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Poetas piden que paren todas las incertidumbres

La Hoguera de Santa Cruz reedita la antología ‘Poesía ante la incertidumbre’

Antología. La portada de la edición boliviana del libro. Foto: La Hoguera

Antología. La portada de la edición boliviana del libro. Foto: La Hoguera

La Razón / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 18 de agosto de 2013

La editorial La Hoguera de Santa Cruz de la Sierra, en la remota república de Bolivia, ha tenido a bien dar nueva vida al libro antológico Poesía ante la incertidumbre. Un libro que, cumplido ya sobreabundantemente su propósito como operación editorial transnacional, se había ganado el derecho a un merecido reposo. No, está visto que tiene nueva vida. Pero una vida que sospecho, ay, es una vida de zombi.  

Cuando apareció la primera edición de este libro —en Madrid, en 2011, publicado por la editorial Visor con un impresionante aparato publicitario—, el crítico Eduardo Moga sufrió “diversos asombros” de los que dejó testimonio en las páginas de la revista Letras Libres.

Le asombró, por ejemplo, que sea una antología de ocho Nuevos poetas en español, como reza el subtítulo, pero una antología sin antólogo. Le asombró también que los nuevos poetas sean, en realidad, veteranos vates (uno de ellos ya muerto) con abrumadores currículos que documentan cómo han fatigado las prensas, los festivales y los premios. Y le asombró finalmente que la antología esté presidida por un largo y belicoso prólogo, pero un prólogo sin prologuista. La conclusión de Moga era inevitable: Poesía ante la incertidumbre, en realidad, “no es una propuesta literaria, sino una operación editorial”.  

A esos asombros que afligieron a Moga, la edición boliviana suma uno nuevo, parecido éste al milagro de la multiplicación de los panes y los peces: el impacto demográfico del libro. Los nuevos poetas españoles y latinoamericanos que se pronunciaban contra la incertidumbre ya no son sólo ocho como al principio sino quince, entre ellos el boliviano Gabriel Chávez Casazola. El tren, en el camino, recogió muchos pasajeros.

Sea como fuere, la antología que lanzó Visor en 2011 podía sumarse a las decenas de antologías que se publican cada año, algunas con pena y otras con gloria. Pero Visor sabe lo que hace.

El prólogo titulado Defensa de la poesía —asumamos que lo escribieron los ocho apóstoles a 16 manos— es en realidad un manifiesto que 1) se queja amargamente de que este mundo sea un mundo de incertidumbres: “El momento de la Historia que nos ha tocado vivir está marcado por la incertidumbre en todos los sentidos”; y 2) denuncia que incluso las viejas utopías “que parecieron realizables y llenaron de ilusión a millones de ciudadanos se han desmoronado”. Frente a ese desolador panorama, los nuevos poetas proponen: 1) “hacer un alto en el camino, reflexionar y mirarnos a los ojos”, y 2) que “la poesía puede arrojar algo de luz para alcanzar algunas certidumbres necesarias”.

Hasta aquí no hay nada que decir. Si a los nuevos poetas les da miedo la incertidumbre, si les parece interesante mirarse a los ojos, si necesitan certidumbres para vivir y si creen que la poesía se las puede otorgar están en todo su derecho. El problema es que 1) estos poetas creen que la única poesía válida es la poesía de la certidumbre, es decir (por supuesto) la poesía que ellos escriben; y 2) que las ideas proclamadas tan vehementemente por los nuevos poetas no tienen nada de nuevo.

Una cosa tiene que ver con la otra. ¿Cuál es la poesía de la certidumbre? Para los nuevos poetas, la poesía 1) tiene que emocionar; y 2) tiene que ser perfectamente entendible. Todo el resto —todo el inmenso resto en el que caben Góngora y Lezama Lima, Shakespeare y Octavio Paz, José Ángel Valente y Jaime Saenz, Antonio Gamoneda y tantos navegantes de la incertidumbre— son proyectos literarios que “fracasaron estrepitosamente”, “barroquismo gratuito”, “frivolidad de la moda literaria”, “juegos de estilo”, “oscuras construcciones lingüísticas”, “artificio estéril y soso”, en suma, una dinámica “destructiva para la poesía porque conduce, de manera inevitable, a su deshumanización”.   

Sostener que la poesía debe emocionar es una obviedad, aunque sospecho también una negligencia: el chato realismo que practican los poetas de la certidumbre es resultado de una confusión: no pueden distinguir las palabras de las cosas. Que la poesía debe ser perfectamente entendible es una ingenuidad o una necedad. Una ingenuidad si se supone que la inteligibilidad de un poema es la misma que la de una noticia de periódico o de un memorándum de felicitación (al recibir un premio, por ejemplo). Una necedad, si se cree, en verdad, que la única manera de entender la realidad es el pensamiento racional, el realismo o la mera gramática.      

Pero en las ideas de los poetas de la certidumbre no hay nada nuevo. En realidad son un calco bastante servil del credo que los llamados poetas de la experiencia —García Montero y compañía— repiten en España desde hace muchos años. La editorial Visor encontró cómo prolongar ese agotado discurso en los nuevos poetas latinoamericanos. Es decir, encontró cómo hacerse, otra vez, la América.  

(Dicho de paso, algún académico avispado tendría que establecer la cuota de culpa que le cabe a la poesía de la experiencia o del “realismo capitalista” —como con exquisita ironía la llamaba José Miguel Ullán— en la desmoralización colectiva que aqueja hoy a los españoles.)   

En fin, la conclusión es un tanto melancólica. Visor tenía razón: el mercado triunfa, el realismo simplón vende. Su operación editorial le sigue dando frutos. Ésa es la única certidumbre. 

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