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Olvidados

Ya está en cartelera la producción boliviana —‘cruda, necesaria, valiente’— sobre la represión durante las dictaduras militares y el Plan Cóndor

Película 'Olvidados'

Película 'Olvidados'

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 03 de agosto de 2014

Hace no mucho, comentando una película por cierto totalmente distinta a Olvidados (me) preguntaba por la existencia de algo así como una pornografía de la crueldad. Concluía que sí, que en algunos casos una mal entendida franqueza puede terminar apuntando los dardos a ese morbo que, en menor o mayor grado, nos mueve a la curiosidad cuando enfrente tenemos los peores rasgos de la condición humana. Tal vez porque sospechamos —intuimos— que en parecidas circunstancias eventualmente nosotros mismos adoptaríamos iguales o similares actitudes. El problema conexo implica otras cuestiones, no menos graves: en qué medida esa suerte de mirada al espejo interior de cada uno de no-     sotros gatilla la reflexión o si, por el contrario, solo activa una reacción catártica, bloqueando por ende cualquier genuina introspección.

Sentí que la misma pregunta una vez más queda puesta sobre el tapete a propósito de varios momentos de esta obra cruda, necesaria, valiente, útil por último. Aclaro de entrada que al decir necesaria no asumo la ya obsoleta premisa de considerar válida cualquier realización dedicada a escarbar en el pasado o a dar cuenta de algún episodio político relevante que se legitima a priori por la buena intención de partida y sin ponderar el tramado puesto en pantalla.  

El 2006, el cochabambino Mauricio D’ Avis, ahora co-guionista, publicó el primer libreto de Olvidados, despertando de inmediato el interés de Carla Ortiz, protagonista, coproductora e impulsora del proyecto. Éste finalmente fue estrenado luego de los ajustes y actualizaciones sobre la trama, fruto de la intervención de la propia actriz cochabambina y especialmente de Elia Petridis, escritor y director que obtuvo alguna notoriedad por su largo The Man Who Shook the Hand of Vicente Fernández (2012).     

En sus últimos días, José —general boliviano en retiro—, encarado a la inminencia del fin luego de sufrir un infarto, ve regresar los espectros del turbio pasado del cual fue factótum importante. Decide, entonces, revelarle a “su hijo” la verdad de su origen. Estos elementos son el hilo conductor del relato abocado en última instancia a los pormenores del Plan Cóndor. Tal fue el marbete impuesto al operativo continental clandestino de exterminio ejecutado en las décadas de 1970 y 1980 de  manera concertada entre la CIA norteamericana y las cúpulas de los regímenes dictatoriales de Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y, esporádicamente, Perú, Colombia, Venezuela y Ecuador. Se trató, en buenas cuentas, de la puesta en práctica sistemática y coordinada del terrorismo de Estado, so pretexto de combatir la “subversión comunista”, cuando se trataba en realidad de generar las condiciones para la implementación del sistema neoliberal eliminando de cuajo cualquier posibilidad de oposición.

Por los archivos desclasificados de la CIA, se supo que Manuel Contreras —jefe de la Dirección de Inteligencia Nacional chilena (DINA)— fue invitado en 1975 al cuartel general de la CIA en Langley, Estados Unidos. Contreras, “creador” del siniestro Plan Cóndor, cuyo ideólogo —sostiene el periodista e investigador Cristopher Hitchens— fue a su vez el Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, acordó su puesta en marcha el 25 de noviembre de 1975 en una reunión realizada en Santiago de Chile con los responsables  de los servicios de inteligencia militar de Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay. El horroroso saldo del Plan en cuestión fue advertido casualmente en 1992, cuando un juez paraguayo encontró en una apartada comisaría de provincia información que detalla el destino de 50.000 personas asesinadas, 30.000 desaparecidas y 400.000 encarceladas.

Olvidados es, entonces, una película contra la desmemoria que hace de facto suya aquella vieja sentencia: Un país que no aprende de su historia está condenado a repetirla.

En ese orden de cosas, dos son sus potenciales destinatarios colectivos. Quienes vivieron —vivimos— aquella época con el horror instalado en la cotidianidad, si bien sus peores extremos no cobraron estado público sino mucho después, aun cuando de manera por lo general asordinada parte de las atrocidades se divulgaban especialmente entre quienes resistían en las peores circunstancias de riesgo a los totalitarismos afincados en el continente. Parte de aquella generación, especialmente quienes estuvieron más cerca del espanto, preferirá comprensiblemente abstenerse de revivir aquellos tiempos de oscuridad y miedo. Al fin y al cabo, el instinto de supervivencia posee sus propios mecanismos de bloqueo cuando el entorno se vuelve insoportable.

Están, por otra parte, las nuevas generaciones nacidas en democracia y a las cuales el régimen de libertades ciudadanas se les puede antojar natural, ignorando, en realidad, cuánto costó “naturalizarlo”. Entre otras cosas, porque el sistema educativo sigue concibiendo la historia como un cansino relato cronológico de hechos y personajes que se suceden en un mismo nivel de significación, desprendidos de cualquier contextualización susceptible de franquear la inmersión debajo de la superficie de los datos y el acceso a los análisis de las causas de cada uno de aquellos hechos o eventos.

A estas generaciones, es de suponer, apunta primordialmente la interpelación de Olvidados, para que dejen de serlo y su holocausto se reinstale en la mirada retrospectiva hacia épocas relativamente próximas, advirtiendo por ende contra la posibilidad latente de la réplica de aquel pavor y de la urgencia de concebir a la libertad como un derecho por el cual resulta preciso pelear todos los días. El prepotente funcionario de inmigración, personificado por Jorge Ortiz, pareciera estar puesto allí para encarnar la continuidad de ciertas actitudes abusivas, en las cuales anida el peligro de volver a los comportamientos autoritarios que desembocaron en la atrocidad contada.

A estos potenciales interlocutores se suman hoy quienes tienen menos de 30 años. Me refiero a los hijos del tiempo de la explosión mediática empeñada en la banalización de lo real y en la promoción del consumo desenfrenado como cifra de la felicidad. Es sobre todo en consideración a este segmento potencial de la platea que cabe ponderar las virtudes y los óbices del film.

El modo elegido para el relato es el de la explicitación descarnada del horror sufrido en las catacumbas, donde sujetos desvestidos del mínimo rasgo de humanidad y entrenados para cebarse en el dolor ajeno, sometían metódicamente a los “subversivos” a las peores sevicias imaginables, buscando aniquilar su dignidad hasta convertirlos en delatores o, peor aún, en piltrafas dispuestas a inventar cómplices en planes igualmente imaginarios para subvertir el orden vigente.

Retomo aquí lo anotado al comenzar esta crónica,  puesto que la señalada opción sobre la manera de exponer y mostrar los hechos me provoca serias dudas acerca de su eficacia dramática para lograr el efecto perseguido. Se me antoja que el exceso, la mentada pornografía de la crueldad, puede, en definitiva, provocar el resultado contrario: obturar la reflexión y despertar un puro rechazo visceral de corto alcance hacia las imágenes en sí, pero no a lo que estas connotan y significan.

Cinematográficamente, cabe señalarlo también, Olvidados es un producto de cuidadosa factura profesional cuyos ingredientes responden armónicamente a la creación  de una atmósfera irrespirable. La luz trabajada preferentemente en acentuados claroscuros cumple en ese sentido una función primordial. El multinacional elenco de actores y actrices protagonistas hace lo suyo con pareja solvencia frente a una cámara desplazada con mesura sin buscar protagonismos sobrantes. En materia de tratamiento formal, la faena del director mexicano Carlos Bolado (Veracruz, 1964) en su quinto largo no merece objeción alguna. Es, por el contrario, una contribución real a la historia de nuestro mejor cine, aquel que hacía del rigor —y lo hace en contados casos todavía—  su irrenunciable profesión de fe.

La gran pregunta sin respuesta que revolotea en última instancia de principio a fin sobre el relato es por qué, en determinadas circunstancias, el individuo —cualquier individuo— convenientemente adiestrado y fanatizado puede transformarse en una bestia dispuesta a convertir en oficio cotidiano el uso de la brutalidad extrema sin el menor cargo de conciencia. Tal vez en la búsqueda de ese por qué pudo haber estado el mayor aporte de una película que pasa por alto tal cuestión de fondo, a la cavilación preventiva contra la eventual reiteración de circunstancias que, ojalá, no se repitan nunca más. Pero ello demandaba una mejor dosificación de sus ingredientes dramáticos, una más atenta ponderación del alcance de lo icónico en su proximidad-distancia respecto a lo real.

Ficha técnica

Título original:  Olvidados. Director: Carlos Bolado. Guión: Elia Petridis, Carla Ortíz, Mauricio D’Avis. Fotografía: Ernesto Fernández T. Montaje: Juan Palacio, Camilo Abadia, Carlos Bolado. Arte: Marta Méndez, Serapio Tola. Diseño: Patricia Quintanilla. Sonido directo: Ramiro Fierro. Efectos: Marcelo Antezana. Música: Ruy Folguera. Vestuario: Pilar Groux. Casting: Wendy Alcázar. Producción: Alejandro Clancy, Paolo Agazzi, Carla Ortiz, Frank Giustra. Intérpretes: Damián Alcázar, Rafael Ferro, Carla Ortiz, Tomás Fonzi, Ana Celentano, Eduardo Paxeco, Carloto Cotta, Guillermo Pfening, Manuela Martelli, Cristian Mercado, Shlomit Baytelman, Bernardo Peña, Jorge Ortiz, Claudia Lizaldi, Luis Bredow, Milton Cortez, Daniela Ramírez, David Mondaca. BOLIVIA/2014.

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