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Solo preguntas IV: ¿Se trata de hablar ‘nomás’?

El presentador debe tener en la palabra su principal herramienta para llegar efectivamente al público.

Imagen ilustrativa de un comunicador

Imagen ilustrativa de un comunicador

La Razón (Edición Impresa) / Saraí Amorós - Filóloga y periodista cultural

00:00 / 17 de abril de 2019

Superar los vacíos de un sistema, montarse sobre ellos y ser mejores individuos es posible. La grandeza del hombre radica en revelarse ante lo que quieren hacer de él (recordando a J. P. Sartre). El cómo es hoy el mundo y el lenguaje que habitamos no puede ser la justificación eterna para evitar en algún momento hacerse responsable de uno mismo: porque se es lo que se elige ser. Ante ello, algunos eligen ser pésimos comunicadores.

ANTIGÜEDAD. La comunicación es parte esencial del “ser humanidad” desde los primeros pasos del individuo al nacer hasta el último expiro. El acto de comunicar se manifiesta a través de varios lenguajes, por los que se transmite sentido y se organiza el mundo, creando, adaptando y cimentando una realidad. Aquellos que tienen el “poder” de la palabra, el espacio para levantarla y servir de faro a los que escuchan y malgastan ese privilegio no son conscientes de la historia del arte que practican: la retórica y la oratoria.   

Siglo V a.C., Siracusa: una época en que la palabra tenía el poder de destruir o crear, encantar y entusiasmar, hechizar o engañar. La retórica es el arte del bien decir, del bien hablar, visto como método de acción que posibilita sostener, afirmar y reflexionar sobre una idea. Es un instrumento poético que se caracteriza por su creatividad, estudia la argumentación de las opiniones, tal como el espejo del orador, quien deberá ser elocuente en sus emociones y en la forma en la que transmite el pensamiento. La oratoria exige hablar con elocuencia, utilizar la palabra correcta con la entonación y la emoción que requiera por respeto a su contenido y al efecto que tendrá en los demás. La retórica es el arte de hablar; la oratoria, el arte con el que se habla.

Siglo XXI, aquí: la fuerza de las imágenes gobierna, y con ello se debilita la intención de embellecer y ordenar el lenguaje. Desencanta la lengua con la que se habla y se dice mucho sin decir nada. La comunicación por excelencia, hija de la retórica y la oratoria, es las más condenada al dominio de la imagen, de lo superficial, del mensaje vacío y la pérdida del valor de “la palabra”. Empero reduzcamos el círculo: de la comunicación, pasando por los conductores de televisión… hasta llegar a los “maestros de ceremonia”.

VERBORREA. ¿Hablar por hablar?, ¿hablar sin sentido, para “aguantar” o “hacer tiempo”? O peor aún: hablar diciendo “nada”. Ese llamado “maestro de ceremonia” que profiere espacios lingüísticos banales y se viste de bufón de corte, ignorante de su arte no comprende el privilegio del que goza por tan solo alzar su voz mientras otros escuchan. Y en ese afán, enamorado de la improvisación fallida, se pisotea a sí mismo en medio de una realidad deforme, justificando sus errores por el contexto que lo consume para, finalmente, no hacerse cargo de sí mismo. Nada cuesta revalorizar la figura del orador en los tiempos de hoy (más aún si se cobra por ello): con argumentos claros, información, credibilidad, empatía, confianza, responsabilidad, sin mentir, fingir, aparentar ni posar. El “maestro de ceremonia” es el artista detrás de escena, no la estrella opaca del certamen que confunde una fiesta infantil con un evento institucional. Será la voz por la que todos vivirán el evento y por tanto deberá valerse por sí misma y no por esquemas de frases sin sentido. 

PÚBLICO. El orador y el auditorio deberán ser uno solo, involucrados emocionalmente hasta el final. Si el maestro de ceremonia siente dolor, el público llorará, pues para despertar la complicidad en los que escuchan, el “maestro de ceremonia” deberá ser él mismo y no un personaje pagado. El público será el termómetro que demuestre cuán profesional es aquel que dícese “artífice de la palabra oral”, porque allí se reflejará como extensión de su cuerpo su energía y su seguridad. Si no se aprende a leer los silencios y el temple del auditorio, no descubrirá que a veces el saber cuándo callar es el secreto del que bien habla. Y en la búsqueda de esa complicidad no deberán exigirse los falsos aplausos o las solicitadas “bullas”, ni denigrar a la mujer que le acompaña vista como trofeo, y menos aún derrumbar la imagen de un evento para salvaguardar la propia. El público merece respeto.

Un mal logrado evento protocolar se olvida, pero la imagen de un pésimo maestro de ceremonia crea costumbre, el “así siempre es”. Si la grandeza humana consiste en cambiar la realidad que la moldea e instrumentaliza, ¿qué esperamos? Bolivia merece profesionales de la comunicación y “maestros de ceremonia” que no calquen modelos foráneos impostados y que propongan con cada palabra, que construyan realidades distintas: inclusivas y reflexivas. Y de igual manera un público responsable que sepa respetarse y autoridades conscientes del impacto de un mal ejemplo comunicacional. No es solo culpa de una formación a medias, de las grandes corporaciones que ponen publicidad en el “pa’jpaku” que vende, o del macho que se contenta con piernas femeninas desnudas sino, y fundamentalmente, también de aquel comunicador incapaz de romper esquemas. ¿Qué queda entonces…, resignarse? No, simplemente no, porque hacer comunicación o fungir como “maestro de ceremonia” no se trata de hablar “nomás”.

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