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Poeta en las trincheras

Hace cien años estalló la Primera Guerra Mundial. Un poeta nicaragüense combatió como voluntario y dejó testimonio en un libro decisivo para la poesía latinoamericana

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 10 de agosto de 2014

 Pocos disparos tuvieron un eco tan largo como aquel que el soleado domingo 28 de junio de 1914 en Sarajevo le rompió la yugular del archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio austrohúngaro. Lo disparó un pobrísimo estudiante nacionalista serbobosnio de solo 19 años llamado Gavrilo Princip. Un mes después, el 28 de julio —hace de ello ya un siglo— comenzó la Primera Guerra Mundial. El conflicto se saldó con el hundimiento de cuatro imperios —austrohúngaro, alemán, ruso y turco otomano—, ocho millones de combatientes muertos en las trincheras, otros ocho millones de civiles sacrificados y un puñado de novelas y poemas memorables. Entre estos últimos ninguno tan singular  como el escrito por Salomón de la Selva (1893-1959) titulado El soldado desconocido. Es cierto que Thomas Ernest Hulme —el creador, junto a Ezra Pound, del Imaginismo anglosajón— asistió a la guerra y murió en combate. Es cierto también que el francés Guillaume Apollinaire estuvo en las trincheras y dejó testimonio de ello. Pero éste, vivió la guerra, fiel a su espíritu de poeta vanguardista, como un espectáculo: “La guerra —escribió en una carta— es resueltamente una cosa hermosa… el lugar es muy desolado; ni agua, ni árboles, ni aldea, ni nada más que la guerra suprametálica, architronante”.  ¿Cuál es la singularidad de El soldado desconocido? En realidad son dos. La primera, su tema: la gran guerra europea vivida y sufrida desde la experiencia y la percepción de un poeta nicaragüense que se alistó como voluntario en el ejército británico. La segunda: su lenguaje. La primera puede parecer anecdótica (aunque no lo es); la segunda constituye un hecho fundacional para la poesía latinoamericana: la aparición, por primera vez en esa tradición poética, de un registro coloquial y prosaico. El libro de Salomón de la Selva se publicó en 1922, el famoso año milagroso de la poesía latinoamericana del siglo XX. En ese año se editaron también Trilce del peruano César Vallejo y Veinte poemas para ser leídos en el tranvía del argentino Oliverio Girondo. Si a ello se suma, en la otra orilla del Atlántico, la publicación de The Waste Land de T. S. Eliot, la fundación de la vanguardia poética más radical del siglo XX está servida. Salomón de la Selva tenía 29 años cuando publicó El soldado desconocido, en México, con la portada ilustrada por Diego Rivera. Desde adolescente vivió en Estados Unidos, donde no solo se dedicó al estudio de la poesía en lengua inglesa —es autor de traducciones al español de Coleridge y Swimburne— sino también se familiarizó tempranamente con el Modernism anglosajón y, especialmente, con la llamada New Poetry norteamericana. Su primer libro de poemas lo escribió en inglés: Tropical Town an Other Poems (1918). El mismo año de su publicación viajó a Inglaterra y se alistó como voluntario para combatir en Flandes. De esa doble experiencia —su contacto con la tradición poética norteamericana y su participación en la guerra europea— nació El soldado desconocido.Si para Apollinaire la guerra fue un espectáculo, para el voluntario nicaragüense fue lo que para cualquier soldado, no importa de qué bando: sangre y lodo. En el prólogo a su libro escribió: “El héroe de la Guerra —puesto que un héroe debía resultar, porque para eso se peleó, ya que toda lucha y aun todo esfuerzo de los hombres no es sino para hacer florecer un hombre superior—, el héroe de la guerra es el Soldado Desconocido. Es barato y a todos satisface. No hay que darle pensión. No tiene nombre. Ni familia. Ni nada. Solo patria”.  La impronta norteamericana de la poesía de Salomón de la Selva —de la que deriva muy creativamente su tono narrativo y coloquial y un lenguaje deliberadamente no-poético— ya fue percibida en 1941 por Xavier Villaurrutia, quien en el prólogo a Laurel —la célebre antología que puso a dialogar la poesía latinoamericana y española desde el mediodía del Modernismo hasta las vanguardias y sus declinaciones—, apuntó que el autor de El soldado desconocido era uno de los poetas que: “hacen entrar en la poesía en lengua española cierto voluntario prosaísmo que si en otros tiempos hubiera hecho el efecto de un desconocido, intruso en un sitio al que no hubiera sido invitado, presta ahora a la lírica un sabor y sobre todo un acento de intimidad y más aún de familiaridad frecuente en la poesía inglesa o en la poesía norteamericana, mas no en la española…”  Pero fue el escritor mexicano José Emilio Pacheco, fallecido en 2013, quien en un breve ensayo (Nota sobre la otra vanguardia, 1979) no solo resumió muy bien lo que el lector puede encontrar en las páginas de El soldado desconocido sino también intentó inscribir el libro en una perspectiva crítica de mayor alcance a la que alude, precisamente, el título de su texto, la “otra” vanguardia. “Himnos patrióticos y gritos de batalla quedaron atrás—escribe—; la guerra antiheroica ha engendrado una poesía antipoética. El primer desplazamiento lo sufre la representación del poeta mismo como hablante. A la máscara triunfalista del creacionismo y del estridentismo, al poeta como ‘mago’, se opone la figura del bufón doliente y del ser degradado. Escribir versos no es jugar al ‘pequeño dios’, sino una debilidad y una vergüenza que, sin embargo, puede expiarse describiendo lo que sucede en el lodo de las trincheras”.A propósito, en el poema titulado Vergüenza se lee: “Éste era zapatero, / éste hacía barriles, / y aquél servía de mozo / en un hotel de puerto… / Todos han dicho lo que eran / antes de ser soldados; / ¿y yo? ¿Yo qué sería / que ya no lo recuerdo? / ¿Poeta? ¡No! Decirlo / me daría vergüenza”. Después de El soldado desconocido, Salomón de la Selva (nació con un nombre menos poético: Salomón de Jesús Selva) publicó otros libros —Evocación de Horacio (1949), Canto a la independencia nacional de México (1955) y Acolmixtli Nezahuálcóyotl (1958)—, pero ninguno de ellos tiene la significación del primero. En 1935 se radicó en México donde murió en 1959. El registro coloquial y antipoético que introdujo a la poesía hispanoamericana; sin embargo, tuvo una larga y fructífera vida. Se convirtió en una de las vetas más ricas y variadas de la poesía del siglo XX que puede rastrearse desde la obra de los nicaragüenses Joaquín Pasos —autor del memorable Canto de guerra de las cosas— y Ernesto Cardenal —que este año estuvo en Santa Cruz de la Sierra— hasta el argentino Juan Gelman y el peruano Antonio Cisneros.

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