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TALENTOS OCULTOS

La actuación de las tres protagonistas es lo mejor de una algarada patriotera que no toma la necesaria distancia con los hechos pero acierta en la banda sonora y recreando los ambientes.

Imágen del film 'Talentos ocultos'

Imágen del film 'Talentos ocultos' Foto: ew.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 26 de febrero de 2017

Tratando de poner paños tibios al entuerto que se agenció en los prolegómenos para la versión 2016 del show anual de los Oscar, la venerable, siempre inefable además, Academia de Artes y Ciencias de Hollywood fue extremadamente inclusiva en las nominaciones para el de este año, incluyendo tres títulos que tocan los conflictos raciales en su territorio: Talentos ocultos, Luz de luna y Fences, esta última dirigida y protagonizada por Denzel Washington. Además del lío precedente, el giro del entorno político, con el reflotamiento de la cuestión gracias a los desmelenados aportes del Primer Mandatario norteamericano, aportan una carga polémica extra a los títulos mencionados, plus que los productores sabrán agradecer.

Ese adicional beneficia especialmente a una realización que en materia cinematográfica a secas es de una inocultable chatura, lo mismo en las fórmulas dramáticas utilizadas como en los acentos épicos elegidos para cerrar con el consabido broche feliz, bloqueando cualquier posibilidad de situarlo en una referencia proyectiva que lo trascienda. La coartada es la leyenda inscrita antes de entrarle al asunto: “basada en hechos reales”, que atiende a una doble función: de una parte exime al realizador de cualquier esfuerzo por trabajar en el modo narrativo utilizado la verosimilitud de lo narrado; de la otra, quiere asimismo dispensarlo de cualquier opinión que pudiese tildarse de ideológica o algo así.

El enunciado apego a los “hechos reales” no impide que, para facilitarse las cosas, en orden a la mayor efectividad emotiva del relato, el director reacomode la secuencia temporal de los sucesos. Tampoco lo priva de saltarse a la torera dos elementos tocados tangencialmente no obstante el enorme alcance en los tales hechos: la Guerra Fría y la misoginia, que añadida a los prejuicios segregacionistas, multiplicó las dificultades de las protagonistas para hacerse de un lugar bajo el sol. Esta última omisión habilitaría a inferir que las mujeres blancas no tropezaban con ningún escollo para obtener el reconocimiento profesional o personal, lo cual no era así. Pero incluir ambos extremos en la puesta en imagen hubiese obligado al director a trabajarla con mayor atrevimiento. Y, claro está, con mayor riesgo.

El 12 de abril de 1961, la recién instalada administración de John F. Kennedy amaneció con la mala noticia del exitoso lanzamiento al espacio del astronauta soviético Yuri Gagarin a bordo del Vostok 1. En el marco de la Guerra Fría parecía certificar la superioridad tecno/científica del régimen socialista. Resuelto a revertir la situación Kennedy ordenó a la NASA acelerar el proyecto Mercury, para poner en órbita una cápsula tripulada.

El histérico frenesí que embarga las tareas de la oficina dirigida por Al Harrison (Kevin Costner) a cargo de los cálculos para mandar al espacio el Friendship 7, pero especialmente para regresarlo indemne a casa, alude a esa ansiedad de inspiración más política que científica, cuyo exitoso desenlace el 2 de febrero de 1962 con el triple giro orbital de John Glenn es también el de Talentos ocultos, con la previsible algarada patriotera, a la cual la película de Theodore Melfi se suma mansa, obviando cualquier distanciamiento recomendable para no terminar descafeinando por entero lo expuesto hasta ese punto de llegada.

El dato nada menor revelado por la película, su mayor mérito, es que aquel logro no hubiese sido posible sin el aporte decisivo de Katherine G. Johnson, una mujer negra dotada ya desde la infancia de prodigiosa capacidad para resolver los cálculos más complejos. Fue ella quien solucionó infinidad de incógnitas relativas a la resistencia y trayectoria de la nave, no obstante los vejámenes y ofensas recibidas a diario de sus colegas ingenieros blancos.

De modo paralelo el relato aborda las dificultades de Mary Jackson, compañera y amiga de Katherine, para ser recibida en algún centro académico que le permita acceder al título de ingeniera, escollos acentuados por la resistencia de su marido, militante de los movimientos negros más radicales, quien desconfía de los métodos de su mujer para abrirse paso en un medio que, cree, solo entenderá las cosas a la mala. La tercera figura es Dorothy Vaughan, otro prodigio matemático, capaz de dar solución a las dificultades de los primeros ordenadores frente a la perplejidad de los peritos con los cuales comparte esa tarea, lo cual empero no le permite acceder a un cargo de responsabilidad. Las tres, relegadas, junto a una treintena de compañeras en una oficina “exclusiva” para funcionarias “de color”, en un edificio a varias cuadras de las instalaciones principales, cumplen tareas de “computadoras”, según se las denominaba entonces.

A los espectadores avenidos a la propuesta de Melfi la película les resultará atractiva, aun cuando sus pocos valores estén en el manejo de la banda sonora, en la puntillosa recreación de ambientes y, de lejos, en la impecable actuación de las tres protagonistas, sumada a la convincente composición de Costner, quien no desliza la seca severidad de su personaje al grotesco, y tampoco es el súbito converso a la tolerancia. Si toma medidas contra las manifestaciones segregacionistas no es tanto por convicción cuanto por conveniencia, para optimizar el rendimiento de su equipo.

Varios apuntes marcan la exclusión racial institucionalizada, pero como Melfi no es de los directores que apueste a la perspicacia de la platea, prefiere dejar las cosas en claro, ergo redundar de manera machacona aun a riesgo de convertir alguna situación poco risible en una casi-humorada. Tal el caso de las carreras de Katherine hasta el excusado reservado para los negros en aquel edificio anexo, lejos del lugar donde desarrolla sus tareas. No le basta una vez, ni dos, necesita cinco y como adicionalmente la banda sonora “refuerza” la denuncia con la canción de Pharrell Williams “estoy harto y cansado de correr”, se aproxima peligrosamente a la parodia. Esa adscripción del director al lugar común viene ratificado por la coda “ex post” con las fotografías de las verdaderas talentosas ocultas y sus biografías sumarias celebrando el reconocimiento, tardío, del cual fueron objeto. Así las fallas estructurales del sistema quedan de igual manera minimizadas. Y es en tal instancia donde se advierte el mencionado reacomodo temporal de las situaciones: Vaughn ascendió a supervisora antes del viaje de Glenn y lo propio ocurrió con la admisión de Jackson en el curso para titularse como ingeniera.

Ficha técnica

Título original: Hidden Figures.

Dirección: Theodore Melfi.

Guion: Allison Schroeder, Theodore Melfi.

Libro: Margot Lee Shetterly.

Fotografía: Mandy Walker.

Montaje: Peter Teschner.

Diseño: Wynn Thomas.

Arte: Jeremy Woolsey.

Música: Benjamin Wallfisch, Pharrell Williams.

Efectos: Mark R. Byers, Stefan Andersson.

Producción: Peter Chernin, Jamal Daniel.

Intérpretes: Taraji P. Henson, Octavia Spencer, Janelle Monáe, Kevin Costner, Kirsten Dunst, Jim Parsons –USA/2016.

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