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Star Wars VIII: Los últimos Jedi

La nueva entrega de la saga creada por George Lucas ofrece imágenes muy bien logradas ante un guion flojo e insubstancial.

Star Wars VIII: Los últimos Jedi

Star Wars VIII: Los últimos Jedi

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz / Crítico de cine

02:14 / 27 de diciembre de 2017

Cuarenta años después, convenientemente azuzadas por la maquinaria promocional, legiones de gentes estacionadas en la temprana infancia pasan disciplinadamente por boletería a reencontrarse con sus fantasmagorías adoptivas y, algunos tal vez, para esforzarse por retomar el hilo de una saga definitivamente tan entreveradas en sus idas y venidas que la mejor recomendación es dedicarse a ver la película eludiendo la tentación de establecer las conexiones con los capítulos precedentes, que en relación a la trama resultan en algunos casos ser posteriores, así hubiesen sido rodados tres décadas atrás.

La advertencia pudiera eventualmente resultar del todo superflua si, tal cual sospecho, a gran parte de los forofos de Luke Skywalker y compañía solo les mueve saciar por un momento su ansia de reincidir en el mundano ritual instituido, con indudable olfato mercadotécnico por George Lucas en 1977, predisponiéndose a la espera del siguiente, sin importarles demasiado cuánto ocurre, o deja de ocurrir, en la pantalla.

Ocurre bastante por cierto a lo largo de los 152 minutos insumidos por una trama bombástica que, tal pareciera la impertérrita fórmula de Disney, propietaria actual de los derechos de la franquicia reincide de nuevo en el picoteo de los capítulos previos, al igual que en el de las manoseadas alusiones a diversas fuentes mitológicas, así como a unos cuantos clásicos fílmicos inmarcesibles, reconvertidos unas y otros en proveedoras de un acotado repertorio de guiños autorreferenciales. Pasa de todo decía, pero muy poca, si alguna, novedad en condiciones de insuflar aliento fresco en esta saga lastrada hace rato por la inercia.

Luego de la patinada de El despertar de la fuerza (2015), pistoletazo de largada para la trilogía en curso, el agradecimiento a J.J. Abrams por los servicios prestados estaba cantado. Le toca el turno a Rian Johnson. En realidad lo mismo da, hace rato ya que este asunto tiene obturado cualquier resquicio a la mínima tentación autoral. Hechura de productor, en el sentido más literal del término, o a lo sumo de comité ejecutivo (de Disney, claro) —cabe sospechar— todo viene fríamente calculado para sumar ceros (a la derecha, obvio) en las cuentas, lo cual excluye a priori devaneos rupturistas así como ensayos dramáticos o narrativos de rendimiento no suficientemente constatado.

Si Los últimos Jedi arranca donde quedó parqueado El despertar de la fuerza, el bucle nostálgico llega en la ocasión hasta El imperio contraataca (Irvin Kershner/1980), segundo eslabón de la trilogía fundacional.

Rey es una joven aspirante a Jedi recientemente sumada a la Resistencia bajo comando de la princesa Leia y Luke Skywalker, sumo maestro de aquella organización de republicanos revoltosos, ahora anciano retirado en un antiguo templo Jedi localizado en un lejano planeta donde se conservan valiosos incunables de la casi extinta secta religiosa. Rey está empeñada en persuadir a Luke de volver al servicio activo para ponerse al frente de la resistencia contra La Primera Orden, un grupo insurgente —flamante encarnación del Lado Oscuro en su contencioso contra la República Galáctica y a favor del Imperio—. Entretanto, los últimos resistentes procuran zafar del ataque en pinza del General Hux y de Kylo Ren, nieto y heredero de Darth Vader.

Reducido a lo esencial, nuevamente se nos cuenta una historia de caballeros medievales envuelta en formato de ciencia ficción. De paso se reciclan asimismo, en clave de culebrón, elementos de la tragedia de Edipo, actualizada en los líos familiares de un joven que mata a su padre, riñe con su madre y le planta cara a un tío.

Con un poco de candor puede colegirse que como trasfondo de la trama, en este episodio Star Wars recobra las aparentes ínfulas contestatarias que llevaron en su momento a sobrestimar a Lucas como un rebelde antisistema aventurado a denunciar, en vena hasta cierto punto anarquista, los abusos de los capitalistas intergalácticos y del imperio ídem, en particular el usufructo de la guerra como apetecible fuente de ganancias. Por contraste con la arrogante brutalidad de los poderosos, parecían valorizarse el sacrificio personal, la lealtad, la consecuencia con los principios y la puesta en acto de la razón. Todo ello antes que en 1983 Ronald Reagan lanzara su Iniciativa de Defensa Estratégica, sistema basado en láseres y ojivas para interceptar los misiles del “imperio maligno” (la ex URSS), programa rápidamente popularizado con el nombre de Star Wars, cuando saldaron ya muy pocas dudas de hacia dónde apuntaba en realidad Lucas.

Vuelvo empero a mi sospecha acerca de la inutilidad absoluta de este género de análisis frente a la eficiente apisonadora publicitaria responsable de mantener vivita y coleando la incondicional adhesión de los fans de la más exitosa serie de la historia del cine, al margen de sus altibajos —cada vez más bajos que altos—.

En el caso presente el guion, autoría dizque del propio director Johnson, es un endeble punto de partida plagado de diálogos pobres en exceso, escenas faltas de sustancia, ideas a medio cocinar y un gratuito énfasis para que nadie confunda de qué lado se sitúa cada uno de los personajes, aquellos repescados de los orígenes del asunto al igual que los nuevos. Por momentos todo semeja alguno de los esquemáticos juegos de computadora comercializados por Lucas durante las últimas décadas.

No todo en Los últimos Jedi es desechable empero. El tratamiento visual ofrece momentos verdaderamente logrados y el ritmo narrativo, cuando se aboca a la acción eximiéndose(nos) de las banales disquisiciones filosóficas acerca del bien y del mal, consigue mantener a flote el entretenimiento no obstante el innecesario alargue del relato. La música aportada por el gran John Williams recobra algunos destellos de inspiración, ausentes por entero en el episodio precedente; la faena de los intérpretes exhibe un nivel parejo exento de disonancias significativas. Quedará por supuesto aposentada en el recuerdo del eslabón VIII el involuntario homenaje de adiós a Carrie Fisher, la eterna Leia, súbitamente fallecida antes del estreno.

Es dudoso que tales aciertos formales constituyan justificativo suficiente para el forzado alargamiento de la franquicia, que por lo demás no da señales de ponderación autocrítica respecto a eso mismo, tal cual trasuntan los anuncios hechos públicos de los venideros episodios con fechas de rodaje y estreno ya previstas en una suerte de símil actualizado de las profecías bíblicas advirtiendo plagas y pestes por venir.         

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