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Platero un borriquillo prodigioso

El escritor boliviano Hugo Molina Viaña publicó este artículo en 1966; se lo reproduce para recordar los 100 años de la aparición de ‘Platero y yo’

Juan Ramón Jiménez. Foto: wordpress.com

Juan Ramón Jiménez. Foto: wordpress.com

La Razón (Edición Impresa) / Hugo Molina Viaña - (1931-1988)

00:00 / 28 de diciembre de 2014

El poeta andaluz Juan Ramón Jiménez es el creador de un borriquillo prodigioso, pasan ya más de 50 años del nacimiento de Platero, que así se llama el burrito, y sigue caminando tan fresco y primoroso como en los de 1914, fecha de la tierna y delicada elegía andaluza.

Platero y yo es un armonioso y mágico libro para niños. En la advertencia de la portada del libro, dice el vate: “Este libro en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para... qué sé yo para quién escribimos los poetas líricos. Ahora que va para los niños, no le quito ni le pongo una coma. Donde quiera que haya niños, dice Novalis, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro que es como isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta y se encuentra allí tan a su gusto que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca”.

Y así, el borriquillo de Moguer, tierra natal de la bestezuela, era la alegría de los pequeños, también lo es actualmente en el mundo de ensueño y poesía al que lo llevó su animador, Juan Ramón Jiménez.

El niño que haya abierto las páginas del libro habrá sentido al instante el cálido rozamiento del burrillo, como si les estrechara el corazón con su peluda cabezota; otros lo habrán agarrado entre sus brazos y cuántos habrán dejado un ósculo de ternura en sus pupilas luminosas.

Cuentan que cierta niña al llegar a la última página en la lectura del libro y al enterarse de que Platero murió, le escribió tiernas misivas que las dirigió al autor de la obra con el título Cartas a Platero.

Todos los niños del mundo de habla hispana habrán soñado con subir a los lomos de Platero y recorrerán los campos de la ilusión en el dulce sentimiento de la lengua de Cervantes.

A este burrito-niño, comprensible al lenguaje de los niños, tan solo le faltaba expresar una palabra. ¿Cómo sería? Su amo nos lo describe: “Platero es peludo, pequeño, suave, tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos, solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Es tierno mimoso igual que un niño, que una niña... pero fuerte y seco como de piedra.

Tiene acero. Acero y plata al mismo tiempo”.

En cierta ocasión, cuando un editor se propuso ilustrar el libro de Juan Ramón, el autor exigió al dibujante: “Quiero un burrillo de cristal”.Platero es peludo y de cristal. ¿Qué pintor podría realizarlo? Solo el cielo podría haberlo enviado a pacer los campos de los Palos de Moguer; por eso el mismo cielo le envía sus dones, cuando expresa el poeta: “Mira Platero, que de rosas caen por todas partes, rosas azules, rosas blancas sin color... Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira cómo se llenan de rosas la frente, los hombros, las manos qué haré yo con tantas rosas”.

Emocionado el vate se dirige a su amigo manso y bueno y le alegra el corazón con esta lírica expresión: “Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas”.

En todas las caminatas del vate por los prados fragantes a clavel, está siempre alegre y melodioso el lírico animal.

Platero al cruzar un arroyo pisa la luna y ella se deshace en mil pedazos, formando un enjambre de rosas diáfanas que se enredan en las pezuñas del burrito.

Al acercarse a un pozo, le dice el poeta: “El pozo, Platero, qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora. Parece que es la palabra que taladra girando. Oye Platero, si algún día me echo a este pozo, no será para matarme, créelo, sino para coger más pronto las estrellas”.

La lectura de Platero embriaga de emoción a los niños, y lo siguen por todas partes, con sus amables travesuras que las realiza como un niño. Y todos al final desean tener este burrito inteligente y juguetón. Juan Ramón, en síntesis, les ha regalado a todos los niños del mundo el tierno y mimoso Platero.

Como en todas las elegías, llega la parte triste y dolorosa. E1 poeta dice: “La barriguilla de algodón se le había hinchado como un mundo”. Y Platero yacía en su cama de paja, con los ojos blandos y tristes. Entonces, surge la página en una carta sentida: “Dulce Platero, trotón burrillo mío que llevaste mi alma tantas veces, solo mi alma, por aquellos dos caminos de nopales, de malvas y de madreselvas. Ve a tu alma que ya pace en el paraíso.

Platero feliz en tu prado de rosas eternas me verás detenerme ante los lirios amarillos que han brotado de tu descompuesto corazón”.

Así termina la vida graciosa y amable del poético burrito andaluz. Un comentarista de prensa, en ocasión de haberse otorgado el Premio Nobel a Juan Ramón Jiménez, escribe estas líneas: “Los rebuznos de Platero, deliciosos, han resonado por todas partes y se oirán durante siglos y siglos. El poema que ha embelesado a una generación de niños de América e Hispanoamérica. Ahora encantará, como los cuentos de Andersen, a los niños de todo el mundo”.

El premio para Juan Ramón tuvo un triste sabor agridulce porque cuando recibió la noticia de la distinción se encontraba junto al lecho de Zenobia Camprubí. Su amada esposa se encontraba en agonía. Juan Ramón pidió que cuando estuviera junto al silencio de la muerte se le escribiera este significativo epitafio: “Juan Ramón de Zenobia”.

Pero quedan con nosotros para siempre Juan Ramón y Platero, como viven en nuestros sueños Hans Christian Andersen y el Patito Feo.

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