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Shankar: el diálogo intercultural

El músico indio, quien murió a sus 92 años, sostuvo un intenso diálogo con la música occidental

Ravi Shankar. Fue un gran intérprete del sitar.

Ravi Shankar. Fue un gran intérprete del sitar.

La Razón / Diego A. Manrique - periodista

00:00 / 16 de diciembre de 2012

Ravi Shankar, que murió el martes en San Diego (California), disfrutó de una vida plena. Sus 92 años fueron lo bastante intensos para justificar dos autobiografías (My music, my life y Raga mala), donde explicaba cómo amplió los límites de la tradición musical que encarnaba, aplicando sus poderes al cine, el teatro y el ballet, aparte de abrirse a experimentos internacionalistas.

Ningún otro músico clásico tuvo tanta influencia en la evolución del pop. Se recuerda su humor punzante en el Madison Square Garden neoyorquino, en agosto de 1971. Se celebraba el benéfico Concert for Bangla Desh, que partía de una idea suya. Iba a tocar un jugalbandi, un dueto con el prodigioso tablista Ali Abkar Khan. Según la costumbre, afinaron sobre el escenario. Les respondió un aplauso general. Ravi advirtió al público: “Si apreciáis tanto la afinación, espero que disfrutéis aún más con la música”.

No funcionaba como gurú contracultural. De hecho, Ravi conservaba prejuicios de su casta y deploraba el uso de drogas y la promiscuidad de los hippies. Aunque él mismo se benefició de la tolerancia ambiental de los 60, como se supo al triunfar Norah Jones y revelarse que era hija de Shankar y de una promotora estadounidense.

A mediados de los 60 ya había conocido al músico pop que le convertiría en un ícono global similar a Ghandi o Tagore. El publicista fue George Harrison, el más insatisfecho de The Beatles. En 1966, Shankar le dio clases, advirtiéndole que no eran más que rudimentos, que el verdadero dominio del sitar requería años de estudio. El discípulo no estaba tan comprometido pero sí aceptó los consejos de Ravi para internarse en las creencias hinduistas. El poder de irradiación de The Beatles hizo el resto: se materializó incluso un híbrido llamado raga rock.

No menor fue su ascendiente sobre la vanguardia del jazz, entonces interesada por las religiones orientales. En 1965, John Coltrane bautizaría Ravi a su hijo, hoy también saxofonista. Fascinó igualmente a muchos minimalistas; con Philip Glass grabaría Pasajes, en 1990. Siempre estaba abierto a colaboraciones insólitas, como Inside the Kremlin (1988), con una orquesta y un coro rusos.

Harrison se mantuvo como principal difusor de las virtudes de Shankar, pero el sitarista se sentía más cómodo al lado de colegas de formación clásica. Con el violinista Yehudi Menuhin realizó los populares elepés West meets East (1966-7). André Previn dirigió a la sinfónica de Londres en su Concerto for sitar and orchestra (1970), el primero de varios. Jean-Pierre Rampal, Bud Shank o Zubin Mehta también se beneficiaron de su apasionado discurso instrumental.

Aunque sufría problemas cardiacos desde los años 70, apenas disminuyó su carga de trabajo. Recibió una oleada de honores y premios, sin renunciar a los conciertos. Guió los pasos de su hija menor, Anoushka Shankar, una sitarista igualmente atraída por el diálogo intercultural.

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