk’a Anata y el Jach’a Anata, aunque en gran medida adaptándolas al entorno urbano. Así Chukiago Marka junta al mundo indígena, el mundo cholo y el mundo blanco, lo que provoca unas fuertes tensiones para las fiestas que son una especie de escape emocional. “Por eso son importantes”, dice Arandia, “y la idea es que da igual que la gente ensucie, que orine en las calles y destroce las jardineras, porque eso siempre será preferible a que corran ríos de sangre”.

  • Las calles y los locales de eventos se llenan cada vez más de gente que disfruta de las fiestas, ya sea bailando o simplemente mirando. Foto: Miguel Carrasco-archivo

PRESUPUESTO. Así, en Carnaval se danza y se baila, se toma, se corteja… siguiendo el ciclo agrícola que rige el calendario aymara es la fiesta de la fecundidad, en la que casi todo vale. Pero quienes lideran las fraternidades —que organizan y protagonizan esta fiesta y las demás— ya no trabajan la tierra, aunque la ch’allen.

Son comerciantes, arquitectos, profesionales o empleados públicos con mucha más capacidad ejecutiva y económica que sus predecesores y también mayor compromiso. “Antes, al que estaba mareado en una fiesta le ponían la escarapela y le decían: ‘vos vas a organizar’; y él respondía ‘bueeeno, ya, lo haré’. Pero ahora es un puesto muy disputado, solo para los que realmente quieren y se atreven a enfrentar este compromiso, que se asume con una ceremonia y un ritual importantes”, argumenta el gestor cultural Javier Escalier. Quien se pone a cargo debe asegurar que el próximo Carnaval o el próximo Gran Poder van a representar el orgullo, la solidaridad y las capacidades de los —a veces más de 1.000— miembros de la fraternidad y de todo un pueblo.

Las parejas —normalmente de dos a cuatro— que gestionan la fiesta “casi siempre van a pérdida pero lo hacen para que la gente se divierta”, dice Escalier, quien añade que “el ch’uta y el pepino antes eran muy pobres y ahora ya no quieren bailar con una banda pobre sino con una buena”. Y no solo son los músicos, sino que para que la celebración resulte memorable también se necesitan bordadores, pollereras, decoradores, joyeros, zapateros, salones de eventos, cocineros, escenarios, camareros, modistas, técnicos y equipos de sonido… para las grandes fiestas, los bautizos y los demás actos sociales, todo el año: “Hay que tener un buen bolsillo y un buen hígado para la vida en la fraternidad, porque se lleva un ritmo frenético”, sentencia Arandia.

  • Las calles y los locales de eventos se llenan cada vez más de gente que disfruta de las fiestas, ya sea bailando o simplemente mirando. Foto: Miguel Carrasco-archivo

Tanto gasto resulta totalmente necesario no solo para que los participantes en la fiesta disfruten, sino también para que desde afuera se perciba de un solo vistazo la prosperidad de quien organiza y de toda una clase social. Arandia opina que quien invierte tanto busca mostrar cosas diferentes según a quién: a los miembros de su comunidad que ellos también pueden prosperar, que las nuevas generaciones no están obligadas a heredar la pobreza de sus antepasados y que juntos, como grupo, son capaces incluso de traer artistas del extranjero; y a los de afuera, a los que han sido opresores durante generaciones, que las cosas cambiaron. “Un moreno en el Gran Poder, con su traje carísimo está diciendo: ‘mira, blanquito, esto no es tela china barata, es cachemir inglés y yo soy un cholo hermoso y poderoso, ven a contemplar qué bien me muevo, cómo bailo morenada’”.

Y lo cierto es que el moreno lo ha conseguido porque gente de toda La Paz acude a las comparsas y a las entradas, a mirar pero también a participar. “Antes era devaluado: ‘los indios bailan ch’utas’. Ahora ¿qué pareja ‘bien’ o qué político no quiere bailar ch’utas? Por eso también el Carnaval ha bajado al centro”, señala Escalier. Gestor de estos eventos desde hace dos décadas, recuerda cómo menos de 10 años atrás la reina del Carnaval, al jurar, preguntaba qué era el ch’uta y el pepino, porque no los conocía. “A Pablo Groux, siendo ya ministro de Culturas, lo llevé a El Tejar con Evo Morales. Fue la primera vez que un presidente subía a la fiesta. Groux se quedó alucinado, decía que nunca había conocido esto”. Para confirmar esta explosión de interés basta con mirar los periódicos, que en 2006 le dedicaban solo una foto al despertar del pepino y ahora publican números especiales. El mes pasado, un canal de televisión español emitió un reportaje rodado en La Paz en el que mostraba a un grupo de jóvenes de clase alta ensayando en la zona Sur bailes propios de las laderas.

Expansión. La atracción que provoca la fiesta, que ha creado modas musicales, de vestir e incluso de hablar es la consecuencia del empoderamiento, de que “la burguesía emergente o chola puede competir, sobre todo en el negocio inmobiliario, en igualdad de condiciones”, dice Arandia. Su capacidad de comercio ha sobrepasado La Paz y llega hasta Santa Cruz, Cobija, Tarija y Argentina, y en este contexto la fraternidad ofrece valiosas relaciones políticas, comerciales y sociales porque en una preste, en una fiesta de Carnaval o en un bautizo los asistentes se divierten pero también cierran negocios, conciertan matrimonios, establecen redes… “funcionan el compadrazgo horizontal —de igual a igual— y el vertical, en el que conoces a jerarcas de la política o de los negocios que en algún momento te van a servir”. Así, en las fiestas, se ha formado el gran capital del mundo indígena, reconstruyendo su sistema económico ancestral y adaptándolo a la sociedad capitalista, lo que para Arandia “es su gran aporte y su gran inteligencia”.

  • Las calles y los locales de eventos se llenan cada vez más de gente que disfruta de las fiestas, ya sea bailando o simplemente mirando. Foto: José Lavayén-archivo

Carnaval y Gran Poder suponen un importante movimiento de dinero. Pero aún queda la tarea de formalizarlo y, manteniendo el espíritu, maximizar su rendimiento económico. Para ello deberían surgir empresas de la industria cultural bien organizadas, que ahora son incipientes y cuentan con mucho campo por delante, al nivel local, nacional e internacional. Las bandas, por ejemplo, tienen demanda en Argentina, Brasil o Estados Unidos, y algunos mascareros de Carnaval sufren para atender los contratos que les llegan de España, porque los paceños que viven allá quieren bailar con las máscaras de acá.

Este interés en el extranjero se puede ver como un reflejo, una consecuencia que aquí la fiesta está en pleno auge, que las serpientes que asemejan las entradas y las comparsas cuando bailan han bajado de las laderas y se han instalado en el centro. “Ya hemos hecho llegar al ch’uta en teleférico”, lo ilustra Escalier. Pero este promotor avisa que hay que aprovechar bien el actual momento de auge porque “todo esto es cíclico”. “Sobre todo, si la derecha llega otra vez al poder, esto se volverá a achicar y a hacerse un submundo, lo que en principio debería ser incluso bueno si se toma como una forma de renovarse para luego volver con otros bríos y otras novedades”.

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