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Quilca el final de una época

El mundo literario y musical de Lima pierde su mercado más activo, popular y alternativo, desalojado para que, probablemente, un centro comercial ocupe su espacio

Quilca

Quilca Foto: peru.com

La Razón (Edición Impresa) / Antonio Vera - Escritor

10:44 / 01 de febrero de 2016

No solo era un desalojo, era el final de una época. El jueves 14 de enero, un contingente policial bloqueó el acceso vehicular a la cuadra 2 del jirón Quilca, ubicado en pleno centro de Lima, a tan solo unos metros de la histórica plaza San Martín y del Jirón de la Unión. Flanqueados por un contingente de policías pertrechados de palos y escudos, representantes del Ministerio Público procedieron a ejecutar una decisión judicial: desalojar una antigua playa de estacionamiento que desde hace más de 20 años, bajo el nombre de Boulevard de la Cultura, funcionaba como la librería-casa discográfica-mercado alternativo más activo e interesante de la capital peruana.

El propietario del terreno y autor del desalojo es, sintomáticamente, el Obispado de Lima. El proceso judicial comenzó en 2008 y culminó esa mañana de enero con el desmontaje de decenas de puestos donde los lectores limeños estaban acostumbrados a encontrar una amplia oferta librera y musical. Al parecer, la intención de los propietarios es construir una galería comercial (otro síntoma).

En realidad, el Boulevard de la Cultura era uno de los últimos vestigios de una calle que en los años 80 y 90 del siglo pasado se convirtió en el corazón taquicárdico de una intensa actividad cultural marcada por el signo de lo underground. Otro de ellos es la taberna Queirolo, y es probable que ésta no se mueva de ahí. Lleva funcionando desde principios del siglo XX y en sus mesas se sigue, al calor del pisco, animando las tardes y noches de esa parte del centro de Lima.

No pasó lo mismo con otros bares: un ambiguo local de luces amarillas, a quienes algunos llamaban El Chino y otros Camaná (por estar ubicado en la esquina de Quilca y Camaná) alberga ahora otro negocio.

Otro local, al que algunos llamaban Las Rejas y otros El Chino (sí ese era un nombre recurrente), fue en los principios de los 90 centro casi obligado de reunión de poetas y músicos, y el escenario de recitales y tocadas. Hoy es una tienda de abarrotes. Uno llegaba a ese bar y se podía topar con leyendas vivas de la cultura peruana. Los poetas del movimiento Kloaka, liderado por el mítico Roger Santiváñez, por ejemplo.

O los del revolucionario movimiento Hora Zero, que sacudió en los 70 los cimientos de la poesía peruana, andaban en esas mesas, apurando anisados, compartiendo piscos. Ahí, una noche, a principios de los 90, vi al enorme poeta Enrique Verástegui, como si escenificara un verso suyo, hacer el amor a una muchacha sobre el capó de un auto, mientras la noche de Lima se adentraba perniciosamente en la humedad. Piero Bustos, el fundador de la banda del pueblo del barrio solía sentarse en esas mesas y acceder a cantar alguno de sus temas: Polvos azules (“quiero quiero quiero la lubricidaaaaad”), Escalera al infierno (“mira cuando se acercan a mí, por un poco de placer que les doy”), Yo no quiero estudiar (el coro dice eso mismo muchas veces), Coche bomba (tema cuyo coro repetido a voces provocó alguna vez la alarma de los transeúntes), entre otros.

La noche se consumía ahí, mientras las calles de la ciudad se incendiaban, y esto no es una metáfora: Lima era el escenario de los atentados terroristas urbanos más feroces —coches bomba con 400 kilos de explosivos estallando en surtidores de gasolina, comisarías de barrio, canales de Tv, embajadas, o edificios de viviendas—.

La Plaza de Armas (cuyo nombre ha sido cambiado por Plaza Mayor para maquillar el recuerdo), era un recinto ocupado por tanques, policías y militares con el dedo en el gatillo de sus armas de guerra, en cualquier momento te pedían documentos y no portarlos no era un asunto que se arreglara con una disculpa. Para complementar ese escenario, el país era gobernado por una banda mafiosa comandada por Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Es decir que, como afirma Paco de Luca, el librero fundador del boulevard, en el hermoso documental Como lágrimas en la lluvia, Quilca era una suerte de espacio de resistencia.

Pero todo comenzó con unos puestos de libros usados y casetes piratas caseros. Bajo el signo de los vendedores ambulantes, el fundador, conocido como Paco de Luca, se animó a abrir en Quilca un puesto en el que, en esa época sin internet, sin Cds, con una piratería básicamente casera, era posible encontrar ahí una cantidad de títulos y bandas que el circuito oficial no ofrecía. Para quienes circulábamos en micro y buscábamos ahorrar cada sol, visitar las librerías miraflorinas no era una opción muy cómoda. Íbamos a la avenida Grau, un gigante recinto de libreros hoy reubicados en Amazonas, en la zona de Barrios Altos, y luego a Quilca, porque ahí además era posible conocer gente, escuchar música en vivo, ser parte de una vida que la ciudad se esmeraba por apagar en cada esquina.

Así que el desalojo del 14 de enero, que fue seguido por una nostálgica reacción en las redes sociales, no solo movió a unos vendedores de libros que probablemente encuentren un nuevo lugar para seguir trabajando —son una asociación bastante consolidada y organizada—, sino que marcó el final de una historia. Quilca sigue ahí y es probable que su espíritu renazca en alguna otra iniciativa insensata. Esperemos que así sea.

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