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Spectre

James Bond es una reliquia de la Guerra Fría que vive de la inercia y solo puede ofrecer un rato de buen espectáculo

007. Foto: creala.tv

007. Foto: creala.tv

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 23 de noviembre de 2015

Como al menos 15 de las 23 entregas precedentes de la saga del agente 007, la última se presta de perillas para reavivar la polémica en torno a la congruencia de seguir machacando con las aventuras de la criatura de Ian Fleming, con la cual este personaje salvo el nombre no tiene relación alguna. Fleming podría aducir con toda legitimidad: “a mí no me miren…”, pues, aparte de la franquicia usufructuada por parientes y herederos avispados más alguna que otra escena inspirada en los inicios de las andanzas cinematográficas del agente 007, el resto nada tiene que ver con los escritos de Fleming.

Los nostálgicos siguen añorando a Sean Connery, pero una generación casi ni lo conoció, salvo algunos. Y a éstos, sospecho, se les antojarán piezas prehistóricas y rudimentarias armadas con efectos que, por comparación con los actuales, pueden semejar escarceos amateurs o poco menos.

En los inicios de esta ya demasiado larga acumulación de episodios dedicados al inoxidable agente al servicio de Su Majestad —El satánico Dr. No (1962), De Rusia con amor (1962) y los dos títulos siguientes—, la Guerra Fría definía un contexto hoy inexistente que sumaba un plus a las fantasiosas andanzas del personaje, proyectándolo —más allá de las anécdotas particulares de cada entrega— a una dimensión simbólica, de la cual carece por entero el Bond Siglo XXI.

Tal vez esto explique el giro dado a la figura, lejos de aquellas connotaciones y del empaque exento de contradicciones de una personalidad blindada contra las cuitas de los comunes mortales. Bond ya no es el héroe de una sola pieza, tiene todos los rasgos de un asesino de cuello blanco, adicionalmente vulnerable y atrapado en una telaraña de vacilaciones existenciales otrora inencontrables. Tal cambio de enfoque sobrevino una vez Daniel Craig se metió en la piel, o en el smoking, de Bond, superados los opacos interregnos de Roger Moore, Timothy Dalton y Pierce Brosnan, cuando cada episodio parecía sumar otro eslabón injustificable de pura y desvergonzada usura del pasado.

El remake de Casino Royale (2006), fue el punto de inflexión acentuado más tarde en Quantum of Solace (2008) y especialmente en Skyfall (2012), a juicio de muchos cronistas al nivel de los mejores Bond del comienzo. Algo, o bastante, habrá tenido que ver con ese “renacimiento” la presencia de Sam Mendes en la dirección, aportando los rasgos de su filmografía, volcada a la exploración de los laberintos interiores de sus personajes.

Por lo demás, a diferencia del modelo original y de la veintena de títulos precedentes, en los cuatro títulos señalados, incluyendo Spectre, hay algo así como el intento de elaborar una cadena significante, con eslabones que remiten a los anteriores y dejan establecidas algunas pautas para los que vendrán.

La nueva entrega, igualmente a cargo de Mendes, da la impresión de anunciar el final de este momento, pues si bien Craig mantiene un contrato para el quinto episodio, algunas declaraciones dejaron entrever que Bond lo tiene harto. Y a decir verdad, siendo un gran espectáculo —y poco más que eso—, Spectre denuncia la fatiga del asunto y roza de nuevo el sinsentido de la inercia.

El relato arranca a toda orquesta durante el día de los muertos en México, ofreciendo un prodigioso plano secuencia con Bond lanzado por los tejados de la plaza de la Constitución y el Zócalo en persecución de malandrines italianos. Semejante plano secuencia se arma únicamente de dos maneras: mediante una planificación meticulosa de los movimientos combinados de la cámara y de los actores —pero visto el encuadro en detalle algunos ángulos imposibles parecieran descartarlo— o mediante un no menos admirable ejercicio de montaje. Sea como fuere, la elaborada puesta de ese comienzo en filigrana devela la reticencia de Mendes a dejar en manos de los manipuladores de efectos digitales la espectacularidad al uso para disimular flaquezas dramáticas y haraganerías creativas, asumiendo, a medias, su tarea de realizador en el ahora cada vez menos frecuente verdadero sentido del término.

La producción insumió 250 millones de dólares, el mayor presupuesto en la historia del Bond de celuloide. Semejante suma, exorbitante incluso para los actuales presupuestos hollywoodenses, tiene que ver con el periplo del protagonista por medio mundo —una manera de airear la esmirriada anécdota— de México a Londres, a Roma, a Austria, a Marruecos...

No faltan las féminas apetecibles, aun cuando este agente no da la impresión de estar tan fácilmente disponible como el original. De pasada, en los cuarteles centrales del espionaje británico, 007 escucha rumores acerca de la pronta sustitución de los agentes por centrales electrónicas de datos. Eventualmente otro anticipo de la inminente bajada de telón sobre la saga, o al menos sobre este momento de la misma.

Durante hora y media la puesta en imagen fluye sin mucho tropiezo, adobada con apuntes de humor y sostenida por sólidas creaciones de personajes repescados de los episodios precedentes. De pronto, luego de las secuencias en la nieve, es como si Mendes se hubiese tomado vacaciones dejando que el asunto vaya como pueda hasta el desenlace. Y va a duras penas, resignando ritmo y dinámica narrativa. Reaparecen entonces las sospechas de inadecuación al mundo globalizado de un personaje parido en otras circunstancias, pese al esfuerzo para armar un compuesto de títulos que dialogan entre sí, enriqueciéndose mutuamente.

El desaliño, o la desatención, de Mendes durante el último cuarto del metraje se evidencia también en otros yerros llamativos dentro de una puesta tan cuidada, tan onerosa, entretenida sí durante buena parte del film. La invasiva banda musical, la chatura —por insuficiente desarrollo de su personaje— de Christoph Waltz en la piel de villano gris e inexpresivo, o la superflua presencia de Mónica Bellucci, puesta para cumplir con alguno de los estereotipos del manual Bond. En tales instancias asoman una vez más las dudas acerca de la pertinencia de seguir dándole respiración artificial a un personaje que es una reliquia. Pero mientras la taquilla siga aportando a las arcas de los productores montos como los recaudados durante las dos primeras semanas de exhibición de Spectre, ése será el dato que prime a la hora de evaluar si ya estuvo bueno.

Ficha técnica

Título original: Spectre. Dirección: Sam Mendes. Guión: John Logan, Neal Purvis. Historia: John Logan, Neal Purvis, Robert Wade sobre caracteres de Ian Fleming. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Montaje: Lee Smith. Diseño: Dennis Gassner. Arte: Andrew Bennett, Neal Callow. Efectos: Vince Abbott, Adam Banks. Música: Thomas Newman. Producción: Zakaria Alaoui, Barbara Broccoli, Daniel Craig. Intérpretes: Daniel Craig, Christoph Waltz, Léa Seydoux, Ralph Fiennes, Monica Bellucci.

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