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SECRETOS PELIGROSOS

Basada en hechos reales –la trata de personas durante la guerra de  Bosnia–, es una de las películas más duras que se han visto en mucho tiempo

SECRETOS PELIGROSOS

SECRETOS PELIGROSOS Foto: todocine.imc

La Razón / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 15 de abril de 2012

Cuando una película se anuncia inspirada en “hechos reales” asoma de inmediato el riesgo de la sobredosis. Y con él afloran múltiples interrogantes éticos, ya que a menudo lo “real” se convierte en la socorrida coartada para sortear cualquier esfuerzo de reelaboración estética y narrativa, obligatoria en cualquier película, máxime si se trata de una de ficción. En los casos extremos —el listado de ejemplos a mano es por demás nutrido—, la remisión a lo real hace las veces de un paraguas —por aquello de abrir el paraguas antes que llueva— con el que se pretende bloquear de antemano cualquier reparo por la mera constatación fáctica de algo que efectivamente sucedió.

En varios tramos de Secretos peligrosos, la durísima ópera prima de la directora canadiense Larysa Kondracki, de lo más feroz que el cine haya abordado en buen tiempo, reaparecen esas dudas axiológicas, sin que alcancen a opacar la validez ni el nivel narrativo de una aproximación a cuestiones barridas bajo la alfombra de la diplomacia internacional de alto nivel.

La diplomacia internacional aparece en esta película como el rey del cuento, desnuda frente a un espejo en el cual se reflejan todas sus miserias, hipocresías y corrupción estructural. Así fue su actuación en un trance, que la película relata sin pelos en la lengua,  en el cual se requería que las grandes potencias dejaran de lado los cálculos y pusieran en práctica las declaraciones retóricas a propósito de principios y valores.  Los hechos tuvieron lugar a fines de los años 90 y fueron dados a la luz pública, sólo para ser silenciados de inmediato, por Kathryn Bolcovac, una exoficial de policía de Nebraska reclutada por la Organización de Naciones Unidas (ONU) para tareas de control policial en los suburbios de Sarajevo, en pleno conflicto de Bosnia.

Aquello que la oficial Bolcovac creyó que era una oportunidad para obtener en pocos meses el dinero que requería para viajar al encuentro de su hija, terminó convirtiéndose muy pronto en una pesadilla de ribetes inimaginables. Bolcovac comenzó a percatarse de la oscura trama de intereses que se movía detrás del negocio de la trata de personas y de la prostitución, en condiciones de esclavitud sexual a secas, a que se veían reducidas jóvenes de varios países fronterizos vendidas en algunos casos por sus propios parientes a mafias estrechamente relacionadas con los propios funcionarios de la ONU en presunta “misión de paz”. Ese espeluznante tráfico de mujeres era encubierto por la DynCorp  —“Democra” en la película— corporación encargada de terciarizar tareas de seguridad por encargo de la ONU.

Poco a poco, en medio de la tensa rutina de una vida fuera de todo cauce normal en esa suerte de tierra de nadie, Kathryn va tomando nota de indicios de irregularidades al por mayor entre sus compañeros y superiores. Su espanto está aparejado a un sentimiento de soledad e impotencia, que la empresa se encarga de remachar dando por anulado su contrato y forzándola a regresar a su país. Fue un desenlace, a pesar de todo, “afortunado” pues las cosas, la película no deja dudas al respecto, pudieron tener un final mucho peor.

El emprendimiento asumido por Kondracki no era sencillo. Estaba retada, por un lado, al abordaje de una historia que puede dar la impresión de ser una truculenta fantasía de guionista afiebrado y, por otro, a encontrar el tono preciso para que la trama de una protagonista enfrentada en solitario a todos los poderes confabulados no acabara pareciendo la enésima versión de la mujer maravilla.

La directora optó atinadamente por la sinceridad frontal, recurso que por sí mismo no garantiza nada en materia de resultados dramáticos, pero que aquí cuenta con la muy sólida labor de Racherl Weisz, en papel lleno de matices, a buen resguardo del estereotipo de la heroína marmórea. Atrapada en una maraña de dobleces y falsas apariencias, Kathryn vacila, entra en pánico, duda acerca de los “beneficios” que para las víctimas puedan tener sus acciones de buena fe.

Tales incertidumbres íntimas son transmitidas con una convicción que le confiere espesor humano a su personaje.

La estructura de la puesta, una morosa  crónica de suspenso exenta de sorpresivas vueltas de tuerca, es inobjetable. Visualmente está apoyada por una  gama cromática de colores “sucios” y altos contrastes, acordes a la sordidez —ambiental y humana— en la que la historia se sumerge hasta el fondo, volviendo de manera recurrente a las miradas vacías de esas mujeres sumidas en la desesperanza absoluta.

Los cuestionamientos al tratamiento asoman cuando en su afán por mantener siempre cautiva la complicidad del espectador, la directora incurre a momentos en los mismos excesos criticados: la saturación de escenas de tortura y otras brutalidades sobrepasa largamente la dosis requerida para crear la ominosa atmósfera que envuelve poco a poco a la azorada oficial. Por momentos alcanza el límite mismo de lo soportable, especialmente la escena de los vejámenes “ejemplarizadores” de los administradores del negocio contra una de las muchachas.

Entre los efectos directos de la película —valiente y efectiva no obstante las desmesuras anotadas—, estuvo la acción emprendida por la expresidenta chilena Michelle Bachelet, ahora a cargo de la agencia ONU Mujeres, abocada a trabajar por la igualdad de género en diversos ámbitos, quien propició varias exhibiciones privadas para los funcionarios del emblemático organismo internacional. Sólo que, una vez más, nada se supo de las reacciones y/o decisiones, guardadas nuevamente detrás de la fachada donde hace una década quedó escondida bajo siete llaves la denuncia de  Kathryn. Entretanto, Dynacorp sigue haciendo buenos “negocios” en Irán y en Afganistán, un millón y medio de mujeres son traficadas anualmente. La ONU sigue proclamándose guardiana de los derechos humanos. La trama continúa.

Ficha técnica

Título original: The Whistleblower.

Dirección: Larysa Kondracki.

Guión: Larysa Kondracki y Eilis Kirwan.

Fotografía: Kieran McGuigan.

Montaje: Julian Clarke.

Diseño: Caroline Foellmer. Arte: Vlad Vieru.  

Maquillaje: Gabi Cretan.

Efectos: Adrian Popescu y Noel Hooper.

Música: Mychael Danna.

Producción: Daniel Bekerman, Robert Bernacchi, Sergei Bespalov, Nicolas y Chartier.

Intérpretes: Rachel Weisz, Vanessa Redgrave, Monica Bellucci, David Strathairn, Nikolaj Lie Kaas, Roxana Condurache, Paula Schramm, Alexandru Potocean, William Hope y Rayisa Kondracki.  Canadá, Alemania /2010.

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