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Sufrir la Perfidia desde otra piel

Rodrigo Bellot presenta una de sus obras más personales, desde la que continúa explorando la corporalidad masculina y las honduras del corazón

Perfidia. El actor chileno Gustavo Valenzuela carga con todo el peso de la tensión emotiva de la película del director cruceño.  La cinta fue filmada en Estados Unidos en 2008.

Perfidia. El actor chileno Gustavo Valenzuela carga con todo el peso de la tensión emotiva de la película del director cruceño. La cinta fue filmada en Estados Unidos en 2008.

La Razón / Miguel Vargas

00:00 / 25 de marzo de 2012

El mejor compañero que cada ser humano debería tener es uno mismo. De otro modo, nadie entendería la verdadera naturaleza de nuestros logros ni nuestros fracasos, nadie acompañaría mejor cada instante intrascendente de nuestro día a día, nadie comprendería con tanta exactitud la profundidad de las heridas y del dolor. Esto sólo sería posible si vemos el mundo a través de nuestra propia piel.

Con esta premisa, el director boliviano Rodrigo Bellot propone un thriller de tintes poéticos que ofrece un ticket en primera fila para compartir el mundo íntimo de Gus, el personaje principal, mostrando que cada segundo aparentemente vacío o monótono puede estar lleno de sentimientos encontrados que, finalmente, estallan en busca de una resolución.

Perfidia. La palabra que sirve de título al filme —conformada por per, “ir más allá”, y fides ,“buena fe”— se utiliza para señalar a aquel que abusa de la buena fe del otro. Quien comete perfidia, comete alta traición. Y quizá no exista mayor traición que la del ser amado, ese con el que se quiso construir una vida. Quizá ese mismo sentimiento sea el culpable de que el célebre bolero que da inicio al filme —en una versión de Andrés Barba— haya trascendido al tiempo.

La trama es sencilla: Gus, un joven algo desarrapado y misterioso, llega a un pueblo en el norte de Nueva York y toma una habitación en el hotel La Tourelle. Allí cambiará su apariencia y recibirá una tarea que le servirá además para que pueda expiar sus propios demonios.

La canción de la introducción ya sirve de punto de partida para revelarle al espectador de que se halla ante un filme que se va a tomar sus propios tiempos y que va a centrar su atención en detalles cotidianos, como el seguir el paisaje desde la ventanilla de un bus, el cortarse las uñas en el hotel o el pasar los canales del cable en busca de un programa indeterminado. Esta sensación de hastío, agravada por una búsqueda permanente de satisfacción de las pequeñas necesidades diarias, irá resignificando las imágenes con múltiples capas de contenidos: de pronto, la nieve dejará de ser mero paisaje y se convertirá en gélido estado anímico; el cortarse las uñas pasará de una acción de higiene personal a un ritual de sacrificio, y el jugueteo con el control remoto se transformará en el preludio de una tórrida sesión de autosatisfacción sexual.

Ya con estos niveles de interpretación, Bellot recubre la película con una tercera capa que está estrechamente relacionada con su discurso artístico: la corporalidad masculina. Ya sea en sus películas u obras de arte, el director cruceño se halla en la permanente exploración y cuestionamiento del impacto del cuerpo masculino, así como de los roles y la sexualidad, recurriendo generalmente a imágenes de gran belleza y poesía para sacudir estereotipos.

Si ya en uno de sus trabajos de videoarte presentó a cuatro hombres desnudos compartiendo el mismo espacio en acciones varoniles íntimas, como el afeitarse, en esta película, Bellot decide desnudar al actor chileno Gonzalo Valenzuela, no tanto físicamente —pues siempre está “protegido” por los calzoncillos de la marca auspiciadora—, sino a nivel actoral. Es así que el director provoca al actor para que marque cada escena con su esencia, mientras la cámara se detiene en detalles del cuerpo que empujan al espectador al voyerismo, provocando diferentes reacciones.  El filme no depende de la edición para crear el ritmo, más bien confía en la capacidad de Valenzuela para transmitir diferentes sensaciones y tempos. Este riesgo es grande y es posible que haga que más de una persona sienta un quiebre en el crescendo emotivo en varios puntos del filme. Uno de estos puntos peligrosos es la escena en que Gus canta y baila la canción Ahora te puedes marchar, de Luis Miguel. Si bien el tono lúdico ayuda a sacudir el ritmo narrativo, despierta al espectador y le saca sonrisas, también frena el descenso emocional del personaje. Claro, esta percepción es aparente, pues la bailable canción en que Luis Miguel dice “si tú me hubieras dicho siempre la verdad/ si hubieras respondido cuando te llamé/ si hubieras amado cuando te amé”, es una de las declaraciones más grandes de despecho que existe en la cultura pop latinoamericana. Con todos estos matices, Bellot y Valenzuela hacen que Gus muestre con su cuerpo la transición de un hombre destruido por la traición de su pareja, a un vengador que utiliza la profundidad dolorosa de su amor — el que le hizo preguntar: “Si algún día me dejas, ¿puedo irme contigo?”— para recobrar fuerzas.

Quien busque una historia convencional y fácil de seguir, pase de largo esta cinta. Perfidia es exigente con el público, no en el sentido intelectual —no requiere erudición—, sino en el emotivo y estético: le invitará a reconocer la belleza que se encierra en esos pequeños momentos en que alguien se siente libre para desangrarse ante uno mismo.

FICHA TÉCNICA

Dirección y guión: Rodrigo Bellott.

Producción: David Guy Levy y Rodrigo Bellot.

Fotografía: Daryn de Luco.

MÚSICA: Andrés Barba y Diego Fontecilla. Actúan Gonzalo Valenzuela, Levi freeman y Heidi Schreck.

AÑO: 2008

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