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La ‘Sinfonía’ de Navarre, un estreno histórico

El 10 de septiembre se interpretó por primera vez la versión completa de la ‘Sinfonía’ de Gustavo Navarre; la Orquesta Sinfónica Nacional actuó  bajo la dirección de Ramiro Soriano 

La Razón (Edición Impresa) / Gabriel Revollo - músico

00:00 / 21 de septiembre de 2014

Los días miércoles 10 y jueves 11 de septiembre tuvo lugar en el Centro Sinfónico un concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional con importancia de trascendencia histórica para la música boliviana puesto que se ha estrenado la Sinfonía completa compuesta por el compositor boliviano Gustavo Navarre Vizcarra.

En el pasado hubo dos intentos de estrenar la Sinfonía de Gustavo Navarre, el primero fue en el año 1968 cuando el compositor entregó las partituras de su obra a la Orquesta Sinfónica Nacional y ésta, bajo la dirección de Gerald Brown, interpretó solamente el primer movimiento. El segundo intento fue el año pasado, cuando en el marco de un acuerdo entre el Encuentro de Jóvenes Músicos Bolivianos y la Universidad de Sam Houston se decidió recuperar la obra existente de Navarre y la orquesta de la Universidad tocó y grabó en Houston un disco compacto que incluye el segundo movimiento de la Sinfonía y otras obras cuyas partituras aún se conservan.

Considerando los antecedentes es legítimo decir que el día miércoles 10 de septiembre del año 2014 se ha realizado el estreno mundial de la Sinfonía del gran compositor boliviano Gustavo Navarre Vizcarra, casi medio siglo después de haber sido compuesta. No está demás agregar que la versión del maestro Ramiro Soriano —dilecto discípulo del maestro Navarre— dirigiendo la Orquesta Sinfónica Nacional ha sido una versión excelente que ha devuelto al mundo una obra magistral.

Gustavo Navarre Vizcarra nació el año 1931 y falleció el año 2006. Su carrera como músico está claramente dividida en dos etapas. La primera etapa comprende su formación como pianista y compositor en La Paz bajo la tutela de Egon-Carl Schif y Erich Eisner. El año 1968 viaja a París para continuar sus estudios de composición en la Ecole Normale de Musique como discípulo del renombrado compositor francés Henri Dutilleux. A su regreso de Francia comienza la segunda etapa de su carrera profesional cuando, a partir de la década de los años 1970, decide dedicar todo su tiempo a la docencia, ejerciendo varios años como director del Conservatorio Nacional de Música y contribuyendo efectivamente a la formación de notables músicos bolivianos.

Las pocas obras del maestro Navarre que se conservan hoy en día fueron compuestas antes de su viaje a París. De las obras compuestas en la década de los años 1950 se conservan una sonata para violín y seis lieder agrupados en una suite para voz y piano; de las obras compuestas en la década de los años 1960 se conservan una elegía para violín y piano, un cuarteto para cuerdas y la Sinfonía.

Ojalá don Gustavo nunca hubiera viajado a París porque fue allá donde le agarró —no sé si en extrema vanidad o humildad— un afán patológico de perfección, que lo llevó a decidir que nunca más volvería a componer porque carecía de la genialidad de los grandes. Incluso peor, en una fatídica noche de San Juan decidió quemar todas las partituras manuscritas de las obras que había compuesto antes de su viaje.

La sonata para violín se redescubrió apenas el año pasado; se salvó de ser quemada porque la había escrito y dedicado a su amigo, el violinista boliviano ya fallecido Antonio Ibáñez y los hijos del violinista, Luis y Coco, ambos excelentes músicos, el primero violinista y el segundo compositor y pianista, encontraron la sonata entre las partituras de su padre y la devolvieron al mundo incluyéndola en un disco compacto que presentaron en un concierto en La Paz hace apenas un par de semanas.

De igual manera, la Elegía para violín y piano la compuso y la dedicó a su amigo, el gran diplomático e intelectual boliviano Walter Montenegro, que además era violinista; lo más probable es que gracias a don Walter se conserven hoy día copias de la partitura manuscrita de la Elegía.La historia de cómo se salvó la Sinfonía podría parecer un cuento inventado si no fuera que los protagonistas que la cuentan están aún vivos y dan cuenta de su veracidad. Yo soy uno de los discípulos de don Gustavo y lo visitaba durante los últimos años de su vida los días jueves a partir de las ocho de la noche en veladas exquisitas que se extendían durante varias horas de escuchar música y conversar. En alguna de estas veladas me contó cómo había quemado los manuscritos de sus composiciones y además me dijo: “…también me he asegurado de que mi Sinfonía no pueda volver a ser tocada nunca más porque he entrado a la biblioteca de la Orquesta Sinfónica Nacional y me he robado la partitura del primer corno; sin esa parte, Gabriel, esa sinfonía nunca se va a poder reconstruir…”.  

Lo que don Gustavo nunca llegó a saber es que su esposa, doña Luz, había recuperado de la basura los pedazos rotos de la partitura de corno y se los había entregado a su hijo, Gus Navarre, quien se encargó de armar el rompecabezas y pegar los pedacitos con cinta adhesiva. Las partituras de los otros instrumentos fueron rescatadas de la  biblioteca de la Orquesta Sinfónica Nacional y entregadas al maestro Ramiro Soriano, quien se encargó de transcribirlas a los formatos computacionales de este siglo XXI.

Afortunadamente, un compositor no necesita al igual que Joseph Haydn, escribir 140 sinfonías para pasar a la historia. Muchos compositores han ganado sitios privilegiados junto a Bach y Beethoven habiendo compuesto unas pocas obras de perfección artística magistral. Un ejemplo que me viene a la mente es el compositor Cesar Franck que entre sus pocas obras tiene una sonata para violín y piano y una sinfonía que son parte infaltable del repertorio de las más famosas orquestas y los más reconocidos intérpretes. El cuarteto para cuerdas y la Sinfonía compuestas por Gustavo Navarre Vizcarra son esas dos obras magistrales que colocan al compositor entre los grandes compositores latinoamericanos del siglo XX y contribuyen grandemente a forjar el orgullo en nuestra identidad boliviana.

Hasta el siglo XX, exceptuando destellos de genialidad aislados como es el caso de Marvin Sandi y Eduardo Caba y contribuciones que merecen ser nombradas como es el caso de Atiliano Auza León, la historia de la música seria en Bolivia deja una sensación de vacío porque carece de un hilo conductor que contribuya a dar a los bolivianos en general y a los músicos en particular un sentido de pertenencia y orgullo. Afortunadamente, en la segunda mitad del siglo XX aparece la figura de Alberto Villalpando Buitrago que viene a llenar este vacío con creces. La importancia de trascendencia histórica en el acto de haber recuperado la música de Gustavo Navarre Vizcarra es reconstruir los cimientos de nuestra Historia de la Música Boliviana contribuyendo de esta manera a fortalecer nuestro orgullo de ser bolivianos.

Don Gustavo era una persona apasionada y se acaloraba fácilmente en una conversación, particularmente cuando se indignaba gracias a su sentido ético tan correcto e intransigente. Tenía la mirada vital y, particularmente cuando le crecía el cabello desordenado, sus amigos y discípulos le veíamos la chispa de la genialidad y la semejanza física a Ludwig van Beethoven o Albert Einstein. En una de aquellas veladas de jueves por la noche, yo le conté a don Gustavo cómo Franz Kafka le había pedido a su mejor amigo Max Brod ​que destruyera toda su obra después de su muerte y cómo éste había desobedecido la instrucción de Franz Kafka en su absoluta incapacidad de privar a la humanidad de la lóbrega genialidad del gran escritor. Don Gustavo me miró a los ojos y con la pasión que le caracterizaba me dijo: “¡Qué mal amigo!”.  Seguramente a todos los que hemos contribuido a recuperar a la obra de don Gustavo nos queda un lejano sentimiento de deslealtad al no haber cumplido la voluntad en vida del maestro y amigo, pero ese sentimiento queda apocado ante la seguridad de haber dado renacimiento a obras geniales que —simplemente— no podían desaparecer.

El recuerdo que queda después de la música

En los conciertos, las obras nuevas deberían tocarse dos vecesRubén Vargas - periodista

La pianista de origen japonés Mitsuko Uchida decía en una entrevista que las obras nuevas debían interpretarse dos veces en los conciertos de estreno. El jueves 11 de septiembre, en una butaca del Centro Sinfónico Nacional, entendí lo que esa maravillosa intérprete de Mozart quería decir.

Asistí al estreno de la Sinfonía de Gustavo Navarre por la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Ramiro Soriano. Y lo que hubiera querido que suceda es que una vez terminada la audición de la obra —y una vez acallados los muchos y muy merecidos aplausos—, la Sinfonía volviera a empezar. Igualito que cuando uno aprieta la tecla replay en un aparato de música hogareño.

Si la obra de Navarre es escasa —las razones quedan claras después de leer el minucioso artículo de Gabriel Revollo que se publica en esta misma página— las oportunidades para escucharla son aún más escasas. Por ello me quedaron ganas de volver a escuchar su Sinfonía.  

De su escucha me queda la sensación —o más bien el recuerdo— de una pieza adusta, con momentos de verdadera hondura y muy ajustada a su tempo. Estaba claro, además, que Soriano la había hecho suya, por eso podía manejarla y manejarse con tanta propiedad. De verdad, me hubiese gustado volver a escucharla.   

De Navarre y de esta obra no sé decir nada más. Salvo quizás que me gustó el temperamento de su Sinfonía, su gravedad, su densidad, su concentración. Así por lo menos la recuerdo. Me parece que era un músico que no hacía concesiones.

Esta sensación se acentuó quizás por efecto de las otras obras que se tocaron esa noche. Fue un repertorio de música de este lado del mundo y del siglo XX. (Lo que se agradece porque —otra vez— son pocas las oportunidades de escuchar música de esta geografía y que no tenga 300 años.)

Frente a Un americano en París del norteamericano George Gershwin, al Huapango del mexicano Pablo Moncayo y frente al Malambo del argentino Alberto Ginastera —tres obras, con sus grandes matices por supuesto, pero nacionalistas al fin—, la Sinfonía de Navarre podía sonar como una obra alta metafísica.

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