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Rarezas y excesos de genios

La singular personalidad de los gigantes del jazz, las drogas y el racismo provocaron extrañas anécdotas sobre el escenario

Manías. En esta foto, el supersticioso Duke Ellington. Arriba,  el conflictivo Stan Getz. Foto: movpins.com

Manías. En esta foto, el supersticioso Duke Ellington. Arriba, el conflictivo Stan Getz. Foto: movpins.com

La Razón (Edición Impresa) / Nicolás Peña - crítico de música

00:00 / 25 de octubre de 2015

El jazz es fusión, interculturalidad: la unión —a través del arte— de África y Europa, y la más importante contribución artística que hizo Norteamérica al mundo. Una forma de arte que fue posible gracias al sentimiento y trabajo de grandes hombres que establecieron los lineamientos fundamentales que perduran hasta nuestros días. Tuvieron que enfrentarse al racismo y otros prejuicios y, precisamente por ser unos genios, muchos de ellos eran pródigos en rarezas. Así protagonizaron extrañas anécdotas, no siempre divertidas.

El gran Duke Ellington tenía una personalidad muy particular y era extremadamente supersticioso: no le gustaba el amarillo; no regalaba ni recibía zapatos porque creía que el receptor se iría y no volvería; era muy temeroso de los vientos fuertes y mantenía siempre las ventanas cerradas; era un pecado entrar a su camarín comiendo maní o algo parecido, o silbando; desechaba un terno si se le caía un botón; no usaba reloj, pero todo el tiempo quería saber qué hora era; no echaba de su orquesta a ningún músico, sino que le hacía la vida imposible hasta que se marchase. Y todo, por el miedo a la mala suerte.

Paul Gonsalves, saxofonista tenor de la orquesta de Ellington, tenía serios problemas con el alcohol y las drogas. En una ocasión debía tocar un solo, pero se quedó dormido en el escenario. Lo despertaron y caminó hasta ponerse al frente de la banda en el momento en el que el violinista Ray Nance terminaba su solo y la gente lo aplaudía intensamente. Gonsalves creyó que los aplausos eran para él, y, convencido de que ya lo había hecho, regresó a su sitio sin tocar una nota.

TRAICIÓN. Stan Getz destacó en el jazz por formidable improvisador y poseedor de uno de los sonidos más hermosos y dulces que pueden salir de un saxo tenor. Pero también se hizo famoso por varios incidentes violentos que le merecieron la animadversión de sus compañeros. En uno de sus escasos conciertos con el pianista Bill Evans, Getz, con muy mala intención, anunció al público su tema Stan’s Blues, que no estaba programado, y comenzó raudamente a tocarlo ante la estupefacta mirada de Bill Evans. Muy molesto, Evans aporreó unos desganados acordes al principio del tema, y dejó de tocar.

Con una mirada pidió al contrabajista Eddie Gomez que no hiciese ningún solo, y Getz no tuvo otra opción que alargar su improvisación hasta el final. Es una de las muchas malas jugadas que Getz solía hacer a otros músicos. En una ocasión le preguntaron a Duke Ellington si era posible hacer buena música siendo una mala persona. La respuesta del maestro fue contundente: Stan Getz.

Aunque el jazz ayudó a luchar contra la discriminación al juntar en las bandas a negros y blancos, muchos directores blancos no se arriesgaban a tener negros en sus agrupaciones, y entre los negros se veía mal que se tocara con blancos porque el jazz era música de negros. El saxofonista negro Sonny Rollins fue duramente criticado por tener en su grupo al guitarrista blanco Jim Hall, y el trompetista negro Miles Davis también fue cuestionado por contratar a Bill Evans, blanco. La emperatriz del Blues, Bessie Smith, murió porque después de un accidente automovilístico fue rechazada en un hospital de blancos y, en la búsqueda de otro centro médico, se desangró.

El mejor improvisador de la historia, Charlie Bird Parker, realizó en el verano de 1950 una gira por el sur de Estados Unidos contratando a Red Rodney, un joven trompetista que prometía mucho pero que era blanco, completamente rubio. Parker, que tenía un exquisito sentido del humor, para evitar problemas decidió presentar en las actuaciones a Red Rodney como: “Albino Red: el negro albino trompetista y cantante de blues”. La gira fue todo un éxito y no hubo ningún problema entre un público mayoritariamente negro.

ADICCIONES. Uno de los episodios más negros de los últimos días de Parker sucedió el 4 de marzo de 1955 en el local bautizado con su nombre, el “Birdland” neoyorquino. Parker iba a tocar dos noches con un banda de lujo que incluía al trompetista Kenny Dorham, al pianista Bud Powell, al contrabajista Charles Mingus y al baterista Art Blakey. Powell, hundido totalmente por el alcohol y las drogas, comenzó a interpretar una melodía distinta a la que tocaba el resto. Cuando Parker le llamó la atención se disparó una de las rondas de insultos más famosas de la historia del jazz. Powell abandonó el escenario y Parker se quedó llamándolo a gritos y pidiéndole que regresara. Mingus se acercó al micrófono y dijo; “Señoras y señores, les ruego que no me asocien con todo esto. Esto no es jazz. Estos hombres están enfermos”, dijo, abandonando también el escenario. Una semana después, Bird fallecía.

Frank Sinatra se vio obligado a cambiar de médico de cabecera. Su nuevo doctor le hizo un examen general, y le preguntó: “¿Cuánto bebe usted?”, quiso saber el médico. “Unos treinta y seis tragos al día” respondió. El médico sonrió cortésmente y recuperó la compostura. “Le hablo en serio señor Sinatra. ¿Cuánto bebe usted?”. Frank, indiferente, volvió a asegurar: “Ya se lo he dicho, treinta y seis tragos al día”. “¿Cómo puede estar tan seguro?”, replicó el médico. “Verá, doctor, bebo una botella de Jack Daniel’s diaria, lo que equivale a treinta y seis tragos”. Sin poder salir de su asombro, el doctor, bruscamente y con un evidente tono de desaprobación, le dijo: “¿Y cómo se siente cada mañana?”. “No lo sé”, respondió Sinatra poniéndose en pie. “Nunca me levanto por la mañana. Y no estoy seguro de que usted sea el médico apropiado para mí”.

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