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Paz Soldán: ‘Siempre he soñado con construir mi propio mundo’

Cinco preguntas a Edmundo Paz Soldán a propósito de ‘Iris’, su novela de ciencia ficción

Paz Soldán. Foto: La Razón-archivo

Paz Soldán. Foto: La Razón-archivo

La Razón (Edición Impresa) / Rodrigo Urquiola Flores - escritor

00:00 / 07 de diciembre de 2014

Iris (Alfaguara, 2013), novela de ciencia ficción, es una distopía total, no solamente por lo que conlleva implícitamente su propia escritura, sino en el conjunto de la obra de Edmundo Paz Soldán. Nada haría sospechar que llegaríamos a Iris. Haciendo un ejercicio de alejamiento, tal vez recordando tus propios inicios, ¿qué lugar ocupa este libro en el conjunto de tu obra?

— He tratado de avanzar en la escritura paso a paso, intentando hacer cosas en los nuevos libros que había aprendido al escribir los anteriores. Con Iris, sentí que había llegado el momento no de dar un paso, sino de saltar al abismo sin ningún tipo de cautela. Intentar no solo lo que había aprendido, sino narrar lo que no sabía. Hay imágenes, hay momentos que sentía que debía incluir porque ésa era mi reacción visceral, aunque racionalmente no estaba del todo seguro del porqué. Por eso, si bien en temática hay muchas cosas en las que Iris dialoga con mis otros libros, en su ejecución creo que es una delirante anomalía, y me gusta que sea así.

— Si bien hay novelas tuyas que no nos harían sospechar de la llegada de Iris, también hay un cuento y un par de novelas que indican que el territorio de Iris era un paso no predecible pero sí probable. Pienso en Dochera, ese cuento donde se crea un mundo nuevo a partir del lenguaje, ese cuento donde no importa que todo un mundo quepa en la cabeza de un solo hombre. Pienso en El delirio de Turing, esa novela de opresores y oprimidos, de revoluciones, de héroes, esa novela donde también se crea un mundo nuevo, el digital. Pienso en Alrededor de la torre, esa novela donde se ve una inquietud por conocer Bolivia, por comprender su absurdo constante. ¿Cómo fue el proceso creativo de Iris? ¿Cómo empezó todo?

— Como tú bien lo dices, siempre he soñado con construir un universo narrativo ficticio, mi propio mundo. No solo está eso en Dochera, luego quise mudar mis historias a Río Fugitivo, donde están ambientadas algunas novelas. Sentí que con Río Fugitivo no había cortado del todo el cordón umbilical que la unía a Cochabamba a través de la imaginación y la nostalgia. De modo que esta vez decidí que la novela sería un viaje literal y metafórico a través de un universo. Y me puse a imaginar cada ciudad, cada barrio, cada valle de Iris. La ciencia ficción es ideal para la construcción de un universo, te hace pensar en cómo describir a otra persona un mundo que acabas de conocer, y entonces ahí aparecen los neologismos, el uso nuevo de viejas palabras, la fusión de dos palabras conocidas en una nueva… Ese mundo desconocido no podía ser narrado con un lenguaje conocido, era importante para mí explorarlo a través de un lenguaje otro.

— Mientras leía Iris iba pensando en Bolivia más que en algún territorio lejano a nosotros. Las minas en las que los irisinos están obligados a trabajar por colonizadores extranjeros,  la minería como fuente de riqueza, las deidades de la tierra, en ciertos sentidos, superiores a las deidades del invasor. Las plantas mágicas que permiten sobrevivir en un medio y en situaciones extremas. La búsqueda de la libertad, la revolución constante. Estás en Iris, Edmundo, caminando en el Perímetro, antes de la guerra final de Orlewen, ¿cómo ves Bolivia desde allí? ¿Existe un país —o un algo— llamado así?

— Iris es una novela muy potosina, muy minera, muy boliviana. Hacía tiempo que no ambientaba nada en Bolivia, desde Palacio Quemado, pero en este caso yo quería apoyarme en muchos elementos culturales del país para construir el microcosmos de Iris. Así entraron crónicas mineras sacadas de Bartolomé Arzáns y Vela, conceptos poéticos que provenían de Jaime Sáenz (caer al cielo, sacarse el cuerpo), La leyenda del Tío, trabajos antropológicos recientes sobre el mundo de los mineros. Me parecía un de-safío interesante, ahora que no nos autoimaginamos como un país minero, escribir una novela minera, una suerte de novela a destiempo, futurista pero paradójicamente anclada en el pasado, pensando en cómo todo ese legado cultural riquísimo puede apuntalar una reflexión sobre la naturaleza extractivista de la empresa colonial y la del Estado boliviano a lo largo del siglo XIX. Por suerte la novela, a diferencia del periodismo, no tiene que depender tanto de la actualidad.

— Orlewen, irisino dominado, es el destinado, por Xlött, el dios del absoluto, a liberar a su gente. Morirá cuando lo consiga, es el sacrificio que exige su predestinación. Son tiempos de guerra, todo puede suceder. Adviene, el gran día, el Apocalipsis, el Jach’a Uru, la Liberación. Continúas caminando en el Perímetro, Edmundo, las fuerzas de Orlewen están cerca. ¿Qué lugar ocupa la historia mundial, en general, y la boliviana, en particular, en el transcurrir de tu obra y en la génesis de Iris?

— La novela como género la concibo como una visión crítica al orden social. Pero ese orden social no está desconectado de la historia. Iris es una novela de guerra y todo ocurre en poco tiempo, pero esa corta duración debe mostrar su anclaje en la larga duración. El Advenimiento es eso en Iris: la memoria de la larga lucha de un pueblo en busca de su libertad. Esa lucha está conectada a la historia latinoamericana, a ese período colonial que nos sigue marcando, y también a las aventuras imperiales de este nuevo siglo.

— La resistencia ha caído. Las fuerzas de Orlewen han llegado al Perímetro. Ahora, Edmundo, eres parte —porque el Creador puede estar donde le dé la gana, como el Espíritu Santo— del batallón del Libertador. ¿Qué le pasa a Iris a partir de este momento? ¿Qué sucederá con tu propia escritura después de Iris?

— Estoy terminando un nuevo libro de cuentos ambientados en Iris. Quería explorar más de la región, cosas que no habían entrado en la novela, más de su (des)orden social, de su cultura, de su relación con la religión y las drogas. Después, no sé.

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