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‘Seguiré leyendo mientras me quede un soplo de vida’ - HAROLD BLOOM

Acaba de publicar ‘La angustia de las influencias’, el canto del cisne del crítico más influyente de la actualidad

BLOOM. A sus 82 años sigue enseñando en Yale.

BLOOM. A sus 82 años sigue enseñando en Yale. Foto: El País

El País / Eduardo Lago

00:00 / 05 de febrero de 2012

Luz de agosto, la misma que hace 11 años, cuando lo entrevisté por primera vez, en verano de 2000. La casa, el jardín, las ventanas selladas, todo tiene el mismo aspecto. Entonces, Harold Bloom era un hombre de 70 años, pletórico de energía, con bastantes kilos de más. Hoy me recibe un anciano enflaquecido que se apoya fatigosamente en un grueso bastón negro. Todo en la casa sirve de soporte a torres de libros, que se amontonan en los sofás, las sillas, los alféizares de las ventanas, en el suelo. Bloom dice haber superado ciertos problemas de salud, que califica de catástrofes. Constantemente bebe agua de una especie de biberón de plástico que recuerda la retorta de un alquimista. Es el crítico literario más importante de nuestro tiempo, por ser el único que ha sabido hacer llegar su portentosa sabiduría al lector normal, sin renunciar un ápice a la exigencia de calidad que es el distintivo de la gran literatura.

Autor de más de 40 obras e innumerables estudios y artículos, Harold Bloom (Nueva York, 1930), que ocupa la Cátedra Sterling de Literatura de la Universidad de Yale desde hace más de medio siglo, acaba de añadir a su importante nómina de publicaciones un nuevo título: La anatomía de la influencia. En él vuelve sobre su más importante aportación al campo de los estudios literarios, el concepto de influencia. Se trata de una noción de considerable complejidad técnica, que Harold Bloom convierte aquí en el eje de un recorrido apasionante por las lecturas en que ha invertido toda su vida o, para decirlo parafraseando el título de su obra más emblemática, El canon occidental, un paseo por las mejores obras literarias de la historia. Simplificándolo al máximo, la influencia poética es un mecanismo que explica el proceso histórico de creación literaria, que Bloom caracteriza como una batalla formidable que los grandes creadores literarios de cada era se ven obligados a entablar con sus precursores, a fin de liberarse de la agónica influencia que ejercen sobre ellos los gigantes que los antecedieron. Alejándose del tecnicismo inherente a tan complejo proceso, Bloom desplaza el énfasis del libro a un terreno más humano y accesible, acercándolo a la realidad del día a día, como subraya el subtítulo que ha elegido para su obra: La literatura como forma de vida.

— La anatomía de la influencia es mi summa literaria, mi legado como crítico. El testimonio final de una vida dedicada a los libros. El verdadero asunto es la pasión por la literatura. Para mí, leer es la única manera de dar sentido a la vida. En el libro tiendo un puente a los millones de lectores auténticos de todo el mundo, lectores anónimos que contra viento y marea, pese a que corren tiempos terribles para la verdadera literatura, se niegan a renunciar a ella.

— ¿Es su canto del cisne?

— En el sentido de que seguramente ya no tendré ocasión de escribir ninguna obra de la misma envergadura.

En lugar de hacer preguntas, sugiero leer en voz alta breves fragmentos, invitándole a iluminarlos con sus comentarios. Bloom acepta. “Gertrude Stein observó en una ocasión”, leo, “que uno escribe para sí mismo y para los desconocidos, lo cual yo traduzco como hablar conmigo mismo, que es lo que nos enseña a hacer la gran poesía, y hablar con los lectores disidentes, aquellos que buscan instintivamente en solitario la literatura de calidad, desdeñando a los devoradores de J. K. Rowling y Stephen King, que llevan a sus seguidores al suicidio intelectual, haciendo que se despeñen en el océano gris de internet”.

“Hoy día se ha producido un abandono de toda exigencia estética y cognitiva que son las señas de identidad de la gran literatura. La literatura imaginativa, tal y como la cultivaban Shakespeare, Cervantes, Dante y Montaigne, ha cedido ante la basura abominable de best sellers como los que acaba de citar y cualesquiera sean sus equivalentes en España y el resto de los países del mundo. ¿Qué se puede hacer ante una situación así? Llevo años luchando contra ello, pero sé que es una batalla perdida”.

Leo la siguiente frase: “Todos tememos la soledad, la locura y la muerte. Whitman, Leopardi o Hart Crane no nos curarán de esos espantos y, sin embargo, esos poetas nos traen el fuego y la luz”.

“Comentar eso es decir por qué leemos, por qué vivimos. Supongo que lo esencial es la alusión al fuego y la luz, manifestaciones elementales de la fuerza vital. En realidad, todo se reduce a la emoción y al deseo, a la palabra, el dabar de la Biblia hebrea, el logos de los griegos, o dicho de otro modo, el amor por cuanto vive”. Dentro de unos días regresa a la universidad, a impartir clases. La enseñanza, junto con la lectura y la escritura crítica, son sus grandes pasiones: “Será mi 56º año consecutivo como profesor de Yale. Si algo tengo claro es que jamás voy a retirarme. Jamás dejaré de enseñar ni de escribir”.

Bloom comenta que en estos momentos está escribiendo tres libros: un estudio de cinco figuras clave de la literatura norteamericana, un novelista y cuatro poetas (Herman Melville, Emily Dickinson, Wallace Stevens, Walt Whitman y Hart Crane). “Los otros dos libros se apartan radicalmente de lo que he hecho siempre: de una parte, unas memorias literarias que espero concluir antes de morir y, más novedoso aún en alguien como yo, una obra de teatro sobre Walt Whitman”.

—¿Se sabe de memoria mucha poesía? ¿Le gusta recitarla?

—Toda, toda la poesía que hay bajo el sol. Esta mañana me desperté recitando la estrofa final del Diálogo entre el yo y el alma, de William Butler Yeats: “Me contenta seguir hasta su fuente / todo evento en acción o pensamiento. / ¡Medirlo todo; perdonármelo todo! / Cuando así me libero del arrepentimiento / fluye tanta dulzura en nuestro pecho / que debemos reír y debemos cantar, / pues todo nos bendice, y es bendecido también / todo cuanto miramos”. Bloom acerca a la boca el biberón de agua. El gesto trasluce la extraña cercanía entre la ancianidad y la infancia.

—¿Recuerda a Harold Bloom cuando era un niño de 5 ó 6 años?

—Lo recuerdo muy bien. Era un niño muy solitario, el menor de cinco hermanos, tres niñas y dos niños. Me refugiaba en un rincón del piso, en el Bronx, y me pasaba el día leyendo.

—¿Puede evocar algunas de las lecturas más importantes de aquellos años?

—Ingentes cantidades de poesía, en yiddish, y luego, cuando aprendí a leer inglés por mi cuenta, con 6 años, traducciones de las sagas nórdicas. Pero quizás el libro que más me afectó fue Moby Dick, con 11 años. Me hizo experimentar una angustia y un horror metafísicos que sólo había sentido con Shakespeare.

Es conocido su empeño por hacer ejercicio durante las entrevistas. En este caso, se limita a subir y bajar las escaleras de madera que dan al jardín trasero de la casa. “Pregunte lo que quiera”, dice. Aprovecho la ocasión para pedirle que se pronuncie sobre la gran novela norteamericana de nuestro tiempo. “Los grandes novelistas americanos vivos”, responde con resolución, “son Philip Roth, Don DeLillo, Cormac McCarthy y el misterioso Thomas Pynchon, probablemente el mejor de todos ellos”.

Tras decir esto, Harold Bloom da por terminada la entrevista, manifestando encontrarse muy cansado, y nos acompaña hasta la puerta. Inopinadamente, el fotógrafo le espeta: “Profesor Bloom, ¿le viene a la memoria un retrato memorable de un rostro hecho con palabras?”. El espejo de mano, de Edgar Allan Poe, un texto terrible”, responde.

Al llegar a Nueva York, busco el poema, que es, en efecto pavoroso, sólo que no lo escribió Poe, sino Walt Whitman, y consiste en una descripción escalofriante del cuerpo repugnante de un anciano. El desliz revela qué es lo que Bloom ve al asomarse al espejo: la muerte misma, que él mantiene a raya azogue en mano. Unos minutos antes, en el curso de la conversación, evocaba un verso de su amigo Mark Strand que dice: “El espejo no es nada sin ti”.

Harold Bloom cierra la puerta tras de sí, dejándonos con la sensación de que al irnos no se queda solo en la casa. Lo acompañan voces, ecos, versos y frases que necesita recitar: “Decía Valéry que los poemas no se acaban, sino que se abandonan. Tampoco es posible escaparse del laberinto de la influencia. Una vez que se llega a su centro, eres tú quien empieza a ser leído con más fuerza de la que te ha sido conferida para adentrarte en la imaginación de otros. El laberinto es la vida misma. No puedo poner punto final a este libro, porque tengo intención de seguir leyendo mientras me quede un soplo de vida”.

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