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París aún alumbra

La ciudad de la luz, que generó incontables imágenes en la memoria de la humanidad, sigue siendo un imán para la cultura y la vanguardia a pesar de vivir un 2015 trágico

referencia. Una ciudad dura, pero llena de encanto y romanticismo, y que ha producido imágenes icónicas para la cultura universal. Foto: circuito.biz

referencia. Una ciudad dura, pero llena de encanto y romanticismo, y que ha producido imágenes icónicas para la cultura universal. Foto: circuito.biz

La Razón (Edición Impresa) / Guillermo Altares - El País

00:00 / 04 de enero de 2016

Puede ser Audrey Hepburn en el mercado de sellos en Charada, un poema de Baudelaire, un cuadro de Sisley o Monet, una fila gigantesca de turistas ante la pirámide del Museo del Louvre, una canción de Yves Montand, Édith Piaf, de Juliette Gréco o la pegadiza melodía de Cole Porter I love Paris. O el beso de Robert Doisneau, una fotografía a la que debe mucho la leyenda de que la capital francesa es la ciudad del amor… París ha aportado un millón de imágenes a la memoria del mundo y es mucho más fuerte que los tópicos, que cualquier cursilería, que el Montmartre de Amélie, que los millones de turistas y la epidemia de las selfies. París es mucho más poderosa que el terror y que la violencia, que la oleada de atentados que padeció en 2016, más fuerte que el viernes de horror que costó la vida a 129 personas.

París ha sido una de las ciudades más valientes, innovadoras y sorprendentes del mundo, un imán para la cultura desde que albergaba una gran universidad en la Edad Media o desde que los vikingos se obsesionaron con su conquista, cuando era todavía solo una isla en el Sena. Ya lo escribió Enrique Vila-Matas en el título de uno de sus libros, París no se acaba nunca. Y Francis Scott Fitzgerald empieza uno de sus cuentos más bellos, Un penique gastado, retratando la brasserie Brix, que encarna la fascinación que esta ciudad despertó en la Generación Perdida cuando, como escribió Hemingway, París era una fiesta: podía pasar cualquier cosa, hasta viajar en el tiempo como le ocurre a los protagonistas de Medianoche en París, de Woody Allen.

Pero también ha crecido como una ciudad injusta y dura, rodeada de barrios en los que el control del Estado es testimonial y se han enquistado bolsas de pobreza. Una de las más bellas novelas parisienses transcurre en uno de esos barrios, Belleville, el máximo ejemplo del París multicultural, que ningún viajero debería dejar de visitar para comprobar la inmensa vida y energía que surge del mestizaje. La vida por delante, de Romain Gary, narra la historia de una mujer, Madame Rosa, que se dedica a cuidar al hijo de una prostituta. Ella es judía superviviente de Auschwitz; él, un niño árabe. Es el París de la pobreza y de la solidaridad, el de la vida dura de los millones de argelinos, tunecinos, marroquíes, vietnamitas, españoles, portugueses que buscaron una oportunidad en esta ciudad.

Gary era lituano, Charles Aznavour tiene origen armenio, Toulouse-Lautrec pertenecía a una familia de la aristocracia del sur de Francia, Emil Cioran era rumano, Fernando Arrabal es español. Una de las tumbas más visitadas del mundo pertenece al estadounidense Jim Morrison y se encuentra en el cementerio del Père-Lachaise… La alcaldesa, Anne Hidalgo, nació en Cádiz. París siempre ha tenido una capacidad enorme para atraer el talento de todo el mundo, desde los impresionistas hasta los simbolistas, los estructuralistas o los existencialistas que reinaron sobre la orilla izquierda del Sena.Resulta imposible escoger solo una novela cuando hasta El código Da Vinci transcurre en París, y (algo bueno hizo por el arte) puso de moda una de sus iglesias más interesantes, Saint-Sulpice. Para un lector hispanohablante es inevitable quedarse con Rayuela, de Julio Cortázar, y ese arranque que sumerge al lector en la ciudad: “¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la Rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua”.

Y no son solo autores del pasado. Patrick Modiano, premio Nobel de Literatura en 2014, es uno de los grandes cronistas del París de la ocupación. El autor de Dora Bruder —un personaje que tiene allí su propio paseo— se muestra, sin embargo, crítico con la ciudad del siglo XXI. “A veces tengo la sensación de que París está cubierta de celofán y siento que, gracias a mis recuerdos, se ha convertido en algo imaginario”, declaró en una entrevista reciente con el diario británico The Guardian.

París no es solo una ciudad de acogida y de literatura. También es una urbe marcada por la violencia: en la matanza de San Bartolomé, en 1572, fueron asesinados miles de protestantes; la Comuna, la gran rebelión revolucionaria de 1871, acabó en un baño de sangre y represión. Carteles en las escuelas y en las calles recuerdan tanto a los niños judíos deportados por la policía de Vichy, que colaboraba con la Gestapo, como a los resistentes caídos durante la liberación de la ciudad. El terror político nació aquí tras la Revolución Francesa, cuando la guillotina de Robespierre cortó miles de cabezas en unas purgas cuyo eco de horror llega hasta Stalin.

Una película reciente de Volker Schlöndorff, Diplomacia, recoge un episodio muy famoso de la II Guerra Mundial, cuando el cónsul sueco convenció al gobernador alemán de que no podía cumplir la orden de Hitler de destruir la ciudad. No quería pasar a la historia como el hombre que privó al mundo de la belleza de París, algo que la posteridad nunca le perdonaría. La ciudad resistió a la aquella guerra como también sobrevivirá ahora a la barbarie yihadista. La cita es un poco manida, pero esta ciudad también puede subsistir a todos los tópicos: “Siempre nos quedará París”, como le dice Humphrey Bogart a Ingrid Bergman en Casablanca.

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