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NADA QUE PERDER

Una película que nos reconcilia con el cine porque renuncia a las reducciones moralistas y retrata la complejidad de la condición humana frente al vandálico sistema financiero.

Imagen del film Hell or High Water.

Imagen del film Hell or High Water. Foto: standard.co.uk

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 19 de febrero de 2017

El título de una película no es un nombre cualquiera, parido por el azar. El director y/o el guionista lo eligen para connotar, sugerir, dar pistas, acerca de qué va la cosa. Que un título sea intraducible no habilita a traducir cualquier cosa, pero así ocurre a menudo. El problema aparece cuando los productores o distribuidores meten mano, calculando el poder de enganche de los mamarrachos elegidos. Dudo que acierten con la frecuencia que ellos quisieran. Esta vez la pelaron de medio a medio. No sé si la traslación aplicada en otras regiones, donde la película de Mackenzie circuló bajo el nombre de Comanchería, era mejor. Peor, seguro, no era. Juzgue usted después de verla.

El western ha sido el género cinematográfico celebratorio de esa mitología fundacional de Estados Unidos: la conquista del oeste. De allí su recurrente altisonancia épica, salvo contadísimas rarezas, sobre todo cuando intentó hacerse cargo de la mirada de los conquistados. La primera de las varias sorpresas entregadas por Nada que perder es su inflexión antiépica, cebada en el desencanto de cara a las promesas inaugurales de aquel cruento episodio medular de la expansión capitalista.

En una pequeña, desolada, polvorienta ciudad texana próxima a la frontera con México los hermanos Howard, hijos y nietos de granjeros arruinados por las hipotecas, esas rapaces usureras del aparato financiero cada vez más incrustado en la base del sistema económico, creen llegada la hora del desquite.

Toby, el menor, está desesperado por salvar los restos de su rancho y legárselo a sus hijos. Necesita cuanto antes 43.000 dólares, para “honrar” la hipoteca heredada de su madre, antes que el banco la ejecute con un apresurado rigor cebado por el descubrimiento de petróleo bajo esa parcela. Tanner, el mayor, sale de prisión dispuesto a ayudarlo, total él no tiene nada que perder, y dará rienda suelta al malestar contra una vida desnortada. Deciden emprender un raid de asaltos.

Los blancos de los robos son algunas ruinosas sucursales del Texas Midlands Bank desparramadas por pueblitos dejados de la mano de Dios. Sin saberlo ambos se han hecho carne de la sentencia brechtiana: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”.

Enfrente está la ley, personificada por los Rangers Marcus Hamilton, en la antesala de la jubilación, junto a su asistente Alberto Parker, ejemplar arquetípico de la mixtura de razas —un poco mexicano, otro poco indio— típica de los habitantes de aquellos lares. Semejante par escenifica en su relación, en las hirientes mofas que intercambian con aparente espíritu deportivo, la ambigüedad de una convivencia recorrida de manera subterránea por la desconfianza y el racismo. Se lo recordará, sardónico, Alberto a su jefe al comentar que, como 150 años atrás, sus abuelos nativos fueron corridos de sus tierras por los de Marcus, ahora los bancos hacen lo propio con los nietos.

Las armas y los atuendos remiten a las viejas películas de cowboys pero las situaciones, lejos de regresar sobre los paradigmas de aquella saga, dejan constancia de una amargura que se olfatea en el ambiente mientras la cámara recorre pausadamente la geografía física y humana en una decadencia manifiesta en las vidrieras vacías de calles semidesiertas y en los rostros con la mirada extraviada en el descreimiento.

Con su noveno largometraje, el director escocés David Mackenzie —cuyos trabajos precedentes pasaron desapercibidos— atrajo la atención de la crítica luego de su éxito en el Festival de Cannes 2016. Al punto de haber sido alzado de inmediato al rango de clásico instantáneo, fruto de tildar su obra de una de las más redondas de las últimas dos décadas.

Tal rotundidad deviene de la estupenda planificación impresa al relato, con algo de thriller y mucho de drama, mechado de abundante humor negro, cuyo ritmo casi frenético —el montaje da una lección de cómo ponerse al servicio de la narrativa— no impide una perfecta complementariedad entre personajes y entorno, otro protagonista, como lo fue siempre en los mejores ejemplos del western. En ellos los horizontes sin límite metaforizaban aquella promesa de un destino abierto al esfuerzo, como en la ocasión las torres de perforación petrolera, al interferir con la visión, denotan su final.

La explosiva causticidad de los filosos diálogos y las situaciones debe su efectividad al trabajado guion del también actor televisivo Taylor Sheridan —loado ya por su libreto para Sicario (Denis Villeneuve, 2015)— y a la eficaz puesta en imagen, sin rebusques, de un impecable clasicismo perfectamente moderno del realizador. Hay mucha violencia mediante una acumulación progresiva, en todo momento bajo firme control por el manejo de tiempos y tonalidades del realizador, con un medido aporte de la banda sonora que acompaña o los anticipa cuando resulta pertinente.

La intencionalidad última de este western revisionista, definitivamente crepuscular, queda transparentada cuando el testigo de un asalto dice: “No vi sus caras, solo vi un robo al banco que me robó durante 30 años”. Es la clave ética de un trabajo que renuncia a las reducciones moralistas de la fórmula buenos versus malos, puesto que los usuales rígidos límites entre unos y otros aparecen borroneados y los personajes no dejan en ningún momento de investir la complejidad de la condición humana encarada a situaciones extremas.

Así, el espectador debe reacomodar a cada momento las adhesiones emocionales a cualquiera de los bandos, pues ambos tienen sus razones valederas en esta puja con el destino cuya cifra se halla en definitiva en manos ajenas, en las de una sociedad injusta condicionada al apetito insaciable y vandálico del tramado financiero. Es éste quien dispone el lugar de cada quién en semejante resbaladizo y fluctuante juego de roles.

Los actores cumplen al pie de la letra con sus personajes explayando los matices gestuales para sortear el riesgo de encasillamiento en los estereotipos y mantener a flor de piel la ambigüedad de sus actitudes forzadas por el curso de los acontecimientos, así aquellas contravengan sus convicciones íntimas. El siempre cabizbajo Toby, por ejemplo, es un individuo renuente a la violencia, condenado por las circunstancias a comportarse con una brutalidad que se le escapa. O sea: una película que nos reconcilia con el cine.

Ficha técnica

Título original: Hell or High Water.

Dirección: David Mackenzie.

Guion: Taylor Sheridan.

Fotografía: Giles Nuttgens.

Montaje: Jake Roberts.

Diseño: Tom Duffield.

Arte: Steve Cooper.

Música: Nick Cave, Warren Ellis.

Efectos: Daniel Holt, Nathaniel Jaeger.

Producción: Braden Aftergood, Peter Berg.

Intérpretes: Dale Dickey, Ben Foster, Chris Pine, William Sterchi, Buck Taylor, Kristin Berg, Jeff Bridges – USA/2016.

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