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Tabu

Un provocativo filme que se mueve entre dos mundos.  

Tabu. Un provocativo filme que se mueve entre dos mundos.

Tabu. Un provocativo filme que se mueve entre dos mundos.

La Razón / Pedro Susz K. / Crítico de Cine

00:00 / 03 de noviembre de 2013

La francesa El artista (Michel Hazanavicius) y la española Blancanieves (Pablo Berger) fueron los primeros síntomas de una movida que —cabe presumir— da cuenta del agotamiento de la tendencia prevaleciente en la producción cinematográfica de los últimos años empachada de efectos especiales, presupuestos exorbitantes y una apuesta al espectáculo con muy escaso margen para los emprendimientos más personales. Da la impresión que esta movida busca en el regreso al cine clásico el resquicio para recobrar ese espacio de libertad creativa inhallable en los proyectos hipotecados a la apuesta comercial sin salvedades.

Tal reencuentro con los principios es radical, incluyendo el rescate del blanco y negro como señal de la voluntad de situarse a contracorriente de los modelos en boga. Se trata —claro está— de una jugada riesgosa puesto que contesta todos los hábitos perceptivos interiorizados por los espectadores. En particular los hábitos de las nuevas generaciones desasistidas de los recuerdos que en el público de mayor edad pueden activar la empatía con estas propuestas a partir de lo visto tiempo, mucho tiempo atrás.

Portugal. En los circuitos del cine europeo, el cine de Portugal goza de un merecido prestigio de calidad no obstante su exigua producción. Tal prestigio, que por lo demás no consiguió —salvo excepciones— trascender  más allá de las salas de cine-arte, tiene su figura consular en la dilatada filmografía de Manoel de Oliveira (O acto da primavera, 1963; A divina comedia, 1991; A caixa, 1994; Palavra e utopía, 2000, más una docena de títulos en casi 70 años de actividad ininterrumpida). Son conocidas asimismo, si bien en menor medida, las obras de Antonio da Cunha Telles, Paulo Rocha, Joao César Monteiro, Fernando Lopez, Teresa Vilaverde Cabral y Pedro Costa.

Por eso no deja de sorprender la sonada repercusión del tercer largometraje de Miguel Gomes, jaleado en varios de los más importantes festivales pero con una más que interesante convocatoria de espectadores, máxime teniendo presente su apartamiento de cualquiera de los patrones narrativos y temáticos al uso.

Tabú es un homenaje a la película homónima de Friedrich Wilhem Murnau y Robert Flaherty (1931), pero dista de ser un mero refrito mudo. Se trata, por el contrario, de un curioso experimento que mezcla con absoluta soltura estilos y lenguajes. La trama se desarrolla, siguiendo el modelo de Murnau, en dos partes: Paraíso y Paraíso perdido. Incluye, adicionalmente, una suerte de obertura filmada respetando los cánones del cine documental de las primeras décadas del siglo pasado, aun cuando agrega un pausado relato en off a propósito de cierto desdichado explorador que se interna en la selva africana espoleado por un amor perdido hasta acabar lanzándose al agua para ser devorado por los cocodrilos.

Paraíso se desarrolla en la actualidad, en Lisboa, y se centra en la figura de Pilar, mujer de mediana edad, activista de una ONG, solitaria y abrumada por un vacío existencial que trata de llenar a medias ocupándose de Aurora, vecina senil que dilapida en el casino los últimos centavos de su antiguo bienestar burgués, bajo la mirada de Santa, la enigmática dama de compañía negra. Cuando Aurora es internada en el hospital a pasar sus últimos días y, entre los delirios que la asaltan, pide que vayan a buscar a un antiguo amigo llamado Gian Luca Ventura, cambian el tiempo y el estilo de la puesta en imagen.

Mozambique. Es el retroceso al Paraíso perdido, con Aurora como protagonista de un romance vivido, muchos años antes, en Mozambique con Gian Luca, cuyo relato autobiográfico en off acompañará el resto del metraje. Ese relato asume la función de los intertítulos en las películas mudas, un modo de narración que prescinde de cualquier sonido ambiente y que es utilizado por Gomes para situarse en la época de la historia, allá lejos y hace tiempo.

Aurora, casada con un apuesto colono, gasta sus días cazando y criando un cocodrilo en la alberca de la hacienda de su marido. La rutina estalla con la aparición de Ventura, seductor impenitente, enredado de paso en una relación homosexual con Mario, aventurero y pianista italiano. Embarazada de su marido, la bella protagonista es presa de un tormentoso romance con Ventura que sigue las pautas de la novela decimonónica del amor prohibido e imposible, condenado a la tragedia final, crimen incluido.

El tiempo también es materia de un manejo tramado sobre el discurrir de la memoria. Si en la parte actual del relato, el transcurso de los días de  Navidad va pautando el avance de los acontecimientos; en la mirada retrospectiva, es el paso de los meses el que envuelve los acontecimientos, enturbiados por la lejanía temporal que desdibuja el recuerdo.      

La tensión dramática, a lo largo de ese segmento, el más dilatado de la película, aflora del contraste entre el tono desapasionado y distante, monocorde casi, utilizado por Gian Luca para contar lo suyo y la turbulencia de la pasión ilustrada por imágenes que, por su tratamiento, remiten al ascetismo figurativo-narrativo de Bresson, Dreyer y el primer Rohmer, especialmente al del primero con el cual comparte la milimétrica planificación de la puesta, así como la sequedad de las tomas despojadas de cualquier afeite.

Sin embargo, Gomes no se limita a reproducir la estructura del folletín romántico del siglo XIX. Un sorpresivo giro argumental reenfoca el relato situándolo contra el telón de fondo de la quiebra del orden colonial desestabilizado por las primeras revueltas de los lugareños contra esos frívolos ocupantes, quienes toman nota de esos acontecimientos en vena más bien juguetona, cual si se tratara de un divertimento propicio para inyectar algo de emoción en la rutina cotidiana.      

“Sabía que esta película, que se iba a llamar primero Aurora —explica el director— y luego se llamó Tabú, iba a tener que abordar esa idea de extinción. Hay un personaje que desea morir, pero también se habla de una sociedad extinta, la sociedad colonial. También deseaba dialogar con un cine extinto, el cine clásico, deseaba hablar sobre el mundo colonial, tanto el real como el creado por el cine. No quería filmar el África real actual, no tenía el derecho. Lo que deseaba era trabajar sobre esa mitología del África del tiempo colonial”.

Con enorme libertad Gomes ha construido una provocativa y atrapante película, compleja no obstante las apariencias, que dista mucho de ser un mero tributo al cine de antes. Por el contrario, el reposado recuento, no exento de ironía, de su inevitable extinción, como la del imperio colonial y de los sentimientos de épocas pretéritas, teje una desafiante multiplicidad de significaciones que el espectador está retado a desentrañar de a poco, sin dejar de lado el placer causado por este trabajo de orfebrería a contrapelo —decía al comenzar— de las formas al uso.

Ficha técnica

Título original: Tabú.

Dirección: Miguel Gomes.

Guión: Miguel Gomes, Mariana Ricardo.

Fotografía: Rui Poças. Montaje: Telmo Churro, Miguel Gomes.

Diseño: Bruno Duarte. Arte: Silke Fischer.

Producción:  Maren Ade,  Sandro Aguilar,  Alexander Bohr,  Jonas Dornbach.

Intérpretes: Teresa Madruga, Laura Soveral, Ana Moreira, Henrique Espírito Santo, Carloto Cotta, Isabel Muñoz Cardoso, Ivo Müller,  Manuel Mesquita, Paulo Amorim.

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