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Poemas de Sergio Suárez

Sergio Suárez Figueroa (1924-1968) publicó en cuatro libros de poemas y otros textos en periódicos y revistas. Ese material ha sido reunido y ordenado en un volumen que será presentado el jueves 26 a las 20.00 en La Chopería (entrada al Montículo)

Foto: andrew wyath

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La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 22 de marzo de 2015

Orfeo

Existe un contacto con la muerte, pero su presencia entreabre sus invisibles alas oscuras cuando la vida es el testigo efímero que la trasciende. Entonces, su misterioso rumor tentacular y ávido estremece el temblor sobre el resucitado. Deja sus huellas de otra zona, de donde casi no se regresa para poder narrarlo en el tamiz trivial de la plática doméstica.

De ahí es que entonces comienzas a tener la noción exacta, de que la conformación de tus huesos hace extrañas dislocaciones en tu organismo, como si se tratara de un instrumento de maravillosas resonancias.

Tus clavículas estallan en extraños crujidos y murmuraciones, trocándose en un todo arquitectónico que nada tiene que ver con la mirada, que se ha quedado enceguecida por el deslumbramiento de tomar su cuerpo como algo ajeno; un pretexto para que lo maravilloso de tu ser se exprese y se ponga en contacto con esta trivialidad de estar viviendo, y que al mismo tiempo configura la premonición de que el éxtasis toma una dimensión de vértigo.

Ser un evadido de la muerte implica desde ya haber penetrado en lo iluminatorio. Y es como asistir al deslumbramiento que causa en nuestro ser la no participación del cuerpo, que gesticula en la intuición desconcertada que inspira el macabro dibujo de una radiografía.

De mi paso por la muerte tengo un fresco recuerdo casi mecánico y exclusivo en las caderas. Ellas no pertenecían a mi carne, y mi carne no existía para mi percepción interna.

Más que mi carne, —como un viejo molino desvencijado, y en esos aprendizajes que provienen de una profunda convalecencia— sentía sólo mi esqueleto.

Y como los infantes, inesperadamente, descubren que poseen un cuerpo, los hombres adultos al pasar por un trance mortal y volver a nacer, descubren que tienen un esqueleto. Y él hace sus visajes un poco apartados del espíritu, asumiendo la dinámica de una terrible coreografía que se recobra en una forma objetiva en la memoria, y a la que uno asiste con una temible curiosidad que casi resulta quimérica y risible.

Y uno intuye, desconcertado, que hay algo más profundo que nuestra mecánica, y que somos una cosa muy distinta a la que creemos ser. Hasta podría aventurar, que vivos, asistimos al espectáculo de nosotros mismos desde afuera, y muertos, entramos en nosotros a convivir con el ser y la totalidad en la verídica introversión santificada. Esta es toda la luz que obtuve de mi muerte.

Arte de alquilar una casa

Sabrás que para alquilar una casa hay que poseer mucho tino. Ella siempre es una trampa de las potencias oscuras o de las claridades apenas entrevistas. Una casa jamás es inorgánica. Y las vigas se iluminan de un cosquilleo y un escalofrío en el gran silencio que vierte la noche. Sobre sus muros los perros dibujan su olfato, con el hábito ancestral de hacerlo —como sus abuelos— y las gotas encienden sus pensativas linternas sobre la sordidez o sobre el anhelo.

Una casa nos brinda en las paredes sus signos astrológicos, y la premonición grafológica en la torpe ortografía aparentemente estéril que dejan las patas de las moscas y los dedos de los niños: su geografía, sus ríos y sus tumbas y los abismos y remansos del que la arrienda. De ahí que una aguja clavada sobre el empapelado puede presagiar cosas funestas a tu vocación sin nubes. Ello puede ocurrir en una casa de orates o en un convento donde un leproso ha aspirado con fruición el perfume de las rosas o del aire inmovilizado en los jardines.

Puede estar iluminada maravillosamente sin que sobresalga un solo hueso de los muertos, o de los sepelios anónimos que han transpuesto sus dinteles, o de los canes misteriosos que luchan debajo de un crucifijo por la salvación ignota de tu alma.

Antes de tomar una casa en alquiler estudia los rasgos de sus dueños. La psicología de sus cerraduras, de sus cerrojos, de sus ventanas, de sus dinteles —donde platican sombras paradas para tu angustia impensada—, para tus cadenas que limpias todos los días con un líquido precioso que tiende a asfixiarse, a surtirte si eres pervertido, de las más maravillosas humillaciones.

Hay casas que causan pavura. Lo sé por experiencia. Casas donde el silencio se espesa, y desata serpientes húmedas por detrás de los muros y adquiere sus polillas o sus ciempiés con el fin que medites de vez en cuando sobre la proximidad del purgatorio.

Una casa con jardines siempre es una cripta o un cementerio. Con solárium, un buen lugar para escarbarse los dientes del hastío. Con llamador, un elemento que hace pensar en las manijas de los ataúdes. Con techos puntiagudos, las angustias crecientes de una mujer soltera. Con pozos de agua, los suicidios de las muchachas poseídas por la lujuria de los sueños felices. Con piscina, la muerte misteriosa de los millonarios. Y todo así. Porque la casa es un castigo o una perdición desconocida para los fines del hombre. Es la asfixia después de los largos viajes. Y es el aprendizaje para la muerte. La devoción del paraíso de sus propias miserias. Muy pocas veces, quien sabe, la odisea de la libertad o de esa felicidad sin anhelos sobre la vida.En esta forma expreso que cada día alquilas tu tristeza, tu impotencia, de la cual hacen escarnio las risas silenciosas de los muros, que a su vez te ven reír como un simio, o folgándote con tu pudor espontáneo y tan puro, para escribirlo en la eternidad, y para proyectarlo ante el asombro aún increado. Film aterrante en que actúa un extraño que no eres tú, que nunca eres el mismo a cada instante, y que sin embargo es tu forma de forjador pasivo de esa sombra que en el cielo o en el infierno te ejercita y te oprime hasta hacerte estallar como una chinche, en formas sucesivas y para siempre, y para siempre.

Punto de referencia

Sin querer, los antiguos rostros se repiten.

Rostros que hemos visto en la infancia, en otras zonas, bajo el color de otras hojas —follajes verdinegros de países lejanos— y tan próximos por el corazóny los sueños.

Con ellos han venido el terror y la alegría.

Un terror que no queremos que sea renovable y una alegría perdida en un río mudable, que algunas veces en sus períodos lagunares, pintó, nunca iguales, los vagos abismos del cielo. (Nada queremos repetido y sin embargo esa rama que ahora tiembla bajo la luz es tan horriblemente comprendida que el hastío siempre ha sido el poeta que la cante. ¿Dónde aullará hoy día la mentada mirada sorprendida?)

Esa alegría no nos hizo más grandes, ese terror sólo nos dio un miedo demente hacia los seres tranquilos.

Esos seres que algunas veces han aspirado con deleite la brisa y a los cuales sólo les faltó esa oportunidad, tan leve, de matar a su madre en legítima defensa. Hoy, lejos de ese país, un rostro que pasaba me recordó a mi padre. Hoy he querido no haber nacido.

La canción de las islas

Nuestra piragua rosa es apenas un sueño sobre el mar. Dormitas, y cuando entreabres los ojos humedeces las nubes celestes,y el pájaro se perfuma en el aire luminoso.

En ese breve instante, sé que para ti ya no soy; porque lanzas muy suavemente, como palomas al horizonte —más allá de tu mirada

—tres gatos en éxtasis.

Mi canción nieva como una flor

inútilmente sobre tu recuerdo.

¡Pobre de mí y de ti que no me entiendes

blanca Nautilia!

Mi  muerte fue

cuando el alba iluminó de rosas

tus pupilas —pájaros llenos de sonrisas

en viaje al infinito.

Eras blanca temblando sobre el cielo,

como un lirio sensual en puntas de pie,

embriagado hasta el delirio por el

perfume del mar.

¡Oh blanca Nautilia!, ¿por qué no me miras?

¿Por qué humedeces con tus labios el paisaje?

Es inútil que hable, que suplique;

mi palabra ya no es música en el caracol

de tus orejas,

y el mar sigue murmurando su verde

indiferencia,

bañando mis pies de náufrago,

sin comprender mi horrible eternidad,

fugitiva y dolorosa.

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