Tendencias

Tapas y cortezas

La artista cruceña Roxana Hartmann realizó exclusivamente para este número de Tendencias esta ilustración.

La artista cruceña Roxana Hartmann realizó exclusivamente para este número de Tendencias esta ilustración.

La Razón (Edición Impresa) / Óscar García / Música

00:00 / 06 de agosto de 2017

La parte interior de la corteza, en un ritual consagrado y a veces odiado, se transforma en papel y éste en el portador de la fiesta, de la permanencia, del asombro y de toda clase de misterios hechos de palabra y de trazo. La fiesta, a diferencia de la permanencia, es efímera, fugaz, intensa y portadora de belleza. La permanencia permite la contemplación, el paseo, la revisión. Permite la tachadura, el borrón, la anotación. Permite que el tiempo juegue a favor.

El asombro es el otro lado de la raya, es lo que está un poco más arriba de cielo de la rayuela, y lo que está adentro de la escritura de Rayuela. El asombro es eso necesario que aparece cuando menos se lo espera, metido entre las hojas como una serpiente hecha de letra, enredada y mimetizada entre todos los posibles tonos del verde que un bosque húmedo viste para presumir ante la visión. Hay sociedades que pueden distinguir muchísimos tonos de verde. Eso asombra una vez, la segunda vez es conocimiento, la tercera, presunción.

El misterio no se desvela, por principio. Dejaría de serlo. Es misterio en la medida en que haya el suficiente cuidado para que no deje su estado. Muchos están escritos, otros dibujados y algunos atisbados en fotografías. Hay gente que se pasa la vida para intentar descifrarlos y visita todas las posibles conexiones para hacerlo, de ciudad en ciudad, de hito en hito. Pero por sobre todas las cosas, de libro en libro.

Ahí están las claves interpretativas y las trampas. Ahí la fantasía y la historia, la mentirosa y la otra. En las páginas, en la tinta. Lo bello de tinta y los velos de tinta tienen todas las condiciones anteriores, fiesta, permanencia, asombro, misterio. Lo digital tiene la inmediatez y el apuro tiene la clave del éxito, de la puerta fácil. El objeto no.

Para el objeto se requiere tiempo y tener tiempo requiere a su vez entender la vida no como una carrera de postas o como una competencia en la que gana el que llega antes y en lo posible sin despeinarse. Entenderla para que el tiempo alcance a la hora de abrir por vez primera un libro y entregarse y dejarse hurgar adentro de la cabeza y en las emociones. Ese tiempo que marca la diferencia entre convertirse en lector de libros o en lector de contratapas. Por eso son joyas los libros pero no debieran costar como tales si no ser cuidados como tales, y buscados como tales, pero no vendidos como tales. Eh ahí la distancia entre el objeto y el dueño del deseo del objeto. El paso intermedio, el valor de intercambio, el costo y su ganancia.

Hay quienes juntan libros y hay quienes, además de juntarlos, los leen. Hay libros que son parte del interior de la corteza y los hay aquellos corticales que también y en mayor cantidad se leen. Y con frecuencia, más que uno con profundidades, más que la poética de Aristóteles o la de Todorov, de esos en los que se debe aprender lo elemental de la vida, en 2.000 palabras, con frases importantes, a colores. Hay quienes ni juntan ni quieren, ni siquiera para poner un libro atajando el catre. Es el libro, con tanta historia y pena y gloria, el libro, objeto de culto, de ocultamiento, de prohibición, de circo, de feria.

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