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El Oficio de la Pasión

El Musef rescata y expone la innovadora obra de Damián Ayma Zepita, un etnofotógrafo aymara que recorrió el país y retrató la vida rural

Vidas. Un retrato de Ayma y el puente Juchujawira (Challavito, Oruro, 1958).

Vidas. Un retrato de Ayma y el puente Juchujawira (Challavito, Oruro, 1958). Fotos: Musef

La Razón (Edición Impresa) / Marcelo Pérez - fotógrafo

00:00 / 28 de mayo de 2017

La fotografía boliviana no es de las más conocidas ni de las que ha gozado de la mayor cobertura a lo largo de su historia. Afortunadamente, una vez más se hace visible gracias a la labor de personas como Damián Ayma Zepita (Oruro, 1921 – Santa Cruz, 1999), quien tomó esta tarea más allá del estricto oficio de fotógrafo. Imprimió un sello personal y dejó un valioso aporte a la historia gráfica boliviana con un trabajo de casi cuatro décadas y más de 17.500 fotografías, una vida a través de imágenes. Sin haber estudiado, lo hizo como los grandes fotógrafos hacen, apropiándose y convirtiendo a la fotografía en el motor de su vida.

Damián Ayma nació en una familia humilde en Machacahuyo, del ayllu Kollana, cantón Santiago de Toledo, provincia Saucarí del departamento de Oruro. Como él mismo dice en una entrevista de archivo: “Nací en un putuku, vivienda uru, parecida a un horno”. Por su condición desde temprano tuvo que desempeñar múltiples oficios poco reconocidos: desde agricultor a ganadero, pasando por ayudante de perforista en las minas hasta investigador, etnógrafo y, finalmente, fotógrafo.Completamente autodidacta, Ayma afirmaba que llegó a la fotografía “por casualidad” a sus 16 o 17 años a raíz de unas fotografías que no le devolvieron a tiempo y que tuvo que ir a buscar al estudio, donde pudo ver el proceso de revelado fotográfico y, como muchos, quedó cautivado con su magia. Tras el fin de la Guerra del Chaco, Ayma Zepita se vio en la necesidad de emigrar a Argentina por motivos laborales. Allí consiguió, de entre sus múltiples trabajos, uno como ayudante de laboratorista en un estudio fotográfico, donde pulió la técnica empleada en las minas y descubrió sus verdaderas habilidades para el dibujo con la luz.

Viajero incesante, con cámara en mano y habilidoso con la gente a la hora de interactuar. Sus herencias lingüísticas le permitieron desenvolverse entre el aymara, el quechua, el castellano y viajar a múltiples poblaciones dentro de Bolivia como Oruro, La Paz, Cochabamba, Tarija o Santa Cruz. Su condición de indígena hizo que fuese bien aceptado, pero más allá de ello estaba conectado con la gente, con las agrupaciones políticas, con la Policía. Se montaba en cuanto colectivo y/o camión podía para viajar. En pocas palabras era una persona “sociable”, quizá, una de las mayores cualidades que un fotógrafo deba explotar. Tuvo varios hijos a los cuales les enseñó a trabajar con él. Algunos se dedicaron luego a la fotografía como medio de vida y su legado llegó también hasta otros entornos familiares, como sobrinos y nietos.

Las imágenes de Ayma nos hablan de minas, de fiestas de pueblos vecinos de Toledo, así como de otras localidades y ayllus. Nos hablan del carnaval, de cosechas, de festividades religiosas, de retratos, y de situaciones cotidianas en un periodo importante de transformación del país, pero bastante desatendido “fotográficamente” en el área rural.

Quizá una de las cosas que más llama la atención es la capacidad de innovar que demostró, no solo con las cámaras y las películas, sino con técnicas de movimiento y desenfoque —que incluso hoy en día no resultan del todo fáciles— logrando escapar muchas veces de las restricciones de los formatos antiguos. Esta destreza es lo que llamaríamos pasión, la cual es el combustible que mueve a los grandes fotógrafos por años, a menudo por caminos hostiles y solitarios, transportando una profesión pocas veces comprendida.

Hacia el final de su carrera —principios de los 80— comenzó a incursionar en el color. Tal vez se deba al arribo de películas más comerciales, pero su inquietud lo llevó a explorar cuanto pudo.

Fotógrafo por vocación, no tuvo un solo registro, fue una persona constante a la que se le otorga hoy el crédito de haber retratado la vida de la Bolivia rural por décadas. Para un indígena humilde llegar a acumular en esos años tal cantidad de archivos fotográficos es simplemente admirable.

  • El socavón Congreso en 1938  o 1939.

Esos archivos hoy forman parte de la colección del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef), el cual viene trabajando arduamente con un equipo multidisciplinario desde hace más de dos años en la curaduría, restauración y digitalización del legado de Damián Ayma Zepita. El resultado de este trabajo se puede ver reflejado en una exposición que fue recientemente inaugurada en el Museo, a la cual acompaña un libro, con un resumen de cerca de 200 fotografías especialmente seleccionadas.

Etnofotógrafo o fotógrafo itinerante, como ha sido catalogado recientemente. La obra de Ayma resulta sumamente importante, pues llega a cubrir un vacío existente en el periodo 1935-1985. Seguramente desde ahora pisará fuerte en la historia de la fotografía boliviana, así como en el contexto internacional.

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