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Juan Ramón, entre el infinito

La Razón / Elsa Fernández Santos, El País

01:58 / 23 de junio de 2013

Quizá porque la obra de Juan Ramón Jiménez fue una incesante búsqueda de algo inalcanzable (llámese perfección, Dios, verdad o belleza), el poeta sigue dando, 55 años después de su muerte, sorpresas. La edición de Apartamiento, libro hasta ahora disperso, escrito por el de Moguer entre 1911 y 1912, puede considerarse como una novedad absoluta, a pesar de que muchos de sus poemas, sobre todo los de su tercera parte, Bonanza, hayan sido ya publicados. El volumen que saca ahora a la luz la editorial Linteo (que también publica una tercera edición ampliada y revisada —con 12 poemas nuevos— de Libros de amor) ofrece por primera vez el conjunto de Apartamiento, que incluye 40 poemas y textos estrictamente inéditos y que nos abren las puertas de un libro-camino que confluye en una invocación final: Dios.

Pero, antes de subir al cielo, vayamos al suelo. Libros de amor estaba ya de camino a la imprenta cuando el poeta se enamoró de la que fue su mujer, Zenobia Camprubí. Juan Ramón abortó la publicación por miedo a herir los sentimientos de su prometida con un libro en el que hacía buen recuento de sus conquistas y amoríos. Zenobia ya le había reprochado algún verso de Laberinto y el poeta decidió que era mejor dejar en un cajón Libros de amor y no airear más intimidades. Casi un siglo después, en 2007, la obra vio la luz a cargo del estudioso José Antonio Expósito.

Se convirtió en un acontecimiento mundial. Un Juan Ramón joven y carnal, muy distinto al poeta ensimismado con el cuerpo de algodón de Platero, asomaba por unos versos cargados de sudor y sexo. Sus aventuras con mujeres casadas, solteras, con una norteamericana madre de una hija, con la esposa del psiquiatra que atiende su depresión tras la muerte de su padre… “y sí, hasta monjas”, recuerda Expósito, convertían el poemario en todo un hallazgo. “El éxito fue colosal porque descubría a un Juan Ramón muy distinto al que nos han enseñado en el colegio. Recuerdo que el día de la presentación vinieron periodistas de todas partes, ¡hasta del Vaticano!”.

Con los 12 poemas nuevos (encontrados en la Universidad de Puerto Rico) se cierra definitivamente la edición de Libros de amor, ya que sus 104 poemas están por fin completos. Más testimonios apasionados (“Césped con ella! ¡Césped con su cuerpo desnudo/ que aplastaba las margaritas y la hierba!/ ¡Carne de cristal, brazos que llenaban la brisa/ de una fragancia nueva, primaveral, eterna!”) de un hombre que desde muy pronto pisó la tierra aspirando al infinito.

En esa mirada perdida debemos situar Apartamiento, libro de la época de soledad y retiro, de ese apartamiento del título, en Moguer. Dividido en tres bloques, Domingos, El corazón en la mano (editadas ahora por primera vez) y Bonanza, traza un surco que lo unifica y le da sentido final: “En Domingo el yo se ensancha, en El corazón en la mano el yo va hacia sí mismo a través del dolor, y en Bonanza, se llega a la idea de Dios desde ese dolor”, explica Joaquín Llansó Martín-Moreno, encargado junto a Rocío Bejarano de la edición. “Es un libro cuyas dos primeras partes están sin todos los poemas, extraviados muchos durante los años del exilio”, continúa Joaquín Llansó Martín-Moreno. “Nosotros íbamos a sacar Bonanza como libro independiente, pero al investigar vimos que el deseo del poeta era que fuese una unidad, como se demuestra en sus notas y esquemas”.

En Apartamiento el poeta abre su yo, desde el cuerpo y desde el alma, hasta llegar a la invocación desnuda de Dios. La existencia le pesa. Lee a los místicos, la poesía del Siglo de Oro, y sobre todo, se adentra en Unamuno, a quien dedica Bonanza. “¡Derramará mi muerte,/ como un olor a rosa!”. En el segundo libro, El corazón en la mano, escribe Remordimiento: “Tiene este libro un olor que me recuerda/ el olor que tenía mi madre, un sosegado/ aroma de recato, sin explosión, esencia/ íntima de un placer vivo y velado…/ Cuando pasaba ella, lo dejaba tras sí/ como una vaga estela de dolor resignado…/ ¡Domingos de mi vida! ¡Cielo azul de aquel pueblo/ que pudo ser la dicha y sólo fue el cansancio!”.

Poemas inéditos de Juan Ramón Jiménez

PIRINEOS

Al entrar en España, va cayendo la tarde…en los picos, el sol se eleva eternamente—el mundo se abre—. Y los techos de pizarrase quedan en el foro de los pueblos franceses.La torre de Sallent repica allá en el fondo—es domingo—. La brisa juega en las peñas verdes.El ocaso es más puro cada vez. Huele el surmás. Es más claro el ondear de las mieses.Por los prados con flor, en una paz de idilio,mugen, echadas, mansas vacas rosas de leche.El habla del zagal nos toca el corazón.La patria va alejando, maternal, a la muerte…Ventura, soledad, silencio. Las esquilasllenan, cual las estrellas el cielo, el campo alegre.Silencio, soledad, ventura. El agua, en todo,canta entre el descendente reír de los cascabeles…

23

Soy feliz, y estoy triste de serlo. Yo quisieraque la felicidad no fuese de esta vida;¡que mi tranquila primavera florecieracuando ya la de todos estuviese florida!Ya en la opulencia alegre de todos los festinespasar ante los grandes y abiertos ventanalescon una flor de nieve cogida en los jardinesde las inmaculadas tristezas inmortales.ir el último siempre por la senda apaciblecon la palabra buena en la boca indolente.Sonreír en esos ojos de mirada indecible

que en el reparto miran al último mansamente.

REMORDIMIENTO

Tiene este libro un olor que me recuerdael olor que tenía mi madre. Un sosegadoaroma de recato, sin explosión, esenciaíntima de un placer vivo y velado…Cuando pasaba ella, lo dejaba tras sícomo una vaga estela de dolor resignado…¡Domingos de mi vida! ¡Cielo azul de aquel puebloque pudo ser la dicha y sólo fue el cansancio!¡por mi nostalgia yerma, olor, como mi olorde lágrima secreta y contenida..! bálsamoque al tiempo mismo es recuerdo y pesadumbre;yo pude haberlo hecho y no lo hice…¡el llantono sirve para nada, cuando el remordimientono tiene cura, cuandohay una cosa negra, que pudo ser de oro,que no se borra, que es, como este olor, amargo!

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Te alejas por mis vagas avenidas de ensueño,volviendo la cabeza, como una rama locay tus hojas inmensas, grandes como tu almase clavan duramente en mi alma de sombra…rosas tristes que caen de tus manos de nievevienen hasta mí en un viento de congojay la esencia que esparcen, huele al recuerdo triste de losrosales, deshojados de tu boca…me miras desde lejos, desde lejos te miro,y no sé qué me impide llegar hasta tu gloria,y no me atrevo a ir en busca de tu llanto

para que se pierda tu indecisa memoria…

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La blanca cargazón de tu frente difusasobre el fantasma enorme de tus ojos de sombraera de un esplendor divino, inextinguibleamasado con luna, con luces y con rosas.En mi alma extasiada flotará eternamenteaquella simpatía sensual de tu boca,boca grande, fragante y fresca, que al reír¡era como un jardín de carne melodiosa!No sé si tornarás; jamás un nuevo amorte borrará del fondo triste de mi memoriaeres como el fantasma de aquella adolescenciapor donde vaga, como por no sé qué avenida.

31

Ya no brillaban más que los fríos espejos,y aún, como un agua suave, palpitaba la música;y la ilusión, abierta cual una rosa triste,se iba, por la ventana, a la quietud nocturna…apenas nos veíamos; los rostros y las manos,con blancor de magnolias, lustraban la confusaelegancia de terciopelos y de sombrasque, en oleaje negro, colmaron la penumbra…mi mano aprisionó tu mano. Lo que entoncessentimos no podremos resucitarlo nunca…tú soñabas conmigo los sueños de mi vida

yo soñaba contigo los sueños de la tuya…

32

Tenía esa blancura que tiene la magnoliabajo el verdor lustroso y en sombra de su árbol;el brazo era más blanco que el rostro, el pecho másque el brazo, el muslo más que el pecho...un blanco vago, adolescente, crudo, mate,que daba al almala nostalgia incurable del amor dulce y casto,el pobre amor que cae, sangriento y sollozante,¡bajo el ímpetu torvo y ardiente de los años!¡armonía cerrada, beso limpio, secretorespetado! ¡pasión que quedaba en los brazos,que se hacía ideal, que moría de penajunto a la tibia fuente de los ojos con llanto!

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