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Silencios en habitaciones vacías

En ‘La hierba de las noches’, Patrick Modiano, flamante Premio Nobel de Literatura, vuelve a sus atmósferas inasibles y personajes esquivos

París. La novela transcurre en un París ‘nocturno y furtivo’: Hoteles que ya no existen, restaurantes y bares que han desaparecido. Foto: Anagrama

París. La novela transcurre en un París ‘nocturno y furtivo’: Hoteles que ya no existen, restaurantes y bares que han desaparecido. Foto: Anagrama

La Razón (Edición Impresa) / José Luis de Juan - escritor

00:00 / 09 de noviembre de 2014

En casi todas las obras de Patrick Modiano, flamante Premio Nobel de Literatura, nos enfrentamos a una voz que parece hablar en la oscuridad de una habitación de hotel situado en un París fantasmagórico en un tiempo indeterminado. La persona que habla mira por la ventana en la noche y lo que ve son sombras de su pasado, o de lo que cree que son situaciones de otro tiempo de su vida, de las que quedan apenas unos nombres de calles y de personas.

Los nombres actúan a modo de mantras, para anclar la memoria en una supuesta realidad que siempre es indecisa, indeterminada, a menudo falsa. De modo que no es de extrañar que esta última novela de Modiano empiece con una frase reveladora y perfecta: “Pues no lo soñé”. En efecto, el hombre que narra, escritor, sabe que no soñó lo que se empeña en desgranar a partir de una acumulación de datos, nombres y escenas que fueron escritas muchos años atrás en una libreta negra que conserva. Al mismo tiempo, el hecho de no haberlo soñado y la prueba de la libreta no es indicio de verdadera realidad.

Todo su relato se moverá en una tierra familiar y a la vez insegura, una tierra a la que creyó pertenecer en una época anterior de su vida y que ya apenas existe. Los hoteles desaparecieron; no hay trazas de aquellos restaurantes y bares y pisos deshabitados, y casas furtivas en los que transcurrió esa “hierba de las noches”. Una hierba aspirada con fruición por el narrador muchos años atrás y que sigue desplegando aún hoy, como si fuese interminable, sus efectos alucinógenos.

Esa hierba es, por supuesto, la literatura. Los personajes de Modiano están sumidos en una niebla de palabras que se arrastran por las aceras mojadas de las calles de una ciudad, sí, soñada. No recuerdo un París tan nocturno y furtivo en ninguna otra obra literaria excepto la de Georges Simenon. Es un París alucinado, muy real y a la vez por completo elusivo, descrito con la fuerza absoluta de la toponimia y la nostalgia por la pérdida. ¿Qué es lo que han perdido esos personajes? La referencia temporal, el anclaje con la realidad, la noción de quiénes son, si es que alguna vez fueron algo más que testigos, observadores de gestos y tonos de voz, anotadores de lugares y nombres, de leves atmósferas. Seres detenidos en esa libreta de notas que llevaba el narrador y ahora consulta como si fuera el mapa de un tesoro extraviado, para encontrarse él mismo en sus manoseadas páginas. En realidad, lo que busca es el reflejo de sí mismo en esa mujer, Dannie, misteriosa, manipuladora, escurridiza. Escribe que estaba seguro de que ambos “teníamos más de un punto en común y que pertenecíamos al mismo mundo”. Uno de esos puntos es que él “estaba muy acostumbrado a vivir sin la menor sensación de legitimidad”.

De la mano de Dannie, el narrador va de sombra en sombra en la noche de París y su banlieue. Ambos ocupan fugazmente pisos de alguien que ella conoce y los abandonan bruscamente con gran sigilo. Dannie no contestaba nunca a sus preguntas y le dejaba la sensación desasosegante y a la vez vertiginosa de haber estado haciendo algo malo sin saber muy bien qué era.

Ella era algo mayor, quizá tres o cuatro años, y él en apariencia un estudiante, aunque nada nos cuenta sobre sí mismo, acerca de dónde vivía y qué hacía entonces. Lo único que le interesa es hablar de Dannie, visitar todas sus poses y sus matices, descubrir nuevos significados en ellos. “¿Por qué ese perpetuo sentimiento de incertidumbre y culpabilidad?”, se pregunta. Y esa sensación es la que proyectan todos los personajes de Modiano, desde Villa Triste a Pedigree, pasando por Viaje de bodas: apenas están seguros de nada excepto de una vaga culpa que no logran identificar, ponerle rostro.

Y mientras la hierba de las noches repta por sus manos que escriben, mientras sueña que no soñó, pasa revista a esos personajes dudosos que se movían alrededor de Dannie. Rememora episodios del Unic Hotel, de lo que allí sucedió, es decir, nada, excepto una niebla que no hay manera de disipar. Apenas abre los ojos el narrador —y los lectores, con él—, está ahí: precisa, incorpórea, frágil. El tiempo pasado carece de importancia: “Para mí, no hubo nunca ni presente ni pasado. Todo se confunde, como en esa habitación vacía donde luce una lámpara todas las noches”.

Por fortuna, no solo tiene la libreta, sino que existe todavía un testigo de aquella vida que no pudo ser soñada: Langlais, el inspector que siguió los pasos de los escurridizos actores de ese drama. Langlais le dejó al jubilarse el expediente de la muerte de un marroquí en la que estuvieron implicados todos los personajes que conoció a través de Dannie. Gracias a esos documentos él supo que casi todo lo que imaginó entonces eran especulaciones y que la verdad fue tan misteriosa y esquiva como ellas. Que ese asunto tenga como referente el asesinato en París de Mehdi Ben Barka apenas nos interesa. De hecho, nos decepcionaría que algún hecho histórico se destacase en medio de un discurso novelístico tan vaporoso y a la vez tan profundo. Lo que nos lleva a preguntarnos por qué las atmósferas de Modiano, en apariencia tan “privadas” y exclusivas, “tocan” en lo más íntimo a sus lectores. Quizá sea su tono nonchalant, que tiene algo proustiano y, al mismo tiempo, el punto observador y tolerante, incapaz de juzgar.

Cuando acabamos una novela de Modiano, dejamos escapar un suspiro. Y entonces miramos por la ventana y tenemos la sensación de “cuando nos quedamos mucho rato mirando una ventana con luz: una sensación de presencia y ausencia a la vez”. La trama es mínima y está hecha, además, de piezas sueltas, dejadas caer como por azar. El narrador no tiene excesiva seguridad en lo que cuenta, aunque nos da igual. A veces, nos irrita la modesta arrogancia con la que presenta unos hechos mientras nos oculta otros. Nos desasosiega esa carga continua “de ingravidez y de vacancia”. Pero la voz nos ha cautivado y salimos del cine modianesco dando tumbos y deslumbrados por una claridad que nos resulta irreal. Modiano nos ha asestado una puñalada de seda por la espalda. Esa puñalada nos interroga y nos hace comprender que, como le dice el inspector Langlais al narrador, “vivimos a merced de ciertos silencios”. Son esos silencios entre las líneas de la narración los que constituyen la fuerza novelística de este autor que siempre parece escribir el mismo libro, echando mano de silencios siempre nuevos, diferentes.

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