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Pierre Boulez, el radical

El vanguardista compositor y director francés    contribuyó decisivamente a la renovación del arte del siglo XX con su música y sus diatribas

Innovadores. Boulez

Innovadores. Boulez

La Razón (Edición Impresa) / Mauricio Otazo - Director de orquesta

00:00 / 18 de enero de 2016

Como músico y como polemista, el francés Pierre Boulez marcó buena parte del siglo XX. Estuvo siempre a la vanguardia, en su trabajo de dirección de algunas de las orquestas más importantes del mundo y, también, componiendo unas obras nada fáciles de escuchar pero que abrieron varios caminos en el lenguaje musical basándose en parte en las matemáticas, pues estudió ciencias exactas antes de consagrarse a la música. Sus ansias de renovación y perfeccionismo le llevaron a no dejar títere con cabeza entre íconos de la cultura occidental —no solo de la música— con una actitud nihilista que, con matices, mantuvo hasta que falleció la semana pasada a los 90 años, en Baden-Baden, Alemania.

Boulez se aplazó en los exámenes de ingreso a la carrera de piano en los conservatorios de Lyon y de París, pero poco más tarde, a los 19 años, sí le admitieron en este último para estudiar teoría y armonía. Su principal maestro fue Olivier Messiaen, uno de los padres de la vanguardia. También pasó clases particulares de contrapunto con la viuda del compositor suizo Arthur Honegger, Andrée Vaurabourg, quien después recordaría que: “nunca llegaba tarde, y parecía que sabía todo”. Comenzó con el dodecafonismo de manos de René Leibowitz, un alumno de Karlheinz Schönberg, pero enseguida abjuró también de él, para incursionar en el serialismo integral, la música aleatoria y la música electrónica.

La fama como compositor de vanguardia se la ganó en 1955, en el festival de la ciudad alemana de Donaueschingen, cuando —después de 44 ensayos— se estrenó su obra Le marteau sans maître (El martillo sin dueño), que recrea la poesía del surrealista René Char con un sexteto y un cantante contraalto. Desde entonces siempre vivió muy cerca de allí, en Baden-Baden, donde dio los primeros pasos de su larga carrera como director en 1958 con la Orquesta Sinfónica de la Radio del Suroeste de Alemania (SWR).

A partir de ahí Boulez fue creciendo espectacularmente en la dirección, y se especializó en autores de la primera mitad del siglo XX, como Maurice Ravel, Claude Debussy, Schoenberg, Ígor Stravinsky, Béla Bartok y Edgar Varèse. De 1967 a 1972 fue el principal director invitado de la Orquesta de Cleveland. En 1971 se convirtió en director titular de dos de las más importantes orquestas del mundo: la de la BBC de Londres y la Filarmónica de Nueva York. En los años 60 fue invitado por primera vez a dirigir en el festival de ópera de Bayreuth, y desde entonces y hasta su muerte ha sido el principal invitado de la Sinfónica de Chicago, tras haber dirigido un sinfín de otros grupos del más alto nivel y de muy diferentes estilos, como las filarmónicas de Viena y de Berlín o la Sinfónica de Londres, la Orquesta de París, el Ensemble InterContemporain (fundado por el mismo) la Orquesta de Cámara Mahler y la Staatskapelle de Berlín.

Boulez siempre fue considerado un enfant terrible de la música, debido a sus polémicas y radicales ideas sobre la evolución y el desarrollo de la música. “Tan elegante en sus maneras y vestimentas como orgulloso de su intelecto privilegiado y furibundo en las opiniones musicales que defendía”, anotaba Messiaen. Sus comentarios incendiarios sobre sus contemporáneos (describió a Marcel Duchamp como “pomposo aburrido”, a John Cage como un “mono entrenado”, y a Stockhausen como “un hippie”), le dejaron pocos amigos entre compositores y demás artistas. Los instrumentistas que dirigía también acabaron muchas veces hartos de su excesiva exigencia, que algunos calificaron de “estalinismo musical”.

Todos estos enfrentamientos derivaban de que el francés no aspiraba solamente a la excelencia en su campo, también creía indispensable dar un golpe sobre la mesa que se convirtiera en un grito y una renovación en el mundo artístico. Respecto a la música dijo cosas como que “la manera más elegante de resolver el problema de la ópera sería haciendo explotar todas las casas de ópera”, o que “la forma de atraer audiencias a la música contemporánea es exacerbando la curiosidad de los snobs”.

Tampoco se libraba de su temperamento ni de su lengua afilada el establishment de las demás artes: “no sería suficiente con ponerle un bigote a la Mona Lisa, simplemente debería ser destruida” o “se censura al Talibán por destruir todo, pero las civilizaciones tienen que ser destruidas para seguir adelante”, son algunas de sus perlas nihilistas.

Como compositor su vanguardismo radical resultó en Le marteau sans maître, Pli selon pli, Domaines Antiphonies, Répons y otras muchas otras creaciones más pensadas para expertos en música o en matemáticas que para el público en general. En 1999 mostró algún signo de arrepentimiento y entonó una especie de mea culpa al admitir que “quizás no haya tenido suficientemente en cuenta el modo en que la música es percibida por el oyente”. Con Boulez muere uno de los más grandes músicos de los últimos tiempos y un ícono de la renovación, a la cabeza de toda una generación que ha cambiado la forma de concebir la música y el arte en general.

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