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Tres momentos con el Padre Julio

El cardenal fue un héroe con una voz clara y fuerte y un pueblo cercano que le ayudaron a enfrentar a los poderosos

Representante. Terrazas fue, desde 2001, primer cardenal de la Iglesia Católica nacido en Bolivia y participó en la elección del papa Francisco. Foto: CEB

Representante. Terrazas fue, desde 2001, primer cardenal de la Iglesia Católica nacido en Bolivia y participó en la elección del papa Francisco. Foto: CEB

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Vargas es escritor

10:40 / 19 de diciembre de 2016

“Y la muerte no tendrá dominio” Rilke

Hace algo más de un año escribí un artículo en el que me confesaba frente al público a quien me debo. O tal vez frente a mí mismo. En esta confesión dije que tenía dos héroes, un hombre y una mujer. Uno de ellos era monseñor Julio Terrazas. También debo confesar ahora —no sé si obtendré el perdón— que ya desde hace años deseaba escribir sobre él cuando terminara sus días en esta tierra. Y recién lo hago ahora, en el cabo de año, ya que nuestros manes permiten que aún yo siga vivo y funja de testigo sobre tantos de mis amigos muertos. Tal vez por medio de estos recuerdos obtenga el perdón, y también se entienda por qué el tata Julio es mi héroe.

INFANCIA. Y ahora sí, me remonto a casi sesenta años atrás, en Guadalupe, cuando conocí a un personaje llamado “Padre Amaly”. (Así, pronunciando tal como en castellano se escribe, y no Amalie en francés o con una papa caliente en la boca para pronunciarlo en inglés). Tuvo que haber sido un jueves en la noche, puesto que semanalmente las misas en Guadalupe se oficiaban justo ese día y a esas horas. La novedad era que el día anterior, en gran ceremonia, en la catedral de Vallegrande se ordenó como sacerdote el primer cura vallegrandino, el padre Amaly, y su primera misa la iba a celebrar en Guadalupe.

Yo iba casi todos los jueves a esa misa, con mi madre y mis hermanos. Ese tal jueves, escuché por primera vez la voz ya poderosa y clara del oficiante en su sermón. Voz que luego sería el terror de las beatas y los hipócritas de provincia, así como de los poderosos de la provincia y de la capital, sean o no dictadores como lo fueron Barrientos o Banzer. Pero voz, también, de cariño y de esperanza para los más.

Terminada la misa, la camioneta “del padrecito”, en su regreso a la parroquia de Vallegrande, nos llevaba hasta La Rayuela, cerca de Huasacañada donde vivíamos. Ese jueves no había mucho espacio. Atrás hacía frío. De modo que tuve que hacer esos dos kilómetros de viaje ¡en las faldas del padrecito recién ordenado! Recuerdo muy bien, ya fuera del sermón, su sonrisa y el brillo de su sotana recién estrenada. Mi madre le contó que pal año yo quería irme a estudiar al seminario de Tupiza, y él dijo: ah, a Tupiza, qué bien, qué bien.

  • Foto: Facebook

Al año o a los dos años, nos encontramos en Tupiza. En su breve estadía fue nuestro profesor de Matemáticas. Era estricto, a su estilo y producto de su tiempo, nos decía que el mejor alumno podría obtener la calificación de seis, el siete era solo para Dios. Parece que entonces también supimos que se cambió de nombre. Ahora era el padre Julio. Nos dijeron que ese cambio se debía a que, cuando viajaba en tren por Francia, le habían acomodado un camarote pensando que, por el nombre, el pasajero era una mujer.

JUVENTUD. Pasaron los años y yo devine jovencito; ocurrió la guerrilla del Che Guevara, yo ya no estaba en Tupiza, sino en Cochabamba. Cuando fui de vacaciones a Vallegrande, me encontré con el padre Julio. Cuando lo visitaba en la parroquia, me hacía entrar a su sencilla pieza y conversábamos, o más bien le contaba de mi vida y mis problemas típicos de adolescente: la timidez, el sexo, las mujeres, la vocación. Para mí, por el ambiente y la voz y la sonrisa del padre, era como entrar a un espacio fresco y tranquilo, alejado de los soles y las maldades del mundo. De ahí salía fortalecido.

Me invitó a participar de las actividades de los “Grupos juveniles de acción” en La Sede, que él había fundado y la dirigía. Allí había chicos y chicas que jugaban, leían, escuchaban música, bailaban, cantaban. Yo tenía un cancionero copiado por mí mismo, con algunas letras de canciones bolivianas y especialmente argentinas. Tocaba la guitarra y tuve nomás un buen éxito, o que lo diga Apolinar Villagómez, el Chon-Chon. Comencé a tener amigos y amigas. No me gustaban Los Iracundos y otros grupos por el estilo, que tanto se escuchaban en el tocadiscos, prefería las zambas argentinas. Había también un conjunto de “música moderna”, con batería y guitarra eléctrica, adonde yo no me metía. Pero ahí la pasábamos bien. También tomábamos tecito, con empanadas o con chamas vallegrandinos.

  • Foto: CEB

En cada vacación de fin de año, cuando no estaba en mi casa de Huasacañada, la pasaba en La Sede. Luego me fui a La Paz, a seguir estudios universitarios, y siempre volvía a ese lugar de jóvenes, que tenían también actividades culturales y sociales, a la cabeza del padre Julio. En esos tiempos ocurrió uno de los más sonados bloqueos de caminos, en Mataral, es decir, en la carretera que une Cochabamba con Santa Cruz. Yo no estuve ahí, pero me enteré que entre los más activos estaban el padre Julio y sus muchachos. Él era, si no me equivoco, el presidente del Comité pro Intereses de Vallegrande. Pedían agua potable para el pueblo, y querían hacerse oír. Eran ya los tiempos del dictador Hugo Banzer. Ya en algunas ocasiones el padre Julio fue detenido por el gobierno, debido a sus actividades “subversivas”, pero tenía un pueblo que lo defendía.

Cuando yo iba, seguíamos en la charla. Y como ya sabía de mis andanzas, que todavía no acababan de definirse, le contaba mis dudas, le pedía consejo. Y a él tuve que contarle de mis primeras experiencias eróticas, con pelos y señales. Como estudiante universitario en un ambiente de rebeldía y de sueños revolucionarios, el camino religioso estaba cada vez más lejano y abandonado. Pero él lo sabía, él me escuchaba y comprendía. Más de una vez, siempre acompañadas de su sonrisa, supe escuchar y entender sus críticas y sus indirectas directas, en busca de que su auditorio cambie, sea mejor en su formación personal y en su labor de servicio a la sociedad.

Como yo me las daba de intelectual y rebelde en La Paz, ya no lo visitaba tan a menudo cuando él ya vivía también en esta misma ciudad, y luego en Oruro, ya consagrado de obispo. Pero iba algunas veces, y charlábamos y me invitaba de su comidita. Yo le decía que ya no tomaba azúcar en el café y él me decía: pero si es tan lindo el dulce… Y como a una autoridad eclesiástica, el plato paceño se lo servían con su buen  pedazo de carne. En fin, esa moda que hasta ahora no me convence. Monseñor, siéntese por favor aquí en la cabecera, le decían, y él: No se preocupen, donde yo me siente, ahí es la cabecera.

MADUREZ. Llegó la democracia. Me casé, y él obviamente sabía con quien. Pasaban los años, comencé a publicar mis primeros cuentos y gané algunos premios. ¿Dónde andaba ahora el padre Julio? Ya ni siquiera estoy seguro. Llegó el golpe de García Meza y de pronto me tocó, como a otros en la época de Banzer, ser perseguido —no por político sino por mal hablado en un cuento, valga la aclaración— y tuve que esconderme antes de salir del país. Mi mujer fue a hablar con el monseñor Terrazas y él me envió palabras de aliento.

Me fui a Suecia de “exiliado literario”. Volví al país. Ya tenía dos hijos. Y varios libros publicados. Y estaba decepcionado de la política, chau utopías, la vida no había sido tan sencilla. Por lo demás, todo iba bien.

No. No iba bien. De repente caí en una crisis. En un abismo negro donde me acechaban la muerte y la locura. Caía, me levantaba, volvía a caer. No tres días, ni una semana. Meses. Un día estaba llorando, y me acordé… no, no me acordé… pensé que era necesario ir a buscarlo al padre Julio para abrazarlo largamente. Recordé las charlas con él, en su cuarto fresco y sencillo de la parroquia de Vallegrande. ¿Será posible volver? ¿Es lícito que, habiendo vivido en el orgullo del que cree sabérselas todas, cuando las papas queman busque la voz y el regazo de la religión? Se lo pregunté a mi hermano Jesús Urzagasti, el escritor chaqueño, y me dijo: Ya sé lo que te pasa, no seas quisquilloso y andá a buscarlo a tu amigo Terrazas.

  • Foto: Facebook

No vivía en La Paz. Pero en unos días iba a estar en la reunión de obispos en Cochabamba. Él era presidente de la Conferencia Episcopal.

Y fui, y lo abracé, y le conté, y después él me dijo: “Cuidadito con buscar la muleta de la religión. Tienes que superarlo tú mismo y dejar que esto vaya pasando”. Parece que entonces me di cuenta de que él era uno de mis héroes. Y poco a poco, con los meses, y luego con los años, en una lucha callada o a brazo partido, un mundo nuevo y amable, o el mismo mundo, duro, contradictorio, volvió a su lugar. Y yo también, fortalecido en esa lucha, era otro y el mismo. (Parece que había que pagar algunas facturas atrasadas, o arrinconadas en el sepulcro del olvido). Y logré superar y vencer al diablo que dicen que siempre, en mitad del camino de la vida, intenta perdernos.

Monseñor Terrazas se fue a vivir a Santa Cruz. Aunque ya le llegaban los achaques de la edad, su voz seguía clara y fuerte para criticar a los poderosos de turno que buscaban acallarlo y desprestigiarlo. Hasta le pusieron una bomba en el portón de su domicilio. Alguna vez intenté buscarlo, pero no era tan fácil. No importaba. Él ya había cumplido, habíamos cumplido. La vida había hecho su labor. Y la muerte no tendrá dominio.

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