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Rezos a ‘La virgen de los sicarios’

La obra del colombiano Fernando Vallejo muestra la dureza de Medellín a mediados de los 90.

Rezos a ‘La virgen de los sicarios’. Foto: artesycosas.com

Rezos a ‘La virgen de los sicarios’. Foto: artesycosas.com

La Razón (Edición Impresa) / Erick Ortega

00:00 / 17 de septiembre de 2017

Medellín... metrallo... medallo, la ciudad blanca, blanca de la coca, donde los sicarios son niños que viven para morir antes de llegar a la adolescencia. Este es el escenario donde se desarrolla La virgen de los sicarios.

Medellín en los 90 (la obra fue publicada en 1994, justo un año después de la muerte del narco Pablo Escobar) nos muestra su cara más violenta, aquella que hoy se tapó bajo la alfombra de la modernidad y la civilización.

La trama va de la mano del colombiano Fernando Vallejo —él únicamente escribe en primera persona e invita a pensar que sus obras son parte de su vida— quien se dedica a desandar por la ciudad que lo vio nacer. Él es un homosexual liberal, amante de los perros y que tiene ganas de matar a cada taxista que pone bachatas, cumbia o rock en su coche.

Pero simplemente no puede hacerlo; ahí entra en escena Alexis, su niño amante que mata a todos los que hacen fruncir el ceño a Fernando.

Allí cerca, en las afueras de Medellín, está Sabaneta y en el centro de este lugar se sitúa una iglesia con una María Auxiliadora bastante solicitada. Hasta ese recinto llegan los sicarios a dejarle velas a la patrona para que les ayude en su oficio de dejar a este mundo con menos personas. También hay un espacio próximo para fumar marihuana.

Es menester recordar que la novela se ambienta en los años duros del narcotráfico, cuando los capos de la droga fueron eliminados y solo quedaron los sicarios con sus ajustes de cuentas a cuestas. Entonces, escuchar el rugido de las motocicletas era similar a ver de cerca la hora final.

Allí todo tiene una explicación ligada con la muerte. Vallejo, por ejemplo, refiere que la popular canción Gota fría también hace un guiño a la inminente llegada de la parca: “Me lleva él o me lo llevo yo, pa’ que se acabe la vaina”.

Y, es cruda con los fenómenos populares: “Cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas”.

Aunque la obra tiene menos de 200 páginas y es posible acabarla de un sentón; es de aquellas historias que deja pensando en esa batalla irremediable entre lo bueno y lo malo.

Medellín está más cerca del cielo y más lejos de Vallejo... pero para los amantes de la literatura queda plasmado el recuerdo de La virgen de los sicarios.

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