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Paco de Lucía Memoria de una ausencia

A poco más de un año de su deceso, un grupo de artistas hace suya la rumba y le rinde tributo

La Razón (Edición Impresa) / Amelia Castilla - El País

00:00 / 19 de abril de 2015

Los aniversarios suelen reabrir heridas. Las de Gabriela Canseco, la viuda del genial guitarrista, parecen en carne viva. “Su muerte fue un caos absoluto, nos lo quitaron de las manos, pasó de ser mío a patrimonio de la humanidad”, recuerda en su casa de Mallorca. Justo antes de partir para la gira latinoamericana de la que no regresó, dio su visto bueno para la edición de Entre 20 aguas, un libro-disco grabado un año después de su muerte y en el que 20 artistas de diferentes géneros musicales, como Chick Corea, Michel Camilo, Chucho Valdés o Alejandro Sanz, hacen suya la rumba Vámonos.

Siempre que Paco de Lucía salía al escenario, llevaba una camisa blanca. La misma que usaba en todos los conciertos y que, con el paso del tiempo, llegó a sufrir una quemadura de cigarrillo. Formaba parte de su uniforme, junto con el chaleco negro y las botas de caña (con el tacón justo para equilibrar el peso de la guitarra). Su viuda, Gabriela Canseco (México DF, 1966), acompañaba siempre que podía al músico en sus giras y era la encargada, muchas veces, de tener la prenda fetiche lista para el día siguiente. No suena muy feminista, pero las cosas funcionaban así. Tras casi veinte años a su lado, desde que se conocieron y se enamoraron en México, ella se acostumbró por deseo propio a seguir sus pasos y a vigilar que todo estuviera a su gusto. Otro de sus rituales: dos horas antes de cada concierto se encerraba solo en el camerino a practicar dedos, relajarse y limarse las uñas. Y al concluir la actuación, tras los aplausos y los bises, otro tiempo de desconexión antes de abrir el camerino para los fans. “Además de los famosos de turno, lo agasajaban jóvenes guitarristas. Paco siempre miraba sus uñas antes de formular la típica pregunta retórica: “Eres guitarrista, ¿verdad?”. Gabriela Canseco habla con voz pausada y, todavía a veces, se refiere a su esposo en presente. Desde que De Lucía falleció hace poco más de un año en México a causa de un infarto, vive dedicada a cuidar su memoria. Lleva la alianza de oro colgada de una cadena al cuello y sueña con montar una fundación en la que participen los cinco hijos del artista (tres del matrimonio anterior) para administrar su legado.

La pareja se enamoró en México, en el curso de una gira. Permanecer a su lado suponía combinar periodos de calma, como los dos años de luna de miel con los que se inició su relación, en una de esas fases de descanso en las que el guitarrista se dejaba crecer la barba para convertirse en Francisco Sánchez, con un constante abrir y cerrar maletas por los hoteles del mundo donde recalaba Paco de Lucía. “Dejé de lado mi carrera como restauradora de arte para acompañarlo siempre que podía. Cuando nació Antonia (su hija mayor) la llevamos a Japón de gira. Vivíamos en una zona de selva en México hasta que Antonia tuvo edad de ir al colegio, pero aquello no era sitio para un niño. Así que empezamos a buscar un lugar en el mundo para vivir. Podía ser Europa u otro continente. Cada vez nos íbamos más lejos. Paco no quería saber nada de las ciudades, necesitaba tener cerca el mar y tranquilidad. No le gustaban las aglomeraciones ni que la gente lo parara por la calle. Primero estuvimos en Toledo hasta que la casa se convirtió en parte del recorrido turístico de la ciudad y salimos huyendo. Luego recalamos en Palma, los mallorquines son gente respetuosa y discreta”.

En El Horizonte —la casa donde De Lucía vivió “feliz” los últimos ocho años con su esposa y sus dos hijos pequeños— sus gorras siguen prendidas del perchero; el busto que le regaló una escultora, tocado con su sombrero cordobés, sobre la repisa, rodeado de instrumentos musicales y antigüedades que fue comprando por el mundo. “Aquí encontró un equilibrio que le sentaba muy bien”, apunta Gabriela. “Se levantaba pronto y se encerraba en el estudio; la comida, a la una en punto, era un ritual. Disfrutaba mucho de la mesa: pescado recién traído del mercado, potajes de garbanzos o de judías. Después de comer, vuelta al estudio. Antes de anochecer, hora y media de caminata, por un sendero que se trazó alrededor de la casa, cuidaba personalmente de las plantas, y remataba la tarde con un plato grande de fruta. Melón o sandía, sus favoritos, cuando encontraba una buena partida de melones compraba una docena para tenerlos asegurados. Y al final de la jornada su pan con aceite y café a modo de cena”. Disfrutaba con Parrita, suspiraba con Marifé de Triana y respiraba con los flamencos antiguos. Su relación con la música fue vertiginosa. Le costaba poner el punto final a sus discos: “Le hubiera gustado poder modificarlos eternamente. Por eso nunca volvía a escuchar un disco suyo. De haberlo hecho hubiera encontrado mil detalles que podría haber mejorado y que hubieran desgarrado su sensibilidad”. Cuando componía entraba en un periodo de toque de queda: “Se encerraba en las profundidades de sus emociones, y se podía pasar así meses”. Como en el caso de Cositas buenas, que duró más de dos años. “No se conformaba con un casi o con un bien, necesitaba llegar más allá”.

Su estudio de grabación, impoluto y vacío, guarda la memoria de su ausencia. Por las ventanas se cuela la luz del Mediterráneo. Las guitarras con el humidificador, a la temperatura justa; la silla de estilo árabe desvencijada, que heredó del antiguo propietario de la casa y en la que se sentaba para hacer mezclas, justo frente al ordenador. Presidiendo el estudio, un retrato, enmarcado en dorado, del músico junto a Camarón, en una instantánea captada en un concierto cuando ambos eran jóvenes promesas del flamenco; en un rincón, la pantalla de plasma y el sillón donde se sentaba a disfrutar de los partidos del Madrid y, al lado, la mesa supletoria con las tazas para el poleo y dos botellas empezadas de tequila y vodka, por si la fiesta se alargaba. Fue allí donde una tarde de charla con su amigo el productor Javier Limón hablaron de grabar un disco, sobre Paco pero sin Paco. Al guitarrista le hizo gracia la idea. Se barajó incluso la rumba que marcó su carrera, pero todo se aplazó hasta la vuelta de la gira latinoamericana.

Desde que De Lucía grabó el disco en directo Conciertos por España 2010, todos sus directos concluían al ritmo de Vámonos. Incorporada al repertorio habitual, sonaba como el último bis y se llamó así porque el propio guitarrista verbalizaba un “¡vámonos!” antes de emprender los acordes de la rumba. Vámonos se escucha ahora como una variación de la melodía de su imbatible Entre dos aguas, la rumba más popular del repertorio flamenco y cuyo origen se remonta a la grabación del disco Fuente y caudal, en 1973. Al álbum, cuidadosamente compuesto por un músico que acababa de cumplir 26 años en plenitud artística, le faltaba un tema para completar el LP (entonces eran vinilos de dos caras). La inspiración surgió a partir del Te estoy amando locamente, la composición de Felipe Campuzano que popularizaron Las Grecas: “Allí mismo, en el estudio, llamé a un bajo y a un bongó y se grabó totalmente improvisado, por primera vez en el flamenco y en mi carrera, a la manera de los músicos de jazz”. Lo contó el propio De Lucía en el documental

La búsqueda, firmado por su hijo Curro Sánchez. Cuando Jesús Quintero, entonces mánager del artista, la escuchó, comprendió lo que valía ese material y puso en marcha la maquinaria. El mundo del jazz, del rock y hasta los clásicos brasileños se rindieron a sus pies y quisieron tocar con él. Durante cuatro décadas, De Lucía fue añadiéndole notas. Varió la composición, añadió instrumentos, le sumó el toque de percusión del cajón peruano, la ilustró con un bailaor…

Precisamente por esa carga simbólica, Javier Limón, productor de Entre 20 aguas, eligió Vámonos como tema central del disco en el que, a través de 16 interpretaciones, sus amigos le rinden homenaje por su fuerza y su simbolismo. Con Vámonos despidió el 23 de noviembre de 2013 el concierto de Santiago de Chile, la última ocasión en que se le pudo ver en un escenario. Ahora, un año después (falleció el 26 de febrero de 2014), 20 músicos, entre los que se cuentan Chick Corea y Michel Camilo (ambos con un solo de piano), Chucho Valdés (pleno de sonidos caribeños), Jorge Pardo (que arranca con un solo de flauta hasta llegar a una orquestación típica de los años setenta) o Alejandro Sanz, que canta por soleá, hacen suya la rumba. El disco sale a la venta hoy en España.

Su viuda rememora sus últimos meses de vida con incredulidad. “Paco no era uno de esos hombres que sacan la basura o que van a buscar a los niños al colegio. Era muy controlador y le gustaba meterse en todo; se comprometía mucho con los proyectos que le interesaban, ya fuera un documental con su hijo Curro o dirigir las obras de la casa. Mi misión era cuidarlo. Actuaba como secretaria, mánager y hasta le tomaba las fotos, porque un día decidió que fuera yo la que lo retratara. Ni siquiera hablaba con sus representantes en Europa o América, yo hacía de puente, revisaba las giras, los contratos y hasta los hoteles donde se alojaba. Él tenía sus momentos y yo sabía cuándo había que plantearle las cosas”.

Tantos años de carretera y de practicar con la guitarra le habían dejado secuelas. Además, seguía fumando como un carretero. “Conservaba una ilusión tremenda por lo que hacía, se entregaba tanto que había conciertos en que acababa roto”. Las actuaciones en Europa le permitían pasar una noche fuera y al día siguiente volver a casa. Algo impensable si viajas por Latinoamérica. “Allí sentía la alegría de estar vivo, pero se notaba cansado. Antes de arrancar las giras cogía la guitarra y se metía en sí mismo, sufría la presión”. Decía que se había pasado el 90% de su vida solo. “Por eso, antes de iniciar la gira decidió trasladarse con toda la familia a Cuba y desde allí moverse por el continente. Fue una aventura genial”, rememora Gabriela. “Musicalmente a Paco le encantaban el son y la salsa, y como teníamos la libertad que nos da el liceo para que los niños siguieran clases por correo, nos fuimos todos”.

En la isla caribeña se enteró, vía WhatsApp de su biógrafo Juan José Téllez, de la muerte de su gran amigo Félix Grande. Fue un mazazo. Ahí decidió dejar de fumar y empezó a tomar pastillas para calmar la ansiedad de nicotina. Pero dejar de fumar y estar de gira no cuadraban. Al acabar, recalaron en su casa mexicana y preparó el ritual necesario para grabar un nuevo disco, “un disco flamenco”, y revisar la música que le había mandado su amigo John McLaughlin. El toque de queda comenzaba al día siguiente. Hasta entonces podía aprovechar para jugar al fútbol con su hijo Diego en la playa, pero el corazón le jugó una mala pasada. “Fue una pesadilla. No había vuelo directo a España hasta pasados tres días. El Gobierno no respondió, podía habernos mandado un avión; cada quince minutos surgían nuevas opciones, que si el avión de Julio Iglesias, que si el seguro… Al final, fue Luis Cobos quien nos ayudó. A mí no me importaba, estaba viviendo los últimos momentos de intimidad con él. La capilla ardiente en Madrid fue una especie de circo mediático, aunque me emocionaron los testimonios de la gente. Ahí conocí a Casilda Varela (su primera esposa). El entierro en Algeciras fue más espontáneo, pero sentí que me lo arrebataban, que no tenía un momento para llorar a solas”.

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