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Tentayapì: La última morada

Fragmento de un ensayo sobre ‘la última morada’ del pueblo  guaraní y sobre sus relaciones con el ‘otro’ y la modernidad

La Razón (Edición Impresa) / Elio Ortiz García - antropólogo

00:00 / 10 de agosto de 2014

Es probable que Tentayapì sea una de las comunidades más originales y extraordinarias que el pueblo guaraní de Bolivia aún conserva como referencia viva de su antiguo ser social y cultural, considerando el cúmulo de formas que posee de ensayar la vida al más puro estilo de los guaraní antiguos, cosa que en la mayoría de las comunidades ya no se observa. Los mismos guaraní de otras comunidades que vienen de visita a Tentayapì dicen: ambueyee kuae ñanereta, karamboe vaechaño yaiko ipìpe, “esta comunidad es muy diferente, aún se vive en ella como en los viejos tiempos”; y no es para menos, ahí no se finge ni se folkloriza la cultura antigua, se la vive, tanto así que Tentayapì parece ser la encarnación viva del lejano sujeto mítico que en el resto de las comunidades se ritualiza.

“Ñande, ...ñanderu reta”, “Nosotros, ... nuestros padres”. Para la sociedad actual el modelo ideal de vida no se ubica adelante, en la dimensión moderna y desarrollada que, literalmente hablando, avanza delante de los supuestos “atrasados”, sino en el tiempo/espacio de atrás donde el cúmulo de los hechos del pasado histórico es la referencia del futuro. Desde la perspectiva guaraní, así como sucede con la vida y el desarrollo de los seres vivos, hay un punto en el que todo avance social ya no va más y es cuando empieza a experimentar su degradación; la experiencia le ha enseñado que no existe adelantado alguno capaz de librarse de este retroceso, por más moderno que parezca. Una vez ahí, los atrasados de ayer pasarán a ser los adelantados de ahora y convertidos en modelos para la sociedad degenerada, como lo es Tentayapì ahora. Con eso se explica la importancia que tenían los ancianos hace apenas un siglo en la construcción social como modelos ideales para la sociedad degenerada.

MODERNOS. “Aquellos pobres viejos que anduvieron con un pedazo de trapo en el trasero han demostrado ser más modernos y adelantados, mientras que ustedes los jóvenes, a pesar de esa aparente inteligencia que poseen, son más atrasados que ellos, en vano lucen elegantes y modernos por fuera cuando en realidad son pobres, tan pobres que hasta pena dan, hijitos míos” (Chiraye).

En muchas comunidades guaraní de hoy, cuando se trata de rescatar los hechos históricos más relevantes para ser usados como referencias de vida, se suele recurrir a cualquiera de las siguientes temporalidades de orden escatológico: a) el tiempo de “nuestros abuelos” o ñaneramìi reta, b) el tiempo de ñandetenondegua reta “nuestros antepasados” (cuya traducción correcta es: “los de nuestro adelante”) y c) el tiempo primigenio donde los ñande ìpì reta “ancestros nuestros” forjaron los hechos más relevantes de la existencia social.

En Tentayapì, sin embargo, el retorno al tiempo primordial aparenta ensayar un recorrido tan corto que, hablando en términos lineales, apenas le representa inmiscuirse en el limbo de ñanderu reta “nuestros padres” o de ñanderukue reta “los que fueron nuestros padres” en un pasado reciente, vale decir, posteriores a la era de ñaneramìi reta “nuestros abuelos” y contiguos espaciales al mundo de los vivos, tanto así que para el resto de las comunidades ni siquiera poseen sustancia mítica. Todo eso porque, para los sabios Ñee Iya “Amos de la Palabra” de Tentayapì, los hechos memorables yacen justamente ahí donde ñanderu reta “nuestros padres” tuvieron su actuación. En efecto, es lógico suponer la carencia de  abuelos y ancestros en la escena mítica de Tentayapì, sino la intervención de progenitores recientemente desaparecidos. Ñanderu reta “nuestros padres” fueron los responsables del origen y la condición actual de Tentayapì y, por lo tanto, a sus actuales hijos toca la tarea de conservar sus palabras, respetar sus normas, replicar sus hechos y forjar el futuro conforme a sus sabias enseñanzas.

Todo eso conduce a pensar que la Tentayapì de hoy anda viviendo y actuando en un tiempo/espacio ya vivido y actuado hace bastante tiempo por el resto de los guaraní, tanto así que tiene por padres a sujetos que para los demás cumplen el rol de abuelos, antepasados o ancestros. Solo los ancianos de las épocas pasadas pensaban, hablaban y actuaban como el ilustre Guairindu; nadie más que Tentayapì es capaz de ensayar un estado ideal de vida que los “modernos” actuales anhelan tanto: ausente de sujetos corruptos, libre de ladrones, avaros, codiciosos, lujuriosos, injustos, etc., tal cual desearían ser actualmente todos los guaraní.

Siendo esa la realidad actual diríamos que, para la mayoría guaraní, volver a ser “Tentayapì” ya sería un reto imposible debido a que, para su moderna mente, la idea de andar actuado como “viejo” ya no significa “ser adelantado” o desarrollado sino postergado. Por alguna razón los ancianos de nuestros tiempos se han convencido que el saber moderno y desarrollado ahora pertenece al joven letrado y pensante al estilo Karai. En Kuruyuki de 1992, al momento de conmemorar los cien años de la histórica masacre, los jóvenes dijeron: “A partir de ahora nuestra lucha ya no será más con el arco y la flecha, sino con el lápiz y el papel”, vale decir: ya no más el uso de cosas antiguas, sino de instrumentos modernos pertenecientes al mundo Karai, incluyendo el cine que es la forma Karai de narrar historias. Lo curioso es que ningún anciano objetó la idea en aquella oportunidad.

A eso hay que agregarle la extraordinaria capacidad tentayapeña de ensayar un complejo sistema de defensa étnica, que a estas alturas ya es irrepetible, consistente en la habilidad de montar una especie de muralla etno-geográfica capaz de filtrar y regular el ingreso de agentes externos y nocivos a su salud comunal y, al mismo tiempo, controlar la fuga interna.

El muro geográfico. “Tentayapì” significa la última morada, etimológicamente se desglosa: tëta + yapì = morada, hábitat, pueblo, comunidad, aldea + último, final, extremo. Los pobladores cuentan que Tentayapì se hizo merecedora de este nombre en virtud a su alejada ubicación geográfica, tomando en cuenta que históricamente gozaba de ser la última comunidad del extremo sur (hacia el Pilcomayo) de las comunidades que integraban la gran región Simba de Avatirë (en el departamento de Chuquisaca). Posición geográfica que, reiteramos, le favoreció enormemente en su interés por defenderse del  Karai y preservar lo suyo, logrando que todo ingreso Karai resulte por demás complicado y tedioso por la lejanía geográfica y la ausencia de caminos que frustran cualquier intento. Tentayapì no tiene hasta ahora caminos ni desea tenerlo (o al menos es lo que pensaban hasta hace poco sus mayores), la vía caminera que para el mundo externo se asocia al progreso y desarrollo, para ellos es sinónimo de subdesarrollo y muerte étnica: “yo aborrezco el camino porque por ahí las ciudades, que son el mundo de la perdición, absorben a nuestros jóvenes y empuja al Karai a nosotros” (Guairindu).

MURO ÉTNICO. Cuando el muro geográfico ya no puede más proceden a reforzar el segundo cerco, el cerco étnico, no permitiendo la instauración de escuelas, templos cristianos ni ninguna otra cosa que contenga orígenes foráneos, sino aquellas que se han dejado manipular e inyectar el espíritu nativo, “(...) la escuela Karai desprecia y asesina nuestra forma de ser porque es atentatoria a nuestros pensares, nos akaraiza, por eso la rechazamos” (Guairindu). No es que el Karai sea, o haya sido, enteramente desconocido para el guaraní antiguo, originario y conservador como el tentayapeño, sino al contrario, le conoce muy bien en esencia y naturaleza y por eso se cuida tanto de él. Sistémicamente hablando, el Karai es su lejano y opuesto cultural, no necesariamente por su distante procedencia, sino por la cualidad distinta y contraria de su naturaleza al ser guaraní, la distancia física no siempre puede ser el factor. Pero ¿cómo logra construirse del Karai semejante idea? Los mitos narran que hubo momentos en los que la historia los hizo partícipes y responsables de la conexión de opuestos.  

Se cuenta que Tumpa y Karai (Arakuaa) estuvieron presentes en el principio del mundo, momento cuando ambos fueron iguales en esencia fundadora, mas no así en sus orígenes sagrados; el primero era tiniebla, noche y ciencia de los sentidos, y el segundo era luz, día y ciencia de la experimentación objetiva; el estado de las cosas los unió y ambos aportaron a la vida con su saber ser y hacer distintos. Entonces, ¿por qué tanta resistencia al Karai en Tentayapì? La respuesta es sencilla: Tentayapì sabe que el encuentro de opuestos contribuye a la vida, y el Karai es la mejor ganga que siempre tuvo en frente, pero para fecundar hay que saber invadir o dejarse invadir, y en ambos casos se requiere tener las reglas de juego bien claras a fin de evitar el caos, el desconcierto y la muerte étnica. Tentayapì optó por la segunda estrategia, permanecer en el lugar y esperar que el Karai sea el primero en invadir.

Lo interesante de esta estrategia radica en que el osado invasor jamás llegará ileso al bando opuesto, sino menguado en vigor y fortaleza étnica y, por si fuera poco, dócil y maleable a la manipulación interna, al punto de convertirse él mismo en instrumento útil de conquista guaraní a su propio mundo. A cambio, éste habrá logrado inyectar nuevos genes al seno comunal que, en el futuro cercano, serán la causa de su cambiada y distinta figura social. Contrariamente, los extraños que saltan en paracaídas al centro comunal terminan siendo inútiles, improductivos y nocivos a la salud social y, por tanto, pasibles de expulsión o extirpación inmediata. En resumen, la desdicha de todo buen invasor Karai será la media deskaraización que indefectiblemente sufrirá al cruzar las barreras y la media guaranización del que será objeto en su contacto con el grupo. Regla igualmente válida para el guaraní invasor.

Karai paravete, un miserable Karai. Cierto día, hace ya algunos años, los tentayapeños vieron a un Karai paravete “pobre karaicito” deambulando por sus tierras, aunque en principio no estaban seguros si se trataba de un gladiador legítimo o un sinvergüenza paracaidista que saltó el cerco, finalmente optaron por acogerlo y brindarle lo mejor de los dones que en circunstancias como estas el guaraní suele ofrecer: techo, comida, lecho y calor familiar (que es lo que todo ser humano necesita para estar bien), no importa si tal gesto le signifique al mismísimo Guayari, el Gran Jefe, cederle al extraño huésped su único lecho de sueños y de meditación, las razones eran claras: “paravete, karai paravete..., koräiviko ñande ñandeparavete jae reta oikoa rupi”, “qué pobre, pobre es el karaicito..., así de pobres seguro seremos en su mundo”, el ponerse en sus zapatos es el primer paso porque “guìramoiko, jëta rupi yaja yave, ñandemborì paravetene”, “quién sabe, si algún día logremos llegar a su mundo, sepa darnos una mano el pobrecito”.

El reto de todo buen invasor, entonces, no es nada simple cuando su estar bien pende de una serie de ensayos actitudinales que deberá demostrar en su afán por ganarse la empatía del grupo, de tal modo que sus actos parezcan satisfactorios, o al menos aceptables, a los intereses materiales y espirituales de su anfitrión. Pero, ¿cómo saber comportarse en un ambiente tan extraño y ajeno al de su origen? ¿Cómo saber lo que es bueno o no hacer frente a un grupo cuyos imaginarios poseen soportes sistémicamente tan distintos? ¿Cómo saber cuál de los dones ofrecidos es correcto aceptar o rechazar para evitar ser visto como irrespetuoso? ¿Cuándo dar y qué dar? ¿Cuándo hablar y cuándo callar? ¿Qué hablar y qué no? ¿Cómo soportar ser el hazmerreír en las danzas festivas? ¿Cómo evitar infringir las normas rituales que ni se conocen?, etc. Son retos que inevitablemente deberá afrontar todo buen conquistador, su premio será haber aprendido a comprender un poco al guaraní y, su paga, terminar siendo un Karai menguado en su ser por haberse hecho un poco guaraní.

El director de la película Tierra sin mal, Juan Carlos Valdivia, se tuvo que someter a esta prueba difícil al que pocos se atreven, sacrificando todo aquello que le hacía parecer demasiado Karai frente al otro a fin de sentirse un poco más cercano al guaraní con su media deskaraización, no importa si eso le significaba hacer cosas que en su mundo de origen jamás hubiera hecho. Visitó Tentayapì muchas veces antes de proponerles una película, comió y bebió chicha con ellos hasta el hastío, danzó sus fiestas, hizo el papel de Karai tonto y miserable, se dejó despojar hasta el último centavo que tenía en el bolsillo, utilizó su movilidad como burro de carga para transportar leña y personas por lugares donde no hay caminos, degustó los sabores del ser guaraní e hizo probar a ellos los sabores del mundo Karai.

Como resultado, el Karai creyó estar convencido de que no existe lugar en el Chaco boliviano capaz de otorgarle sosiego y bienestar espiritual como en Tentayapì. A cambio, los tentayapeños son convencidos de que el mundo Karai es fenomenal teniendo a su Sëi, o amigo medio guaranizado, como anfitrión; cuando viajan a La Paz ya tienen dónde llegar, comer y dormir; teniendo de amigo a un tipo tan afable y acogedor ya no existen motivos para sentirse miserables o poca cosa en la gran ciudad.

¿Dónde van los muertos?

Cierta vez, en una guerra, falleció un hombre. Su esposa lloraba desconsoladamente sobre el cadáver cuando vio de pronto que el alma de su amado salió del cuerpo y comenzó a andar hacia el lugar de los muertos. La mujer, impulsada por su gran amor, fue tras el alma de su esposo sin que éste se percatara; la caminata fue penosa y pasaron muchas dificultades, pero finalmente lograron llegar a la hermosa morada de los espíritus. La mujer se quedó maravillada de tanta belleza y verdor; los árboles estaban repletos de frutos y no existía mal alguno. Pero lo curioso era que allá, en el lugar de los muertos, el tiempo transcurría al revés que en la tierra. La mujer veía que por las noches (día en la tierra) las almas despertaban para continuar bebiendo y danzando, mientras en el día (noche en la tierra) las almas descansaban transformadas en zapallos, camotes y árboles frutales. (Del libro para niños de Elio Ortiz García: Jovy. Verdeazul. Sorojchio Tambo Editores, 2014.)

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