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La otra Patricia Highsmith

Se anuncia la reedición de las novelas de la creadora de Tom Ripley

Novelista. La autora norteamericana.  Foto: El País

Novelista. La autora norteamericana. Foto: El País

La Razón (Edición Impresa) / Guillermo Altares - periodista

00:00 / 27 de julio de 2014

La editorial Anagrama anunció recientemente su intención de reeditar todas las novelas de Patricia Highsmith (Texas, 1921- Locarno, 1995) que estaban en su fondo, una excelente noticia. No se trata de las cinco novelas protagonizadas por Tom Ripley, recopiladas recientemente en un solo tomo, Otra vuelta de tuerca, sino de los otros libros de esta autora, muchos de los cuales son casi imposibles de encontrar en castellano. Es en ellos donde se encuentra la esencia de Highsmith, en obras como Un juego para los vivos, El grito de la lechuza (que llevó al cine Claude Chabrol), El juego del escondite o El temblor de la falsificación, que transcurre en la ciudad playera de Hammamett (Túnez) y que no es una exageración decir que es una de las mejores novelas estadounidenses del siglo XX.

Graham Greene, que era un gran admirador de esta novela, dijo sobre la escritora tejana que “había creado un mundo propio, un universo claustrofóbico e irracional en el que entramos cada vez con un sentimiento de peligro personal”. Todas esas obras están protagonizadas por tipos perdidos o varados en otros países, que van a las oficinas American Express a recoger el correo porque esperan cartas con malas o por lo menos sospechosas noticias, que leen el Herald Tribune en las terrazas del sur de Europa y que se van metiendo poco a poco en líos siniestros a los que arrastran también al lector.

Highsmith es una escritora que siempre demostró una capacidad enorme para arrancar tramas y personajes a la realidad cercana y luego llenarlas de cargas de profundidad. “Esa poesía del espanto súbito, de la culpabilidad casual, que tal vez inauguró en la literatura moderna Franz Kafka, es la materia de la que están hechas las novelas de Patricia Highsmith”, escribió Antonio Muñoz Molina.

“Decía Graham Greene que uno no podía evitar al leerlas una sensación de peligro personal. Desde la primera página hay siempre un principio difuso de inquietud y de agobio, una sugerencia desagradable de recelo. Se lee a veces a Patricia Highsmith igual que se camina de noche por una calle vacía que no nos es familiar, con aprensión y ganas de marcharse de allí, apresurando el paso, volviendo la cabeza para comprobar si a uno lo siguen, si esos pasos que escuchamos son tan solo el eco de los nuestros”.

Poder recuperar esa toneladas de inquietud es sin duda una gran noticia. En la biografía de la autora que publicó en 2010 Joan Schenkar en la editorial Circe, recordaba el brindis de año nuevo de la escritora en 1947:

“Brindo por todos los demonios, las lujurias, pasiones, avaricias, envidias, amores, odios, extraños deseos, enemigos reales e irreales, por el ejército de recuerdos contra el que lucho: nunca me den descanso”.

Los lectores, los viejos y los nuevos, esperamos también que nunca nos dé deje en paz.

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