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Santa Clara

La segunda cinta de Pedro Antonio Gutiérrez marca un salto cualitativo en su producción desde ‘Bárbara’

Imágenes del film 'Santa Clara'

Imágenes del film 'Santa Clara'

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico

00:00 / 15 de enero de 2020

Uno de los mayores dilemas para los cineastas bolivianos sigue siendo apostar en primer lugar al público local, poniendo el acento en asuntos y estilos que tengan relación con el entorno, o, por el contrario —buscando recuperar lo invertido, cosa casi imposible con la sola exhibición en el medio—, optar por historias y narrativas eventualmente atractivas para las plateas de otras latitudes. Esto último entraña a su vez el riesgo del mimetismo y de la inevitable comparación respecto a realizaciones similares producidas en países donde la industria cinematográfica se encuentra consolidada, cosa que todavía estamos muy lejos de alcanzar puesto que aquí, no obstante la ampliación de oportunidades de encontrar financiamiento en los últimos años merced a programas como el de Intervenciones Urbanas, el Focuart, promovido por la administración municipal paceña,  y el propio Fondo de Fomento Cinematográfico administrado por ADECINE, aquí decía, en buena medida todavía hacer películas es una aventura de incierto pronóstico o, más bien, encarada a la casi certeza de estar apostando a una carta perdida de antemano.

Para su segundo largometraje el director beniano Pedro Antonio Gutiérrez, afincado en Santa Cruz, optó por la última de las opciones mencionadas, apegándose en buena medida a los cánones narrativos del western, lo cual en principio podría ser considerado una decisión discutible conociendo que se trata del género norteamericano por excelencia, nutriente de su mitología fundacional, a menudo incurso en la falsificación de aquel impulso de conquista de su territorio, tal cual sucede inevitablemente cuando la historia es narrada por los conquistadores con reducido margen para la visión de los conquistados.

No obstante es indudable también que en los tiempos que corren resulta muy difícil seguir atribuyendo un carácter local a cualquiera de los géneros cinematográficos. Máxime sabiendo que la expansión del cine estadounidense al mundo entero, en el modo de la industria hegemónica gracias a la cual la cultura de la potencia del norte ha conseguido apoderarse de las carteleras, y de las taquillas, de buena parte del globo para acomodar los gustos y las preferencias de los públicos a sus productos, ha terminado por desdibujar en gran medida las raíces de su cosmovisión.

Apreciadas las falencias de todo orden en Bárbara (2017), la opera prima de Gutiérrez, la verdad personalmente no me hacía muchas ilusiones respecto a lo que Santa Clara pudiera ofrecer. Es justo por tanto apuntar sin mayor demora que no son pocas las sorpresas que la película entrega, al punto que no sería, en modo alguno, desmedido incluirla entre los mayores logros, escasos por cierto, de la veintena de títulos nacionales estrenados en el año que acaba de marcharse. Y eso más allá de las, siempre riesgosas, comparaciones con el emprendimiento previo del realizador.

Santiago Moreno, ahora un cuarentón especialista en el arreo de ganado, sobrevive asediado por el recuerdo del asesinato de su padre y el incendio provocado en su casa, del cual consiguió salvarse a duras penas gracias a otro niño, un poco mayor, que le ayudó más de tres décadas atrás, a escapar de la exterminación de su familia por una presunta disputa entre dos familias de hacendados benianos, los Moreno y los Salazar. El relato elude los pormenores, innecesarios, del conflicto, limitándose a mostrar en una secuencia trabajada casi exclusivamente con imágenes, suficientemente elocuentes para dejar establecido su nudo temático, pasando enseguida a los detalles de un encargo que le llevará a regresar al lugar de los hechos y, tal vez, a cobrarse la deseada venganza contra quienes lo obligaron desde entonces a una vida como perseguido —se le atribuyen antecedentes de asesinatos y otras tropelías— y a modo de reparación de las propias huellas instaladas en su memoria por aquel traumático episodio.

La eventual oportunidad del ansiado ajuste de cuentas asoma cuando Santiago recibe la oferta de encargarse del arreo de 2.000 reses a través de varios cientos de kilómetros. Espoleado por sus apreturas económicas decide aceptar la difícil encomienda, sabiendo que el recorrido estará plagado de peligros, incluyendo el retorno al lugar de la tragedia  para atravesar por los linderos de los  Salazar. En ese punto, empero, el temor juega una pulseta con el ánimo vengativo macerado durante tantos años.

Santa Clara, ambientada en los 60 del siglo pasado, se beneficia de la óptima fotografía del brasileño André Brandão, del ajustado montaje a cargo de Juan Pablo Richter, y de la medida, pero en todo momento pertinente, banda sonora de Fran Villalba, tres contribuciones decisivas a la construcción de una atmósfera compacta que va densificando progresivamente la narración sin perder el paso.

El bien dosificado recurso al dron, casi exento de regodeos superfluos, resulta ser la manera más pertinente de abarcar visualmente la vastedad de esos territorios, en buena medida vírgenes aún, convirtiendo el paisaje en un protagonista más de la historia en acomodo a las lecciones de Ford, y otros maestros de la filmografía clásica de las películas del oeste en cuyas obras, ajenas a cualquier tentación decorativa, el entorno adquiere un peso dramático esencial, redimensionando la verdadera estatura de los protagonistas humanos en contraste con la de los escenarios naturales sobre los cuales se ufanan de poseer un dominio absoluto. La idea quedó cabalmente resumida en la exclamación de Derzu Uzala, personaje central de la película homónima de Kurosawa —otro maestro en el manejo de esa relación—: “Qué insignificantes somos ante la naturaleza”.

Para el caso, como a menudo ocurre con las historias del género referido, tal redimensionamiento connota no solo el tamaño humano en el aspecto físico, asimismo, abre un gran signo de interrogación concerniente al sentido y al valor de los afanes y a la obstinación vindicativa de Santiago. Lo cual por lo demás quedará patentizado cuando finalmente, en una impensada conversación con su coetáneo Diego Salazar, hijo del autor intelectual de la agresión cometida años atrás, queden develados los entretelones de ese momento y de varios acontecimientos posteriores.

Esa escena, marcadamente proclive a la sobrecarga dramática, está por el contrario manejada con la misma agradecible contención en los diálogos que se advierte a lo largo del relato, dando cuenta del bien trabajado, por el propio director, guion a partir de la claridad acerca de lo que se desea narrar y cómo hacerlo. Es este otro de los aciertos que enriquecen Santa Clara.

En la misma dirección, la figura de Pablo Temo, el amenazante antagonista de Santiago, contribuye de igual manera a densificar el drama, sin recurrir a opinables salidas de tono. Temo es un sinuoso policía (muy creíblemente personificado por Jorge Arturo Lora), único responsable identificable de administrar justicia en esos territorios donde la ausencia del Estado deja en manos de quienes poseen fácticamente el poder el rumbo de los acontecimientos.

La de Lora no es la única interpretación merecedora de subrayarse puesto que en general el elenco asume con parecida eficacia los roles asignados, pero es asimismo justo reconocer la composición trabajada por Cristian Mercado del personaje central, ratificando virtudes exhibidas en varios otros papeles protagónicos para la pantalla.

Extremando el rigor son observables unas cuantas tomas reiterativas, descartables por ende y la mirada condescendiente, con fuerte tufo a misoginia, reservada a todas las personajes femeninas. Respecto a esto último podría argüirse que tal era uno de los rasgos notorios del western, lo mismo que del entorno social de la historia narrada. La tarea del creador no se reduce empero a ilustrar pasivamente lo mostrado, hay modos para establecer una siempre saludable distancia crítica y si en tiempos de John Wayne semejante referida esquematización resultaba opinable ni se diga hoy.

Más allá, empero, de esos matices, en definitiva el segundo largo de Gutiérrez representa un enorme salto adelante en su corta filmografía, dejando abierto, ahora sí, el crédito para un director que, de perseverar en el intento, estará obligado de aquí en más a probar que esta no se trata de una diana ocasional.

FICHA TÉCNICA

Título Original: Santa Clara

- Dirección: Pedro Antonio Gutiérrez

– Guion: Pedro Antonio Gutiérrez

– Asistente de Dirección:  Mónica Cortés

- Fotografía: André Brandão

- Montaje: Juan Pablo Richter

- Arte: Miguel Manchego

- Música: Fran Villalba

– Sonido: Gonzalo Quintana

– Maquillaje: Gustavo Díaz

-  Vestuario: Regina Calvo

– Producción: Gerardo Guerra,

Pedro Antonio Gutiérrez, Alejandro Suárez

– Efectos: Francisco E. Landívar,

Ismael Cabrera,  Fernando Lupo Rico, 

Sergio Camacho Flores

- Intérpretes: Cristian Mercado,

Jorge Arturo Lora,  Hugo Francisquini,

Silvana Continanza, Carlos Arturo Lora,

José Chuvé, Carlos Ureña,  Ismael Suárez,

Malena Arauz Queirolo, Catherine Villaroel,

Manglio Agreda,  Antonio Almaquio

- BOLIVIA/2019

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