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Shakespeare & Company

La Razón / Carlos Antonio Carrasco - escritor

00:00 / 05 de mayo de 2013

Fue algunos meses antes de la revuelta estudiantil de 1968, cuando peregrinando por el Barrio Latino de París en busca de un hotel bueno, bonito y barato tropecé con un letrero que me llamó la atención por su originalidad y por la dispersión de libros en las aceras circundantes. No era el típico librero bouquiniste de las orillas del Sena, ni una librería con las tradicionales estanterías, etiquetas con precio y ofertas de promociones varias. Parecía más bien la guarida de un anticuario mal acomodado.

Sin embargo, al ingresar a esa casona frente a Notre Dame entré en un mundo que sólo en sueños puede concebirse. Un antiguo monasterio había sido adaptado en lo que Henri Miller llamó “el país de las maravillas de los libros”. Tres pisos unidos por estrechas escaleras almacenan miles de obras vetustas, muchas modernas, unas usadas, otras recién impresas, aunque mayormente en lengua inglesa. En una maravillosa anarquía se juntaba el retrato de una biblioteca desordenada con una librería universal por sus temas, sus autores y sus formas.

Fueron tiempos en que los hippies abundaban encubiertos por sus melenas junto a sus alpargatas destripadas, dejando a su paso —simultáneamente— la agradable fragancia de mariguana y el insoportable olor a ropa sucia. En ese laberinto donde las paredes estaban forradas de libros, se reunían sin agenda y sin calendario comunas literarias para conversar, discutir y protestar contra un planeta que se tornaba cada vez más intolerante. El rato menos pensado emergía de algún agujero, el gurú de esa fantasía. Era George Whitman, un judío americano que a sus 40 años había realizado su ideal: albergar bajo su techo libros, lectores y escritores.VISITANTES. Una novela en tres palabras. Se cuenta que a través de los días traspasaron sus puertas celebridades  como Anais Nin, Henry Miller, Ray Bradbury, Lawrence y James Baldwin. O escritores de la beat generation como Lawrence Ferlinghetti.  Alguien le preguntó a George Whitman si había escrito algún apunte autobiográfico, y éste, casi centenario, respondió: “He creado esta librería como un hombre hubiera escrito una novela, construyendo cada cuarto como un capítulo, y deseo que los visitantes, abran la puerta de la misma manera en que abren un libro, un libro que los lleve a la estela mágica de su imaginación”.

Cuando la librería se inauguró en 1951 se llamaba Le Mistral, pero su actual nombre Shakespeare and Company fue adoptado recién en 1964, en conmemoración al cuarto centenario del nacimiento del vate, recuperando el nombre y la misión de la librería fundada por Sylvia Beach en 1919 en la calle Odeón, donde se reunían exilados americanos como Ernest Hemingway, Gertrude Stein, Scott Fitzgerald, T. S. Eliot y Ezra Pound, al igual que ilustres escritores franceses. Recuérdese que fue Beach, la única editora que se atrevió a publicar en 1922 el Ulysses de su amigo James Joyce, considerado entonces sumamente obsceno. George Whitman no sólo rescató el espíritu de Sylvia Beach, sino amplió el espectro de su perspectiva hasta lograr fundar un hogar para escritores y lectores de todo el mundo, nutrido de libros que podían comprar, prestarse o hasta robarse y algunas veces hospedarse en sus predios.

En plena Guerra Fría, George pregonaba su adhesión al Partido Comunista, tanto de Estados Unidos como de Francia, definiendo su tienda como una “utopía socialista, disfrazada de librería”. La mejor descripción de ese Quijote literario la hizo Anais Nin, en su diario: “Y allí, por el Sena estaba la librería, diferente a todas las que conozco. Una casa de Utrillo, temblando sobre sus cimientos, ventanas pequeñas, cortinas arrugadas. Y de ahí surgía George Whitman, subalimentado, barbudo, un santo entre sus libros, prestándolos, hospedando a sus visitantes desmonetizados”.

En verdad, las tertulias parecían interminables y George insistía que algunos de los artistas, intelectuales, escritores y curiosos se quedaran a dormir ocupando los siete camastros que se mimetizaban entre los libros. Ávidos de ahorrarse el costo de un hotel parisino, se estima que en seis décadas de funcionamiento, unos 20.000 escritores jóvenes y otros jóvenes en el corazón, usaron a la Shakespeare and Company como refugio gratuito. George, les pedía, a cambio, tres retribuciones: leer un libro durante el día, ayudar en la tienda por una hora y escribir, en una página, su autobiografía. La colección de notas de los precarios huéspedes es impresionante por su variedad y por la descripción de sus ambiciones juveniles.

Otra característica de la librería era y sigue siendo unas tres pizarras dispuestas para colar anuncios varios que van desde pedidos de trabajo temporal, ofertas de servicios a cambio de habitación o simplemente solicitudes de encuentros furtivos. He escogido dos ejemplos, en uno se lee “Modesto exiliado desea comunicarse con una chica que tenga el sentimiento trágico de la vida y una mágica sensibilidad hacia la gente…”. Y este otro redactado por el mismísimo George: “Librero parisino con muchos clientes que leen su cuota de un libro por día busca chica para ayudarle a construir una cabaña en el bosque. Si ella le cocinara cada mañana truchas para el desayuno, él le contaría historias de perros cada noche”. George, refiriéndose a El idiota  solía decir que estaba agradecido a Dostoievski por haber escrito su biografía antes de que él naciera. “Yo soy el príncipe Myshkin”, proclamaba.

Al retornar esta primavera a esa majestuosa cueva del pensamiento y de la palabra, de la mano bielorrusa de Yulia, rememoro con gratitud al generoso anfitrión. George Whitman, personaje singular de la comedia humana, murió el 10 de diciembre de 2011, a los 98 años de edad. Quizá un epitafio apropiado para honrar su vida y su obra, podría ser la frase del poeta: “Nunca hombre alguno amó tantas cosas y despreció tan pocas”.

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