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PARITI MARKATPACHA (desde PARITI), el ayer y hoy de una isla

La comunidad de Pariti trabajó con el Musef en una curaduría colaborativa para hacer la museografía de su repositorio.

Exposición. La  muestra Pariti Markatpacha (desde Pariti) se exhibe en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Ingavi 916) hasta el 30 de noviembre. Foto: fotos: Musef - comp. j.j.q.l.

Exposición. La muestra Pariti Markatpacha (desde Pariti) se exhibe en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Ingavi 916) hasta el 30 de noviembre. Foto: fotos: Musef - comp. j.j.q.l.

La Razón (Edición Impresa) / Juan Villanueva Criales / Arqueólogo

00:00 / 01 de noviembre de 2017

La comunidad de Pariti se ubica sobre una pequeña isla fronteriza con el Perú, en la porción menor o sur del lago Titicaca (Wiñay Marka). Pertenece a la jurisdicción del cantón Cascachi, municipio de Puerto Pérez, provincia Los Andes del departamento de La Paz. Aunque supo ser escenario de importantes hallazgos prehispánicos en la década de 1930, su verdadero “salto a la fama” en términos arqueológicos fue el descubrimiento, en 2004, de una ofrenda de más de 400 ceramios Tiwanaku de exquisita factura y gran complejidad. Actores destacados de este hallazgo fueron el Proyecto Arqueológico Chachapuma, dirigido por el boliviano Jédu Sagárnaga y el finlandés Antti Korpisaari, y por supuesto la comunidad.

Las notables características de la cerámica pariteña la hicieron objeto de abundante literatura especializada en inglés y en español. Asimismo, muchas de sus piezas más importantes viajaron por varias ciudades bolivianas y extranjeras —actualmente, algunos ejemplares se encuentran en exposición temporal en Japón—. Más importante aún, las gestiones de Jédu Sagárnaga llevaron a la construcción, con fondos de la cooperación internacional, de uno de los museos comunitarios mejor planteados en términos de infraestructura, inaugurado en 2006.

La comunidad de Pariti se acercó al Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef) 10 años después, solicitando apoyo con la museografía y difusión de su museo, por entonces muy venido a menos en términos de visitantes. En los primeros ingresos a discutir con la comunidad los pormenores de este “relanzamiento” del Museo Comunitario de Isla Pariti, surgió una idea clara: la comunidad no se sentía representada por su museo. Diseñado y planteado por arqueólogos especializados, albergaba “solo la parte cerámica” y no así aquellos ítems que la propia comunidad consideraba patrimoniales: el manejo de la pesca y la totora, la historia de la iglesia y la hacienda, la alimentación, la música y las danzas, la textilería y vestimenta, la sacralidad relacionada con el paisaje.

Asimismo, en el curso de dichas conversaciones surgieron discusiones e interpretaciones particularísimas de la comunidad acerca de los materiales arqueológicos. Lecturas contextualizadas y vívidas de estos objetos como elementos dotados de agencia, de un poder e incidencia sobre el presente de la comunidad. Un presente que, dicho sea de paso, no está exento de problemas: disminución de la pesca, contaminación del lago y una aguda emigración que amenaza con la desaparición misma de la comunidad a corto plazo.

Tomó fuerza entonces la idea de que la nueva museografía debería contener no solamente bienes arqueológicos, sino elementos etnográficos que reflejasen las lecturas de pasado, presente y orgullo patrimonial de la comunidad. Y asimismo, que la voz que interpretase estas piezas no debería ser la del especialista en arqueología, sino la de la comunidad. Así, el guion de Pariti Markatpacha (desde Pariti) fue planteado por la comunidad, reflejando sus intereses, preocupaciones y anhelos. El equipo de investigadores, museógrafos y diseñadores del Musef se constituyó en una suerte de “traductor” de estas ideas al lenguaje de la sala de exposición.

En su primera etapa como exposición temporal en el Musef, antes de pasar a fortalecer el planteamiento del museo comunitario de Pariti, Pariti Markatpacha despliega estos objetos etnográficos seleccionados y donados por los miembros de la comunidad, con las piezas arqueológicas evocadas mediante un recurso audiovisual y las interpretaciones de la comunidad desplegadas mediante paneles de texto e imagen. Esta exposición, inaugurada el 25 de octubre, se encontrará en el Musef durante un mes. Los primeros días servirán además para que los pobladores de la isla expongan y vendan su producción artesanal, gracias a la coordinación con el Gobierno Municipal de Puerto Pérez.

Para el Musef, esta exposición se plantea como antídoto al egocentrismo colonizador, subyacente a la idea de la “autoría” común en los investigadores y curadores. Es una oportunidad para visibilizar aquellas arqueologías comunitarias, los discursos que plantean los actores sociales sobre sus pasados y patrimonios, generando un contrapeso ante el discurso pretendidamente superior de las academias. Es una reivindicación del museo como espacio de encuentro, donde se difunden diversas concepciones, cuestionamientos y urgencias sobre la cuestión patrimonial. Y es el inicio de una nueva línea de acción —la de la curaduría colaborativa— que nos permitirá, ojalá, apoyar a más museos comunitarios en Bolivia.

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