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Poesía 2014: continuidad de tres caminos poéticos

No hubo novedades, pero tres poetas ya consagrados entregaron sendos libros

Poeta. Juan Carlos Orihuela. Foto: Luis Salazar-archivo

Poeta. Juan Carlos Orihuela. Foto: Luis Salazar-archivo

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 25 de enero de 2015

Quizás es hora de prestar cierta atención a un dato que teniendo un origen meramente periodístico (la costumbre de hacer listas o balances, aunque tardíos como éste) puede traducirse en una alerta ciertamente melancólica. En 2014, de los muchos —como todos los años— libros de poesía publicados en Bolivia los que resultan más interesantes —es decir, capaces de generar lecturas medianamente densas— son aquellos que prolongan trabajos en curso desde hace varias décadas. No hubo novedades ni bajo el sol ni bajo la luna. Pongo a consideración tres títulos que a mi parecer señalan ese rumbo.

La poesía de Juan Carlos Orihuela (1952), por lo menos desde Cuerpos del cuerpo (2000) se está adentrando en un camino de creciente complejidad. Es un camino porque sus poemas-libro persiguen con insistencia ciertas imágenes y su lenguaje en ese transcurso ha ido ganando una elocuencia —si se puede decir así— cada vez más elemental. Fragmentos nómadas (2014) puede leerse, en cierto sentido, como un alto en ese recorrido, como un paréntesis a la vez urgente pero sin duda de los más pausados que es capaz su escritura. El libro está dedicado a Martha Cajías, la esposa del poeta, muerta en octubre de 2012. No es un poema del duelo, sin embargo, sino —como muchos tramos de su obra— un poema de amor. Y hasta una historia de amor que se cuenta y canta desde la absoluta desnudez, desde ese punto, precisamente, al que ha llegado hoy su escritura elemental: “Te urge el agua / ésa que te meció cuando llegabas / la misma que hoy te lava”, le dice en una página. Y en otra: “En  los orígenes vegetales de tu vida / un lobo fugitivo escarbó / en el centro de tu cuerpo”. Y al final: “Más temprano que tarde / novia herida / te volveré a encontrar / velando las cicatrices del bisonte mítico / que cruzó tus sueños / y lamió tus manos antes de conocerlas”.

Los libros de Marcia Mogro (1956), desde Semíramis, 16MG (1988), van apareciendo con una regularidad que más que un hecho editorial parece la sucesión de las estaciones de un viaje inexorable. Tal es —como se puede observar a estas alturas— la unidad y la paciencia de su escritura. En 2011 publicó Restos de un cielo partes vestigios fragmentos rastros, un libro que parecía concentrar de un modo casi emblemático toda su escritura. En el paisaje brutal y desolado de los confines de la Tierra —el extremo sur— evoca a sus antiguos habitantes, los selkman, los kawéskar, borrados del mapa y de la historia. Y la escritura de esa evocación denuncia también su propia fantasmagoría, su propia imposibilidad de rescatar esa historia. Solo puede dar cuenta de vestigios, fragmentos, rastros. En Exposición de alto riesgo (2014), Mogro gira su mirada aparentemente al otro extremo: a las minucias de la vida cotidiana, a las rutinas y los quehaceres de todos los días. Y en ese plano, se pone en escena ella misma con nombre y apellido: Marcia Mogro, y sus labores, incluida la poesía. Pero ese viaje a lo doméstico es, verdaderamente, una exposición de alto riesgo, puesto que detrás de cada acto y de la necesidad de nombrarlo se descubre el horror y el terror que contienen las palabras: “desatando desamarrando destejiendo / desbordando / se permite una pasión precipitada / sin cuestionar / el auténtico / legítimo / sentido / de la palabra. TERROR ESTAS PALABRAS CONTIENEN / HORROR”. Un giro de tuerca más en esa obra que sin tregua y descarnadamente va construyendo Marcia Mogro.

Hacia el final del año, Jorge Campero (1953) publicó Bodas de orégano. Campero es ese tipo de poeta que parece que está escribiendo siempre el mismo libro. Salvo Jaguar azul —con el que ganó por segunda vez el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal en 2002—, que gira sobre un solo eje: el mundo y la historia guerrera de los guaraníes, todos sus libros insisten en unos cuantos asuntos que los poemas recogen puntualmente, como anotaciones de un diario o una bitácora. Esos asuntos son, centralmente, la nostalgia de un mundo perdido: para él, un mundo infantil y suntuosamente vegetal que se recrea en los Yungas o en el Chaco. El amor, siempre encontrado y perdido, siempre cantado sin embargo en voz alta, como un bolero a medianoche. Ciertos personajes que hacen de la ciudad lo que es: en el sentido estético de la palabra, un melodrama. La palabra compartida, que es la amistad, que es la poesía, que es la fervorosa bohemia. Bodas de orégano es, una vez más, todas esas cosas. Pero con el tiempo, Campero sabe administrar mejor sus recursos, sabe cobrar cierta distancia y mirar de reojo. Por eso en este libro puede decir, como un guerrero que al fin busca reposo: “Mucha realidad hace daño / Me fui a Ítaca”. 

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