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Solo hay buena y mala música

Chucho Valdés presenta su más reciente  creación, el disco ‘Free-Border’.

Bebo. La portada de ‘Free-Border’. Foto: BGM

Bebo. La portada de ‘Free-Border’. Foto: BGM

La Razón (Edición Impresa) / Javier Lafuente - El País

00:00 / 13 de julio de 2014

Ya en la escuela, era irse al baño la maestra y ponerse a enredar. —¿¡Qué estás haciendo!? —Pero, profesora, mira lo bien que suena Mozart con ritmos cubanos.

Chucho Valdés (Quivicán, Cuba, 1941) recuerda entre risas cómo empezó todo. Y cómo ha seguido, en definitiva. “Es lo que he hecho siempre, lo que realmente me gusta. Tomar elementos de uno y otro sitio y crear cosas nuevas con ellos. Al principio lo hacía como un chiste, pero poco a poco me fue agradando cada vez más, fui poco a poco entrando en los ritmos e instrumentos que dejaron como legado los africanos y los fui mezclando”.

Así pues, lentamente, decenas de discos después, hasta su último Free-Border. Un disco liberador para el que es uno de los grandes pianistas de la música latina, en el que entremezcla la guajira o el son cubano con el ritmo de los tambores batá... o el flamenco, al que se ha acercado desde que intercala Cuba con Benalmádena, donde compartió los últimos días de su padre, el eterno Bebo. “Me siento muchísimo más cerca del flamenco cuando estoy aquí, lo entiendo mejor. En mi caso, tengo que estudiarlo, y he aprendido compartiendo con músicos de aquí. Tiene una riqueza y una pasión increíble. Los cantantes lo viven todo con una fuerza...”, sentencia el músico.

El flamenco está presente en su último trabajo, un álbum con el que reivindica un jazz sin fronteras, porque 'nunca hay tres tipos de música. Solo puede haber dos: la mala y la buena. El resto no es más que tomar elementos que encuentras y tratas de hacerlos compatibles para crear algo diferente, original”.

En esta ocasión, Chucho Valdés ahonda también en las raíces americanas, las del comanche que ilustra el disco. “Fueron una tribu deportada en el siglo XIX hacia México, aunque algunos terminaron en Cuba. Vivieron sobre todo en la parte oriental. Trabajaron allí, se juntaron con los africanos, hicieron familia. Y música, de la que apenas quedó nada. Tuve que investigar, que es lo que me gusta para empaparme de las raíces y poder hacer cosas diferentes”.

Un trabajo, este de indagar, que no parece tener fin en el pianista. “Siempre faltan cosas por descubrir, como el legado que dejaron los esclavos de Nigeria, del Congo... Hay mucho aún que se puede mejorar en cuanto a rítmica, pero también en melodía. Realmente, lo que hago es buscar en mis raíces, en mi identidad afrocubana”.

En esa constante necesidad de fusionar géneros, Chucho Valdés siempre tiene presente la figura de su padre. El fallecido Bebo Valdés (Quivicán, Cuba, 1918-Estocolmo, 2013) que, pese a vivir lejos de la isla, se mantuvo fiel a la tradición del jazz afrocubano.

“Bebo es un concepto, un estilo. No necesitaba hacer nada de esto, a él hay que seguirlo. Fue un compositor súper original y una escuela de piano única. Yo soy de otra generación, tomé todo lo de él, y luego de aquí y de allá, dice finalmente Chucho.

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