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Saavedra: Hombre e historia

Bautista Saavedra murió el 1 de marzo de 1939, un par de días después, en las páginas de La Calle, Céspedes trazó este agudo perfil del controvertido político y expresidente

La Razón (Edición Impresa) / Augusto Céspedes - (1904-1997)

00:00 / 08 de febrero de 2015

“Que el hombre, ahora, se estime en lo justo"

PASCAL.

Periodista que se aventura por la crónica de la historia contemporánea buscando personajes, hace algunos días con motivo de un comentario de La República proyecté en estas columnas la significación de Bautista Saavedra como autor y responsable de la verdadera corriente republicana en la revolución del 20, frente al paso reaccionario de la gran burguesía salamanquista.

“Rama bastarda del republicanismo” llamó Salamanca a la que, con Saavedra, ocupó el poder. Pero, como hay bastardías que realzan con mayor fidelidad los rasgos familiares —en este caso, los rasgos típicamente bolivianos— la rencorosa reacción “legitimista” malogró el designio histórico de Saavedra y de su gobierno, aislándolo y batiéndolo de modo tal que Saavedra aislado en su gobierno, ahora está también solo ante la historia.

No le respalda ninguna ideología revolucionaria, no le acompaña una tradición, no le sigue una generación. Queda él solo, con su gesto agresivo y su voluntad granítica de caudillo paceño. En ese dramático abandono, así solitario, vale “POR HOMBRE”.

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Saavedra, hombre de sencilla identificación, todo él estaba a la vista, sin presentar conflictos de mensura psicológica ni esconder abismos espirituales. Vida y vitalidad se equilibraron en un proceso lógico que solo halló obstáculos externos en la onda variable de los sucesos políticos que determinaron su esplendor o su ocaso. El drama de Saavedra se lo hicieron los acontecimientos, no él.

El doctor Saavedra era una certidumbre bravía, orgánica y mentalmente proyectada hacia afuera. Su figura física, su mole carnal, su gesto imperioso, la mirada provocadora y altanera de sus ojillos, el robusto abultamiento de sus músculos faciales, la pesada seguridad de sus movimientos con que en la marcha oscilaba lentamente los hombros en actitud de abrirse campo a los lados, todo su ser era el de un tipo humano de hombre de acción, cava figura se adecuaba como ninguna al gusto y a la pasión de las masas plebeyas que veían representada en ella su propia fuerza sin pérdida de estilo. El ademán de don Bautista Saavedra era el del caudillo que amartilla realidades plásticas. Paceño por excelencia se acendraron en él las calidades de su pueblo: objetivista, audaz, sintético, sin innecesarias metafísicas, y al igual que su figura, su vida destaca en primer plano su volumen político. La acción fue su imperativo y la política su mundo y su ámbito.

Pero el hombre no es un esquema que se pueda reproducir con tiralíneas. Había algo más: debajo de la piel mestiza una cultura tenazmente elaborada por la que la educación, el ambiente, las bibliotecas, las formas transferibles hicieron del hombre fuerte un doctor, más amplio pero menos puro, conjugando en su idiosincrasia un político que indujo a error al intelectual y un intelectual que frenó al político. Esta yuxtaposición de caudillo y profesor que enriqueció la personalidad de Saavedra, junto con ciertas circunstancias de la realidad económica de Bolivia, constituyen la clave del fracaso, más que de su ideal, de su poderío.

He dicho cultura y no ilustración o saber, porque cultura es vivencia según Max Scheler, y, en la lo que se refiere a la democracia, Saavedra por ella determinó no solo su mente sino su moral. Para algunos —especialmente para aquellos que desplazó en 1920 e hizo apalear hasta 1925— era nada más que un doctor inescrupuloso con barniz de enciclopedia altoperuana. Para mí —que también recibí algunos palos— fue un gran político, ambicioso y violento, enturbiado por la cultura pero, al mismo tiempo, civilizado por su mentalidad jurídica.

Esta suma, deplorable por una parte y satisfactoria por otra, provino de los claustros universitarios del siglo XIX en que se formó la mentalidad semiacadémica que ahora mismo domina en Bolivia. Ningún atisbo de interpretación materialista de la historia y solamente el círculo vicioso de teorías de reformismo democrático, las mismas que buscaba Salamanca en vano intento de hallar un centro de gravedad en medio de las oscilaciones y los fracasos crónicos del liberalismo, atribuyendo las oscilaciones al país y no al sistema.

Saavedra se apartó de Salamanca en 1920, biológicamente impulsado a emanciparse de esa tendencia ilusoria, pero no porque sentía el fenómeno económico —ya que su socialismo, ese sí, es fruto de ilustración y solo se exteriorizó en un programa de contemporizaciones 11 años después— sino más bien por su calidad representativa de valores auténticamente bolivianos frente al imperialismo cuyos mayordomos eran los plutócratas, petroleros, tableros y banqueros. “Saavedrismo” en 1920 no fue solamente personalismo improvisado alrededor del éxito, sino corriente caótica y sanguínea, con los defectos y virtudes del mestizaje instintivamente puesto frente a los Montes y Patiño Inc.

En el saavedrismo, no solo en su composición humana, sino en su espíritu se formó también un mestizaje entre su bolivianidad física, instintiva, y su doctrinarismo liberal. Por eso mismo, Saavedra, al no interpretar el contenido social de su revolución, la desmedró en revuelta, se contagió con los gérmenes supervivientes de la teoría individualista y se adjudicó una nomenclatura democrática, incurriendo, naturalmente, en las contradicciones indispensables.

De 1921 a 1925 el presidente en pugna con el catedrático. Los vicios de la “democracia en nuestra historia” reeditados por su autor. Pero ¿es verdad toda esa fábula? ¿No ha llegado el momento de afirmar que Saavedra con solo la ley escrita debía defenderse de una formidable plutocracia organizada que lanzaba universitarios por delante, conspiraba con militares, invadía los círculos políticos y financieros, manejaba toda la prensa del país y derrochaba el oro a manos llenas? ¿No impuso más bien el catedrático al caudillo una transacción en cuanto le obligó a esquivar la Constitución como un culpable en lugar de derribarla de un puntapié? ¿No habremos de advertir en la hora de la justicia póstuma —yo como escritor ya se la hice tiempo ha— que confabularon durante cinco años contra Saavedra todos los círculos vigentes en aquel tiempo: las clases adineradas, los señoritos, los militares, los partidos, los universitarios, los cadetes, los clubmen y hasta las señoras, obedeciendo indirectamente a esa empresa mercantil que ha hecho de Bolivia una factoría de cafres para uso del extranjero?

¡El caudillo, sin embargo, se sentía culpable! Poseía escrúpulos de abogado que viola la ley cuando atropellaba jocosas formas constitucionales, garantías de los oligarcas, derechos electorales de la clase privilegiada, aunque, vistas las cosas ahora, sus más grandes pecados los cometió, precisamente, en beneficio de esa clase, al reprimir violentamente dos movimientos indígenas y obreros.

De todo este tumulto de incertidumbres y contrastes, de ese batallar, de ese vivir sin gobernar, surge, sin embargo, una realidad más vasta, que es el hombre en sí mismo. El dio a su gobierno una particular fisonomía, con su persona, su energía, su lealtad y su fuerza. Del período saavedrista no se extrae, como símbolo, más que a Bautista Saavedra. Aunque un análisis hecho con reactivos de ideas revolucionarias nos revele en ese Gobierno errores administrativos y políticos en beneficio del capital financiero, del quinquenio brotan cuantos hechos poderosos e invariables el puño y el corazón de un caudillo.

Para la valorización del espíritu, el hombre es más que los principios. La acción a veces se condensa en hombres y no en ideas. Aquí casi nunca en hombres y jamás en ideas. Mas, Saavedra en la contemporaneidad suramericana, es portador de un destino semejante al de Leguía en el Perú e Yrigoyen en la Argentina. Son caudillos evidentemente nacionalistas, frente a categorías de intereses establecidos, a castas decadentes y extranjerizadas, y, a falta de una concepción científica de revolución económica, se realizan como hombres, como caudillos, como políticos criollos, representando efectivamente a la nación no por la doctrina, sino por la sangre.

Yrigoyen —leamos la biografía que publica Manuel Gálvez— no es un jefe con doctrina sistemática, no tiene programa concreto, no es un clasista, pero él es la Argentina viviente. Leguía, aunque su índole reaccionaria en el credo y progresista en la materia a costa de préstamos extranjeros le asimile al género común de dictadores suramericanos, se salva por no pertenecer a la oligarquía peruana y por combatirla hasta ser destruido por ella. Finalmente Saavedra que obra con mente liberal, es un insurgente en el concierto de intereses de la oligarquía financiera de Bolivia donde irrumpe como el primer caudillo propiamente boliviano en réplica al mercantilismo internacional de los millonarios.

Esto en el fondo. En la forma Saavedra solo se ocupó de defenderse. “No me dejan gobernar”, declaró ante la historia en 1924, y puesto a la defensiva, se estrelló contra las mimetizaciones de sus enemigos: la prensa, los estudiantes, los líderes parlamentarios, entretanto que, por su falta de ciencia revolucionaria, dejó que prosperase el armamentismo de las derechas que, paradójicamente, es a su sombra cuando ensancharon su poderío económico.

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La coincidencia de las revoluciones reaccionarias de 1930 no es solamente una coincidencia temporal, sino de tendencia. Es la reacción del capitalismo financiero que derrumba a los caudillos nativos empleando contra ellos los fusiles de la democracia, pero cargándolos no con plomo sino con oro. Saavedra no cae con Leguía ni con Yrigoyen ese año, porque al introducir en su gestión un accidente que fue Siles interrumpió la lógica de su destino. Esos cinco años se los defraudó Siles, puesto que la mecánica justa del proceso histórico del saavedrismo se cumplió el 30, cuando la revolución contra Siles realmente se produjo para liquidar la revolución de 1920, o sea, liquidar todas aquellas fuerzas que al impulso de Saavedra ocuparon el poder “usurpado” a las derechas.

Allí estuvo el error radical del caudillo, inducido por el intelectual demócrata: en el préstamo de 1925 a Siles, préstamo que Siles dilapidó. Saavedra, al hacerlo, introdujo un accidente histórico en su proceso constructivo, permitió el aventamiento de una acción en plena siembra. Las causas que le indujeron a entregar el Gobierno son manifiestas. La confabulación reaccionaria le estrechaba hasta quitarle el resuello, pero, aunque así fuese, si Saavedra no hubiera obedecido a prejuicios democráticos, si hubiese sido un caudillo antropoide, pudo haber fundado su continuidad en ríos de sangre. Se determinó a hacer el simulacro de la alternabilidad (aunque en realidad simulacro se lo hizo el otro) y así interrumpió, fracturó, segó su destino de condottiero. Cinco años más y la obra de Saavedra era inmensa porque, después de todo, es el tiempo para el político como la paciencia para el genio.

Don Bautista capituló prematuramente. El gran lector de Pascal, ¿no leyó este pensamiento digno de Nietzsche: “La fuerza es la reina del mundo y no la opinión”? ¿Por qué renunció a la fuerza ante la opinión de los mercaderes?

Acaso porque su alma jurídica e intelectual no concebía sino el derecho, porque la vaga ideología democrática llega a veces a hacerse tan carnal que mata el ímpetu de dominio y aplasta al hombre cuando éste no tiene otros principios en qué apoyarse. Saavedra en 1925 suicidó al saavedrismo en homenaje a la democracia.

Los que aún creen en la farsa democrática, rindan culto al gesto de este hombre de acción, de este voluntarioso que con sus propias manos hizo entrega de su destino a un sucesor incoloro y maleable. ¿Quién perdió? ¿Bolivia o Saavedra?

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Desde entonces Saavedra aguardaba. A partir de 1930 la leyenda de temibilidad elaborada alrededor del caudillo le hacía atractivo para unos y peligroso para otros, para los que organizados cuidadosamente no permitirán otra insurgencia como la del 20. El caudillo no envejecía, predominaba, amenazaba con su sola presencia y acaso habríase otra vez restaurado si otro accidente, esta vez sísmico, la guerra, no rompiese los ejes habituales en que giraban famas y prepotencias para elevar nuevas figuras inesperadas.

Saavedra, perdida la estabilidad, con el fuerte puño inactivo, caldeado de potencias, brusco e incansable como la marcha del indio aymara, duro como el tiempo perdido, sentía su obra absurdamente truncada por una maniobra lejana que se incubó en un bufete de tinterillos. Imperativo de sangre y de honor, reivindicación para él y para la patria, demandaba su fe de gobernante. Miraba el tránsito de las figuras, unas serias y otras grotescas, que transcurrían en el Palacio Quemado que abandonara por la democracia. Y esperaba, agazapado en una biblioteca, el día de retorno, hasta ayer.Para el final de este político que tuvo la justa ambición del mando porque nación para mandar, hoy una frase de Barthou escrita en el epílogo de su libro: “No existe la retirada para el político. No hay límite de edad para su abnegación. El político espera siempre”.

Bautista Saavedra esperó siempre, confiado en su fuerza, aunque delante de él viese que nuevas juventudes en marcha ya le habían ganado el camino.(El presente artículo forma parte del primero de tres volúmenes que reúnen la obra periodística de Augusto Céspedes. La compilación, a cargo de  Iván Mollinedo Lobatón ([email protected]), comprende artículos aparecidos en los periódicos El Universal, La Calle, Hoy y Ultima Hora, ninguno de los cuales está vigente.)

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