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La fiesta patronal de San Juan, mecanismo de encubrimiento de la ritualidad andina

Milton Eyzaguirre, jefe de la Unidad de Extensión del Museo de Etnografía y Folklore, expone las tradiciones de la festividad.

La fiesta de San Juan en el pasado.

La fiesta de San Juan en el pasado. Foto: Ángel Illanes-archivo

La Razón (Edición Impresa) / Milton Eyzaguirre Morales - magister en antropología

15:34 / 26 de junio de 2019

Muchos recuerdos marcaron mi infancia con relación al tema de San Juan. El referente festivo —del mes de junio y que no era feriado, aunque muchos lo anhelaban— constituía un momento de quiebre, la presencia del fuego era un articulador y marcador social bastante poderoso porque permitía la interrelación entre los vecinos, amigos e inclusive extraños, porque al amparo de las fogatas se solían organizar reuniones con música y bebida; y la fiesta familiar, que se organizaba con el fuego por delante de cada casa, como en las sayañas en el área rural, podría volverse en una celebración mayor. En ese tiempo la relación de encubrimiento de una fecha sobre otra ni siquiera era percibida.

La fiesta de San Juan se ubica en el periodo denominado juyphi pacha (tiempo de helada), cuyo inicio se marca por una festividad importante en la región andina que es la Fiesta de la Cruz, el 3 de mayo, siendo visible la chakana (cruz andina) en el hemisferio sur, cuando en toda esta zona el polo sur se inclina y tiende a alejarse del sol, aspecto que señala el ingreso a este tiempo, cuando se dan las últimas cosechas, el campo tiende a cambiar del verdor al amarillo y comienza la tarea de deshidratar la papa para obtener el chuño y la tunta.

Este periodo permite realizar los trabajos de la trilla, para sacar la cáscara del trigo con caballos o inclusive con los niños. Es el tiempo para dedicarse a los animales, en especial a los rebaños. En varias regiones se realiza el colocado de las ch’ikulla o marca individual, se escogen a los animales que serán illas (“amuletos”) que multiplicarán el hato ganadero. Para esta ocasión se entierran las conopas, que son unos vasos challadores en forma de animal, en el centro del corral donde descansan para propiciar su reproducción. En el pasado se solían realizar animales en miniatura con harina de quinua (kispiña) y se colocaban en pequeños platos como si fuera su corral, actividad que actualmente solo se realiza para el Día de Difuntos (noviembre).

Pero, ¿qué tiene que ver toda esta actividad con el uso del fuego, tan común en el pasado en las regiones urbanas y rurales para esta época?

En la víspera de San Juan se preparan en varias regiones cúmulos de paja (hichu) y restos secos de plantas cosechadas, cada montón para los vacunos, cerdos, ovejas, cuis y gallinas, los cuales se encienden y son ch’allados con alcohol a modo de alimentar a las illas de estos animales para que no les falte pasto. Esto no queda simplemente en el espacio cercano de la casa, sino que también en los lugares de cultivo ya cosechados se enciende fuego bajo esta misma lógica: generar mejores pastos. Se da mayor atención a la hoguera de los vacunos por su relación cercana con el cultivo agrícola, que sirve para la siembra. Aunque esto es variable, dependiendo del lugar, la festividad para las ovejas es en San Juan, para el ganado vacuno en Trinidad y las alpacas en San Andrés, siendo el calendario ganadero bastante amplio.

La connotación importante para el uso del fuego es que la tierra se encuentra fría; desnuda, ya que no tiene cultivos y está adormecida por la helada, razones suficientes para brindarle calor. Simbólicamente se le pretende devolver el ardor, ya que lo frío se asocia con la esterilidad y la Pachamama debe ser cálida y fértil.

Este concepto es recurrente en la vida social en el área rural, ya que cuando se atiende los partos debe ser en el lugar más caliente del hogar, la cocina, totalmente diferente a la percepción de la biomedicina, que condena en la actualidad a las parturientas a salas frías de hospitales y clínicas.

En otros lugares se suele colocar las fogatas en pequeñas construcciones improvisadas hechas de piedra, las cuales deben recibir la atención necesaria durante toda la noche y la madrugada, hasta la llegada del sol. En otros se suele quemar la paja en las faldas de los cerros y en los corrales “para abrigar a los animales”.

Esta fecha también fue utilizada para quemar ropa vieja o muñecas hechas de este insumo para alejar la mala suerte. También era parte de la renovación, es decir cerrar un ciclo y comenzar otro, o esperar que en el futuro no te falte ropa, aspecto que fue reiterativo en las actividades de San Juan en los años pasados en los espacios urbanos.

Este ritual marcaba implícitamente un periodo de paso y renovación, este proceso culminaba con el uso de agua, el mismo día del Santo cuando se echaba agua en la nuca o empapaba a jóvenes y adultos, algo así como cumpliendo el atributo principal San Juan Bautista; se decía que era como el Carnaval, era el paso del periodo seco (fuego) al periodo venidero de las lluvias (agua).

Hasta hace unos 30 años atrás, a partir de las 18.00 aproximadamente, las laderas con pajonales en torno a la ciudad de La Paz eran devoradas por el fuego, complementadas con la infinidad de puntos luminosos en los lugares habitados, fogatas en todas las direcciones que solían permanecer hasta la madrugada, calles de fuego donde los vecinos salían a socializar, calles de tierra o piedra. Las llamas eran atizadas con todo tipo de combustible, principalmente leños secos, pero el entusiasmo podía provocar que se añadan sillas, mesas, ropa vieja, libros y cuadernos (bajo la lógica de que esto te convertiría en más estudioso), actividad que se condenó cuando se comenzó a quemar llantas.

En algunos ámbitos además del uso de fuegos artificiales, era común el consumo del “té con té”, bebida sencilla en base a agua, azúcar y té que se calentaba en calderas de metal, en la misma fogata y posteriormente se agregaba el singani. Este era un buen mecanismo de socialización entre los vecinos de una misma cuadra.

Cuando el fuego dejaba la leña en carbón incandescente era el momento propicio para colocar papa con cáscara, que en la madrugada se sacaba y consumía, y cuyo sabor era muy agradable y conocido como watia.

En algunas regiones se solía saltar en la fogata para ver si te iba a ir bien en el futuro. En los territorios del oriente boliviano como San José, Santa Ana y San Rafael de Chiquitos, entre otros, se solía colocar el carbón al rojo vivo como una especie de alfombra y algunas personas que se animaban cruzaban de un lado a otro con los pies desnudos. Se decía que si pasabas por este lugar y no te salían ampollas, tu futuro iba a ser favorable.

Otra actividad tradicional de San Juan —y que todavía permanece aunque es muy poco visible— era leer la suerte, que podría ser en pedazos de estaño derretidos en sartenes y luego colocados con un cucharón en otro recipiente metálico lleno de agua, el contacto de los dos líquidos provoca la formación de figuras variadas, algo así como las llallagua (illas), donde el yatiri comienza a describir tu futuro. También se usa la clara de huevo en la cerveza: si la espuma desborda el vaso te irá bien; si no el año venidero será negativo. Era común también utilizar pajaritos amaestrados que, después de escoger una hoja entre cientos de papelitos de un pequeño cajón ubicado por debajo de su jaula, entregaban la suerte escrita del feligrés a su amaestrador. Otra forma de leer la suerte tenía que ver con la papa, tres unidades eran colocadas en un recipiente, una pelada, otra a medio pelar y la tercera sin pelar, luego sin mirar el interesado debería sacar una sola, si sacaba la papa con cáscara el año sería propicio, siendo la otra totalmente pelada, negativa;  también se usa para este menester el cigarro, el café con leche u otras para la lectura del futuro.

Se considera a esta fecha como el día más frío del año, aunque esta percepción está más relacionada con el 21 de junio que es el momento en que el hemisferio sur se aleja más de la tierra, y por eso se celebraba el solsticio de invierno, denominado como el Inti Raymi, cuando los niños y los animales lloraban para evitar que el sol se aleje más y por esta razón se hacía una serie de rituales.

El proceso de conquista provocó la imposición hábilmente pensada de fiestas católicas sobre las festividades andinas, tal el caso de San Juan (24 de Junio) sobre el solsticio de invierno (21 de junio) o Navidad (25 de diciembre) sobre el solsticio de primavera (21 de diciembre), que recuerdan la lógica de estructuración de la cosmovisión y filosofía andina, pensar en dos mitades el año con sus festividades recurrentes.

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