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Permisos solicitados por Alfredo Bryce

En dos volúmenes, el escritor peruano desgranó sus memorias —o antimemorias— desde los remotos años 60 cuando llegó a París por primera vez

Bryce. El autor de la célebre novela ‘Un mundo para Julius’. Foto: revistalecturas.cl

Bryce. El autor de la célebre novela ‘Un mundo para Julius’. Foto: revistalecturas.cl

La Razón (Edición Impresa) / Heberto Arduz Ruiz - Escritor

00:00 / 22 de febrero de 2015

Siguiendo la línea marcada por André Malraux con sus celebradas Antimemorias, el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique dio a la estampa  Permiso para vivir (1993) y Permiso para sentir (2005), con el subtítulo de Antimemorias. En la nota inicial escrita en el primer volumen, el autor expresa: “Yo solo me propongo narrar hechos, personas, lugares, que le dieron luz a mi vida, antes de apagarla después”.

Bryce al promediar los años 60 del siglo pasado viajó a Europa, dedicándose a la docencia universitaria y a forjar su carrera literaria, que se inició en Perugia, Italia, con la publicación de su primer libro de cuentos: Huerto cerrado (1968). Residió en varios países del viejo continente hasta 1999. En estas antimemorias evoca aquellos años de febril actividad, de viaje y conocimiento de otras realidades diferentes a la de su país natal, al que periódicamente retornaba, describe las experiencias de su vida personal, los entornos en que asomó su figura, las relaciones que lo llevaron a visitar Cuba por largas temporadas, cuando, como señala, tras la muerte del Che Guevara, “no hubo manera de evitar que París se convirtiera en la ciudad con mayor número de guerrilleros de café y conjuntos folklóricos latinoamericanos por metro cuadrado del mundo”.

Bryce como intelectual se aproximó a La Habana mediante los concursos convocados por Casa de las Américas en los que proliferaban reuniones saturadas de langosta y ron a las que los hermanos Castro eran infaltables. En esas reuniones, ya avanzada la hora, cuando el grupo se disponía a retirarse para descansar, Fidel —víctima de insomnio— no acababa su monólogo sino hasta las seis de la mañana.

A medida en que se desarrolla la primera parte de las antimemorias, el lector va sintiendo cierta repulsa de Bryce hacia las actividades que cumplió en Cuba, isla en la que convergieron escritores de tendencia izquierdista, capitaneados por el premio Nobel Gabriel García Márquez. Sobre éste, Bryce comenta que vivía en Cuba porque allí se le dejaba vivir, trabajar y tomar decisiones en paz. De modo concluyente afirma: “Si había alguien que criticaba a Cuba, pero dentro de Cuba, y a Fidel, pero cara a cara a Fidel, era Gabo”. Por lo demás, Bryce expresa que el hecho de ser invitado a La Habana había que tomarlo como un todo vale en “una revolución con pachanga y cha-cha-chá”, que “en Cuba todo el mundo oculta siempre muchas cosas” y que “había mil cosas que los visitantes jamás veíamos”. Y respecto a deficiencias registra: “No hay nada peor que los servicios en un país en el que nadie trabaja más de cuatro o cinco horas al día y existe una Ley de la Vagancia”. Para cerrar estos comentarios que abarcan muchas páginas, Bryce asevera con honestidad que casi ya no quedaban escritores e intelectuales que no hubiesen tomado distancia con la revolución cubana. Él pareciera haberlo hecho así, porque más adelante todo es silencio sobre el particular.

Más allá de las confesiones de haber vivido, al estilo Neruda, y de haber bebido, a su manera, Bryce, escritor enamorado de París, con esa gracia ocasional que luce en su prosa, refiere que un tío suyo en el Perú no cesaba de repetir: “Dios mío, ¡por qué no vendemos este país tan grande que tenemos y nos compramos un país chiquito cerca de París!”. Y a Manuel Prado Ugarteche, dos veces presidente del Perú, le atribuye el siguiente comentario: “Lo único de malo de ser presidente del Perú es tener que dejar París”. A título personal concluye que “París es Proust. París es maravilloso. París es una fiesta del alma”.  

En el segundo volumen de sus antimemorias, titulado Permiso para sentir, Bryce reitera varias cosas. Reitera, por ejemplo, que desde niño cuando jugaba fútbol solía jugar medio tiempo con un equipo y medio con el otro; es decir sudaba la camiseta por los equipos rivales y nunca sabía de triunfos ni de derrotas. El resultado, ¡era lo de menos!  Ojalá no le hubiese pasado esto jamás en materia política. También vuelve sobre la confusión de haber preparado una tesis acerca de Montherlant en lugar de Maeterlink. ¡Vaya confusión! ¿Es para recordar continuamente semejante equívoco? Mario Vargas Llosa ya le había dicho que Montherlant era “cavernario” en sus ideas políticas, en tanto Maeterlink poética y literariamente —bien lo sabemos— es incomparable.

Asimismo Bryce retoma aquello de que su progenitor se oponía a que siguiera la carrera de literatura y que por ello también estudió Derecho. Ya lo supimos en el primer volumen. De igual modo se ocupa nuevamente del robo que sufrió cuando llegó por primera vez a París, entre las cosas que le robaron se encontraban varios cuentos. ¡Qué pena, penita pena! Por sus reiteraciones de mal gusto. Según afirma Augusto Monterroso, citado por el propio Bryce, “todo escritor anhela ser original o cuando menos no repetirse mucho”.

En el segundo libro, así como en el anterior, habla de su afición por los copetines y las tertulias. Nada o poco sería eso, sino que califica de “gringo borrachoso” a un autor cuyos trabajos le sirvieron para elaborar una tesis de licenciatura, Ernest Hemingway. Lo cierto es que a medida que pasamos las hojas, al propio Bryce se le sigue sintiendo el tufo a ron y vodka. ¡Que tire la primera piedra, digo la primera botella vacía!

 Pero aún hay otro aspecto más chocante. A título de revolucionario y  antiburgués relata que durante su estancia en París hurtó en un supermercado bebidas (un whisky, un champán fino y dos o tres burdeos), “entre otras exquisiteces de la sociedad de consumo de eme”. El consuelo banal —vaya palabrejas— es que otros amigos (amigos de lo ajeno, habría que agregar) hacían lo propio y hurtaban perfumes franceses y otros objetos valiosos.

Al final del libro, cuya lectura va de más a menos, como podrá advertirse, cuenta que del comedor de la universidad que contrató sus servicios sustrajo en cinco ocasiones los cubiertos después del almuerzo. ¿Por qué lo hizo? Porque se encontraba disgustado y además se trataba de utensilios de metal de dudosa  procedencia con las iniciales de diversas compañías de aviación. Todo ello habla por sí mismo. Ponemos punto final. Juzgue el lector o ríase, si le parece.

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