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Sufrir sin amargura

Viscarra descarta los juicios y la emotividad y, con un cierto cinismo, otorga una forma de justicia a quienes compartieron frío, hambre, calles y noches con él.

Fragmentos que recrean vidas ignoradas e indiferentes.

Fragmentos que recrean vidas ignoradas e indiferentes. Foto: Alejandra Rocabado

La Razón (Edición Impresa) / Daniela Renjel - Filóloga

00:00 / 23 de abril de 2017

Borracho estaba, pero me acuerdo es el cuarto libro de Víctor Hugo Viscarra, lo que de inicio revela una práctica en estos terrenos y una conciencia de estar escribiendo para ser leído. Es decir, no estamos frente a un libro que se limite a dar cuenta de un registro, una denuncia o una demanda, sino frente a fragmentos que recrean vidas ignoradas e indiferentes para la gran mayoría de los propios habitantes paceños. Viscarra se dirige a ese lector ajeno al submundo que tiene tiempo, deseo e interés en asomar la nariz en un texto para mínimamente informarse de esas otras vidas y muertes, a decir de Saenz, que habitan en la ciudad, pero que no es ni de lejos uno de esos personajes. De esta forma, drogadictos, ladrones, cleferos, alcohólicos y prostitutas, entre varias y variadas posibilidades, son los amigos de Viscarra que transitan por esta ciudad y por sus páginas.

No es poca cosa describir a estos personajes, con sus haceres diurnos y nocturnos, sin incurrir en el mero voyeurismo o el simple ejercicio del recuerdo. Los fragmentos, relatos o minicrónicas que el autor dedica a la memoria de estos personajes, sus amigos, son un sentido homenaje al fracaso y al valor de los seres que por las razones que fuera no lograron insertarse “productivamente” en la sociedad, viviendo, en cambio, en los márgenes no solo legales, sino morales de la misma.

Morales, sin embargo, no según el estándar que una mirada legalista clasificaría como bueno y malo, colocando las conductas de estos personajes en el segundo apartado. Más bien es la moral del lector promedio la que es cuestionada cuando ignora el destino de personas como las convocadas por Viscarra y cuando, luego de leer sus textos, no puede ver con los mismos ojos a quienes, en el mejor caso, son considerados poco más que parte del exotismo urbano.

No obstante, Viscarra no parece buscar comprensión, ayuda ni elaborar acusación alguna. Su proyecto es crudo y hasta grotesco en la medida que muestra realidades ajenas a la literatura convencional, pero con un grado casi cero de emotividad. De esta forma, la ausencia de juicio sobre sus personajes, acciones y elecciones, llega al cinismo. “Entérense”, parece decirnos, y así como no busca compasión, no evita desvelar razones y situaciones tristes, absurdas y hasta molestas como quien describe un paseo nocturno por la plaza, y tal vez está ahí su fuerza desestructuradora: en sufrir sin amargura. Dice:

“Otra de las cosas que siempre me ha gustado de los muchachos es su forma de contar sus desventuras, matizándolas con anécdotas que hacen que el oyente no se amargue al escuchar historias que tranquilamente harían llorar a quienes no tengan los nervios templados”.

Esta ausencia de queja responde a una voluntad de no afligir al interlocutor, y allí descansa su estilo irreverente, apoyado en el impudor de quien confiesa haber robado, golpeado y corrido para no ser atrapado, señalando con ironía contradicciones tales que permiten la emergencia del humor. Así el lector se descubre tan sobrecogido como entretenido hasta la carcajada con historias que, en honor a la verdad, deberían mínimamente avergonzarnos como sociedad:

“De acuerdo a muchos testimonios, las macabras granjas de rehabilitación no son precisamente quintas de recreo. De los choros que conozco y estuvieron allí, ninguno se ha rehabilitado. Los que volvieron, si tuvieron esa ventura, lo hicieron con ganas de seguir delinquiendo. Pero hay legiones de delincuentes cuyos restos sirven de abono para las plantas silvestres”.

Como se dijo, Viscarra no enjuicia nada. Para él la escritura es el ejercicio que lo libra de volverse loco, y le devuelve la memoria, una de sus pocas riquezas, haciendo una forma de justicia a quienes compartieron el frío, el hambre, las camas y las noches con él. Hay en su trabajo un hálito de “normalidad” o, dicho de otra forma, un intento de normalizar las decenas de anécdotas que cuenta. “No hay nada de qué sorprenderse”, parece decir, y es este gesto en la narración de las desgracias lo que invita al lector a disfrutar del texto al tiempo de sumergirlo en la perplejidad, puesto que no hay manera de ignorar la evidencia que motiva el dolor de su registro.

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