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Oscuros pronósticos de Al Gore sobre el futuro

Acaba de publicarse en Estados Unidos su libro titulado ‘Future’ (Futuro)

Al Gore

Al Gore

La Razón / Carlos Antonio Carrasco - escritor

00:00 / 17 de marzo de 2013

Sorprende que el exvicepresidente americano Al Gore, luego de su derrota para ocupar la Casa Blanca en 2000, se hubiese reinventado a sí mismo, como autor, premio Nobel de la Paz y exitoso hombre de negocios que multiplicó su fortuna personal de dos a 300 millones de dólares en los últimos diez años. Además, le alcanzó el tiempo para divorciarse y adoptar una nueva pareja a quien dedica su reciente libro The Future  (El Futuro), aparecido hace un mes.

El ilustre activista contra el calentamiento global expande la tesis apocalíptica de su película Una verdad incomoda y redacta sus reflexiones en 374 páginas. Estructura su ensayo proclamando seis pilares para enfrentar el porvenir del mundo: Earth Inc. (una corporación planetaria); la mentalidad global; el poder en la balanza; outgrowth (sobrecrecimiento); el reinvento de la vida y de la muerte; y el vértice final.

Señala que la globalización de la economía provocó el desarrollo de la robótica, con las conocidas consecuencias sociales. Resalta la nueva economía política en la que la iniciativa y la influencia se mueven ahora del Oeste hacia el Este. Se alarma ante la incontrolada explosión demográfica y remarca los avances en materiales biológicos y bioquímicos con los que los humanos reconfiguran el tejido de la vida, como nunca antes lo habían hecho.

 Gore se queja  por la inestable relación entre la civilización humana y los sistemas ecológicos de la Tierra, particularmente la atmósfera y al clima. Mezcla sus argumentos históricos con sustentos científicos y experiencias comunes, para hilvanar ideas y hechos trascendentes. Abundan sus digresiones sobre el ascenso del precio del petróleo, la escasez del agua dulce, los peligros de la guerra cibernética, el seguimiento sensato a los avances de la biotecnología y de la ingeniería genética.

Sus pensamientos están guiados por un hilo conductor que remata en sus conclusiones consignando recomendaciones para revertir las tendencias negativas del crecimiento. Cree que si la naturaleza intrínseca humana no puede cambiar, ciertos aspectos sí son susceptibles de ser mejorados. En ese camino pregona la “readecuación de la trascendental capacidad de liderazgo global que ha demostrado tener los Estados Unidos”.

Sin embargo, esa conjetura va paralela a la acerva crítica que hace a la grave situación que atraviesa el sistema capitalista y su corolario político, la democracia representativa. Reiteradamente, con irrefutables premisas concluye que ambos requieren reformas inaplazables, so pena de causar un descalabro total.

Tomando como microcosmos su propio país, insiste en que la plata de las corporaciones multinacionales ha suplantado la voluntad popular, denuncia  que incluso, muchas leyes se redactan en los bufetes de esos consorcios. Dice que la dependencia del Ejecutivo y del Congreso es tal que a veces se hace necesaria una consulta a los barones del dinero antes de adoptar medidas convenientes para la Nación, pero incómodas para los poderosos.

 Todas esas aseveraciones, las respalda con cifras, fuentes confiables y mementos de su paso como segunda figura de la Casa Blanca. Tiene gran esperanza en que el uso masivo de internet podría contribuir a rescatar la democracia, estimulando la participación de todos en los asuntos públicos. Al respecto, refutaría a Gore señalando que si bien esa modalidad es perfectamente aplicable en los países desarrollados, resulta una quimera inalcanzable para las naciones más pobres de la Tierra, donde el acceso al conocimiento llega apenas al alfabeto y a la aritmética básica, por falta de electricidad, de agua corriente y de otras necesidades esenciales para el diario vivir. Su apuesta a la educación como factor para un mundo mejor no es suficiente porque “algunas de las peores atrocidades en la historia humana han sido organizadas y perpetradas por villanos bien instruidos”.

El autor se muestra decepcionado ante lo que llama el secuestro del capitalismo y de la democracia por el sofocante control de las decisiones políticas, en manos de las élites, que provocan el aumento de las desigualdades en el ingreso familiar y en la concentración de la riqueza. Todo ello conspira para evitar las impostergables reformas.

Si sus premisas son sólidas para formular un soberbio diagnóstico, sus consejos destinados a enmendar ese estado de cosas catastrófico son más bien flacos, cuando deposita buena parte de sus esperanzas en “acelerar la transición de las instituciones democráticas al internet”. Varias veces recalca que masticó sus respuestas ocho. Quizá con algún tiempo adicional de reflexión, su alegato hubiese sido más convincente, particularmente si los problemas primarios de los países periféricos hubieran merecido mayormente su atención.

En todo caso, la obra de Gore es un emporio de conocimientos avanzados sobre los  un futuro pleno de incertidumbre para las generaciones venideras.

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