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Samuel Beckett sigue en pie

Se cumplen 25 años de la muerte de una voz singular del teatro y la novela del siglo XX

Beckett • Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1969.  Foto: random.com

Beckett • Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1969. Foto: random.com

La Razón (Edición Impresa) / Marco Ordóñez - crítico teatral

00:00 / 28 de diciembre de 2014

Mi admiración por Samuel Beckett, de cuya muerte el 22 de diciembre se cumplieron 25 años, crece a cada nueva zambullida en su mundo. Vuelvo a leerle y pienso en un gran pájaro, con alas de albatros y pico de quebrantahuesos, sobrevolando todos los tópicos vertidos sobre su obra. ¿Beckett, nihilista? Se ha dicho demasiadas veces y sigo sin creerlo. Pienso más bien en un Beckett realista, un Beckett combativo, un Beckett optimista. Siempre me llamó la atención una frase suya, escrita durante la Ocupación: “Prefiero vivir en una Francia en lucha que en la Irlanda neutral”. Beckett combativo: pocos saben que militó en la Resistencia, por cuyas acciones (a las que quitaba importancia, calificándolas de “cosas de boy scout”) obtuvo la Cruz de Guerra. El gran misántropo era también, al decir de quienes le conocieron, un hombre “infinitamente amable y bondadoso”.

Beckett realista: “Las mujeres dan a luz a caballo de una tumba, el día resplandece un instante y en seguida vuelve la noche”, dice Pozzo. Beckett optimista: “Winnie no se suicida y puede hacerlo”, decía Giorgio Strehler cuando dirigió Días felices. “En el primer acto tiene una pistola en la mano, pero nadie se ha suicidado nunca en una obra de Beckett”. Esperando a Godot hace pensar en un grupo de cómicos obligados a representar una obra, sin saber por qué, en un viejo teatro abandonado. Fin de partida evoca las figuras de dos reyes que han quedado solos, en el centro del tablero, y optan por seguir realizando pequeños movimientos.

En la nada más absoluta siempre queda algo, “algo que sigue abriéndose camino hacia alguna parte”, llámese carcoma, palabra o narración. Hay en sus protagonistas una tendencia natural hacia la narración, hacia el humor verbal y fantasioso, y sobre todo hacia la impavidez estoica de quien conoce las verdades de la vida y su alternancia de horror y belleza. Pese a todo, parece decirnos Beckett, siempre puede surgir un inesperado rebrote en el árbol seco: debemos seguir moviéndonos aunque no vayamos a ninguna parte, debemos seguir jugando aunque todos hayan mostrado ya sus cartas. No veo absurdo en Beckett. Nos habla de necesidades esenciales: comer, dormir, buscar compañía, buscar la manera de pasar la noche.

“Llegará un día”, dice Winnie en Días felices, “en el que tendré que aprender a hablar sola”. Premonitorias palabras, porque en sus últimos años Beckett escribe monólogos cada vez más breves, más despojados y más amargos (Not I, That Time, A piece of monologue, Rockaby) siempre girando en torno a los mismos temas: soledad, vacío, locura, pérdida, muerte, memoria rota, peso del pasado. Es un Beckett que ya ha recibido el Nobel (cuyo dinero rechazó), al que todos consideran un clásico incontestable, pero que sigue escribiendo, “moviéndose en alguna dirección” como cualquiera de sus personajes, para no quedarse quieto, inmóvil en el pedestal.

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