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‘Los Maderfakers’: El derecho a preguntarse ‘¿será…?’

La nueva obra del teatrista Kike Gorena se podrá ver en el Teatro Nuna el 31 de octubre y el 3 y 4 de noviembre.

Los Maderfakers, la nueva propuesta de Kike Gorena.

Los Maderfakers, la nueva propuesta de Kike Gorena. Foto: Christian Calderon

La Razón (Edición Impresa) / Camilo Gil Ostria / Crítico

00:01 / 31 de octubre de 2018

Dos problemáticas vienen a mí luego de haber visto Los Maderfakers, la nueva propuesta de Kike Gorena: ¿puede haber un teatro que, junto con entretener, haga pensar?, y ¿es deber del teatro dejar moralejas, como parece ser síntoma en las últimas tres obras de Gorena? Estos problemas no solo se aplican a todo el teatro en general, sino a todo el arte; ya desde este punto, sin todavía entrar al detalle de la obra a tratar, el hecho de que hayan salido de verla es un logro. Sin lugar a dudas, después de Un buen morir, ésta es una de las mejores obras de Teatro Punto Bo (cosa que en sí no significa mucho, pues la calidad de las piezas del emprendimiento deja, en la mayoría de los casos, mucho que desear).

Durante el MICC uno de los programadores de teatro de España mencionó que hay dos tipos de teatro: uno comercial que es el que vende entradas y solo busca entretener, y otro de arte que busca reflexionar con el espectador, poner en escena problemas y no soluciones, un teatro crítico. Este teatro, decía el programador, no vende entradas y que los teatreros deberían ser realistas, hacer lo uno o lo otro y afrontarse a las consecuencias. Una programadora chilena, con una sonrisa en el rostro, le dijo que en ese caso el teatro “de arte” no tendría sentido: cuando se presenta una obra es para el espectador, sino el actor podría reflexionar solito en su casa.

Es, a mi modo de ver, un teatro que entretenga, pero permita reflexionar el que deberíamos (los teatreros, pero también los espectadores) buscar. La pregunta que queda es: ¿Gorena logra eso? Sus actuaciones son excelentes (aunque todavía se notaban un par de dudas que indican que no han ensayado lo suficiente en el Nuna, problema en muchas de las obras de Teatro Punto Bo), la puesta en escena sigue una estética clara y bien trabajada, se pone en escena problemas sumamente profundos. La obra ha sido hecha con cuidado y con cariño, se nota y se aplaude. Sin embargo, mi respuesta es que no. ¿A qué se debe eso? Dos problemas, ambos arreglables (y es que esto no es algo que Gorena no haya logrado antes y de forma magistral en Radio Paranoia): por un lado un problema de ritmo, que seguramente será solucionado en la siguiente función; y, por otro lado, la moraleja.

Es el segundo problema el que más me preocupa, pues implica quizá un cambio más profundo o en el texto mismo o en el tono de los actores. Llega la segunda pregunta de esta breve reseña: ¿no es acaso el arte el que debe enseñar una moral?, ¿por qué estaría esto mal? Mencionemos dos textos de la moraleja: las fábulas infantiles (por ejemplo, las de Esopo) que todos conocemos y, por otro lado, las de (a mí parecer) el mal llamado “teatro popular” que aquí tiene a su representante principal en Raúl Salmón a mediados del siglo XX. En el primer caso se le trata de enseñar al niño qué cosas debe hacer y qué cosas no; en el segundo caso, Raúl Salmón trató de hacer lo mismo con la población paceña, por ejemplo, criticando con dureza las instituciones penitenciarias y que “el error que no se corrige solo crece” (creo que el valor de sus obras está en otro lado).

En ambos casos se trata al otro como intelectualmente inferior. “Él no sabe que ser flojo es malo o lo que podría pasar si no corrige sus errores, necesita que yo, el artista que ha reflexionado sobre el tema, se lo diga”, es decir, se le da respuestas. El arte, creo, es el que te entretiene y te deja la duda, te permite reflexionar con el autor, pues somos iguales, somos seres humanos. Será el espectador el que decida, por un lado, si solo entretenerse o si hacer caso a la reflexión; y, por otro lado, la respuesta (o la ausencia de ella), de manera ética, al problema planteado. Dar una solución definitiva en la obra es reducir el problema, es opacarlo, es buscar solo entretener y confirmar lo que el espectador ya sabe.

En Los Maderfakers esto es lo que sucede ya desde el inicio. Dice, en una lúcida reseña, Miguel Vargas, citando a Gorena: “La primera escena ya expone los ejes de la obra: las relaciones de familia y poder, el rock como interés común que los mantiene juntos y la decadencia. ‘La obra habla sobre la idiotez que es una tendencia tan vigente; hemos visto cómo Trump llegó al gobierno después de una campaña que encontró a todas estas personas que votaron por él’.” Sí, sí, las redes sociales, la televisión, nos vuelven tontos… El único lúcido es Apá que, ante tanta estupidez, decide suicidarse: la muerte del antes ambiguo personaje, es también la muerte del derecho del espectador a preguntarse “¿será…?”

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