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Olga Orozco: La intercesora del hijo pródigo

El poeta y crítico boliviano Eduardo Mitre, residente en Estados Unidos, retorna a estas páginas con sus comentarios y presentación de poemas hispanoamericanos que tratan el tema del regreso. Quincenalmente publicaremos esta segunda serie de cuatro entregas. De inicio, tiene la voz la poeta argentina Olga Orozco.

La Razón (Edición Impresa) / Eduardo Mitre - poeta y crítico

00:00 / 24 de agosto de 2014

Esa puerta no se abre a ningún retorno”, escribe Olga Orozco en su  poema titulado Detrás de aquella puerta. A través de ella, se oye a una  suerte de Penélope herida, resentida, por el desamor, las veleidades y la prolongada ausencia de Ulises, a cuyo retorno ella se opone, endureciendo y multiplicando sus negativas. La queja y el rechazo no se agotan en lo personal sino que implican una impugnación del héroe, de la violencia y la usurpación que revelarían su cara verdadera: la codicia: “No te acerques entonces con tu ofrenda de tierras arrasadas”. Un tono de rechazo enérgico recorre todo el poema: “Esa puerta es sentencia de plomo; no es pregunta. Si consigues pasar, encontrarás detrás, / una tras otra, las puertas que elegiste”, dicen los versos finales. Tal vehemencia pasional nos recuerda a  la de Gabriela Mistral.  

Dos otros poemas de Orozco se refieren de manera desde sus títulos a la experiencia del retorno, y no ya en alusión a los personajes homéricos, sino más bien en una suerte de variaciones del Hijo pródigo del evangelio de San Lucas. En ambos poemas, titulados La víspera del pródigo y El pródigo, pertenecientes a su libro Las muertes (1952) se escucha el mismo tono recio tan propio de la autora. En el primero, parece oírse la voz del hermano que permanece en el hogar, lamentando la ausencia del hermano ausente, en tanto que en el segundo, algo más extenso y denso, comporta una trama más compleja y no pocas variaciones y aun inversiones del texto canónico de San Lucas.  

La primera variación es la más radical: no es el padre amoroso que aguarda y acoge con los brazos abiertos el inminente retorno del hijo, sino un padre lleno de reproches y condenas. En cambio, la figura del hermano, en coincidencia con la parábola, se muestra envidioso al verse amenazado en sus intereses. El poema comporta toda una trama y el desarrollo circular de un cuento ejemplar. Al comienzo, el hijo pródigo escucha una voz que le promete la fortuna o la gloria en otras tierras, impulsándole  a partir del hogar: “Levántate. Es la hora en que serás eterno”. Tras la partida, al cabo de poco tiempo,  sus crecientes penurias y su paulatina caída en la miseria incuban la nostalgia del hogar, y su decisión de volver a su seno cuando, como una llamada del pasado: “un solo rostro surge desde el fondo de los gastados rostros lo mismo que el monarca a través de la herrumbre de las viejas monedas. Es el antiguo amor”.  

¿Quién es ese rostro, ese antiguo amor? ¿El de la madre o el de la novia? En rigor, no lo sabemos, aunque podemos inclinarnos por la figura materna. En cualquier caso, es  una voz intercesora que aboga para que no se malogre el regreso del desventurado con el reproche por su ausencia ni el  fracaso al que le ha llevado su abandono o fuga del hogar: “No vino por condena, no le obliguéis a expiar en el orgullo”, interviene esa voz protectora que apela finalmente a Dios: “No haya más juez que Tú / Dios implacable y justo”.

Un hermoso símbolo que eslabona las dos partes de la trama radica en la llave que el hijo prodigo entierra a la puerta de su casa en el momento de la partida, y que desentierra en el regreso para ingresar en ella. Pero, una vez más tenemos aquí la narración del regreso que se interrumpe, dejando al hijo a la puerta, en el umbral del retorno, y al  lector en el suspenso, como en un cuento fantástico o realista a la manera de Borges.

El Pródigo

Olga Orozco (1920-1999)Aquí hay un tibio lecho de perdón y condenas—injurias del amor—para la insomne rebeldía del Pródigo.Sí. Otra vez como antaño alguien se sobrecoge cuando la soledad asciende con un canto radiante por los muros,y el aliento remoto de lo desconocido le recorre la piel lo mismo que la cresta de una ola salvaje.“Levántate. Es la hora en que serás eterno.”Y otra vez como antaño alguien corta sin lágrimas unas ajadas cintas que lo ataban al cuadro familiary sepulta una llave bajo el ácido musgo del olvido.Detrás queda una casa en donde su memoria será sombra y relámpago.Él probará otros frutos más amargos que el llanto de la madre,arderá en otras fiebres cuyas cóleras ciegas aniquilen la maldición del padre,despertará entre harapos más brillantes que el codicioso imperio del hermano.¿Hay algún sitio aún donde la libertad levante para él su desafío?Allí está su respuesta: una furiosa ley sin paz y sin amparo.Pero noche tras noche,mientras la sed, el hambre y el deseo dormitan junto al fuego como errantes mendigos que soñaran una fábula espléndida,otras escenas vuelven tras el cristal brumoso de su llantoy un solo rostro surge desde el fondo de los gastados rostroslo mismo que el monarca a través de la herrumbre de las viejas monedas.Es el antiguo amor.El elegido ahora cuando el Pródigo torna a rescatar la llave de la casa.Ha pagado su precio con el mismo sudario de un gran sueño.¡Oh redes, duras redes que intentáis contener el viento de setiembre:permitidle pasar!No vino por perdón: no le obliguéis a expiar con el orgullo.No vino por condena: no le obliguéis a amar con indulgencia.Otra vez como antaño solo vino con un ramo de ofrendas a cambio de otros dones.No haya más juez que tú,Dios implacable y justo.(Las muertes, 1952)

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