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Rodrigo Hasbún ‘Transformar el pasado es posible’

El escritor cochabambino juega en su última novela con los recuerdos, los rumores, los hechos y sus variaciones

Rodrigo Hasbún. Foto: minuto30.com

Rodrigo Hasbún. Foto: minuto30.com

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador - periodista

00:00 / 14 de junio de 2015

La segunda novela de Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981), Los afectos, acaba de ser publicada en España y estará disponible en las librerías bolivianas la primera semana de agosto. En una entrevista por internet, el escritor comenta los temas que le inspiran —como la famila y la migración—, el proceso creativo que sigue su escritura y algunos detalles de su nuevo libro, que ofrece pocas respuestas y, en cambio, deja muchas preguntas en la cabeza del lector.

¿Cuánto tiene Los afectos de novela, de biografía y de historia?

La novela está inspirada en personajes históricos, pero como señalo en la nota inicial, no es ni intenta ser un retrato fidedigno de ellos. Aunque la historia de la familia Ertl me resulta fascinante, siempre tuve claro que la quería explorar no desde el rigor o supuesto rigor de la biografía o la historia, sino desde la libertad intrínseca de la ficción, que puede permitirse ahondar en el reverso posible de las cosas, y que trabaja no solo con los hechos, sino además con sus variaciones y con la imaginación y el rumor que se generan a su alrededor. No son límites bien definidos, nunca lo han sido, y me gusta que la novela juegue en el borde de esos territorios colindantes.

¿Cómo encontró esta historia? ¿Por qué pensó que era buen argumento para una novela?

La historia me la contó Fadrique Iglesias en un café de Cochabamba, hace ya algunos años. A los escritores siempre nos están contando historias, creyendo que nos servirán, pero eso casi nunca sucede. En este caso, por primera vez en mi vida, mientras oía a mi amigo supe de inmediato que intentaría escribir una novela al respecto (una novela en la que se contrastara la aventura exterior con el viaje interior), y que había ahí un punto de partida lo suficientemente misterioso como para dedicarle años de obsesión.

¿Es la migración un tema al que recurre conscientemente o que aparece espontáneamente en su obra?

Es un tema que siempre estuvo presente en mi vida, y que irremediablemente fue infiltrándose en mi escritura. Me gusta cómo los migrantes desordenan algunos mapas, cómo erosionan construcciones culturales demasiado persistentes, cómo se las arreglan para construir redes invisibles entre lugares y entre la gente de esos lugares.

En otras palabras, me divierte el desconcierto que provoca en muchos ver a Mario Balotelli como delantero de la selección italiana, y me conmueve encontrar un restaurante de comida boliviana en una ciudad perdida de Estados Unidos o en alguna callecita de París. La pertenencia y la extranjería son nociones poderosas y a menudo destructivas. Felizmente ambas ideas están en movimiento continuo, cuestionándose a sí mismas todo el tiempo, en gran medida gracias a los migrantes.

La familia es el marco del que parten Los afectos y El lugar del cuerpo. Cuando uno vive lejos, los recuerdos familiares ¿ayudan o perjudican al construirse una nueva vida?

Las familias pueden pensarse como artefactos complejos donde ponemos a prueba nuestros primeros amores y odios, nuestras primeras lealtades y traiciones. Queramos o no, con los mejores recuerdos pero también con los peores, siempre llevamos dentro la memoria de nuestra familia, una memoria que por lo demás está hecha de materia maleable. Con esto quiero decir que transformar el pasado es posible, y que todo el tiempo estamos contándonos historias nuevas sobre nosotros mismos. En Los afectos algunos de esos mecanismos son puestos en marcha. Los personajes tienen maneras diferentes de confrontar aquello que en algún momento más los unió, cada uno de ellos tiene un entendimiento distinto de lo que significa vivir o haber vivido en familia.

En la novela, ¿el padre de la familia Ertl sacrifica a su familia por encontrar la ciudad perdida? En general ¿merece la pena que uno se juegue lo que tiene para perseguir un sueño?

Hans, el padre, es un personaje fuerte, alguien dispuesto a todo para lograr lo que se ha propuesto, más allá de cuán imposible sea lograrlo. Hay algo trágico en ese tipo de temperamento, y la mayor de sus hijas, Monika, hereda mucho de él. En más de un modo, ésta es una novela sobre los vínculos y los afectos de una hija y un padre, sobre lo parecidos que son y sobre las consecuencias de la naturaleza inconformista y rebelde que comparten. Sucede un desencuentro generacional entre ellos, un desajuste de ideales, una lucha atroz entre lo ideológico y lo afectivo. El campo de batalla es la familia, pero también, a otra escala, la Bolivia de los cincuenta y sesenta.

Una de las hijas de Ertl entra en la guerrilla. ¿También persigue una quimera, como su padre con Patití? ¿Son dos luchas sin ninguna posibilidad de triunfo?

No creo que la novela ofrezca respuestas de ninguna clase, y yo mismo tampoco las tengo. Preguntas sí, a montones, al igual que la novela. Así que no me siento en condiciones de responder a esto, aunque sí me encantaría saber cómo reaccionarán quienes lean la novela, qué harán ellos con algunos de sus elementos.

¿Cómo fue el proceso creativo de Los afectos? ¿Tardó más en escribirla o en editarla?

Perder la frescura, atentar contra la intuición y los primeros impulsos, traicionar los ritmos de la escritura inicial, son los riesgos de corregir demasiado. Es difícil saber cuándo se le empieza a hacer más mal que bien a un texto. A partir de cierto momento uno pierde perspectiva y, a menudo, toma decisiones contraproducentes. En ese sentido, siempre ayudan las lecturas que hacen los amigos del manuscrito.

Antes de empezar a escribir investigué durante unos siete meses. Leí todo lo que pude sobre la familia y sobre la época, pero además vi pelis y revisé periódicos, más que nada buscando empaparme con algunas inquietudes que estaban en el aire. Luego escribí una primera versión de la novela en cuatro meses, y la revisé durante el año siguiente. En general todo sucedió más rápido que en otras ocasiones, como si los personajes me hubieran contagiado su vértigo y su envidiable costumbre de no pensarlo todo demasiado, de hacerlo nada más, cueste lo que cueste.

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