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Teodora, la primera feminista, hecha canción

La emperatriz de Bizancio, esposa de Justiniano, fue una precursora de la defensa de los derechos de la mujer en el siglo sexto de nuestra era

Teodora. Los mosaicos bizantinos muestran a la emperatriz Teodora rodeada de su corte.

Teodora. Los mosaicos bizantinos muestran a la emperatriz Teodora rodeada de su corte.

La Razón / Patricia Flores Palacios - feminista queer y periodista

00:00 / 28 de octubre de 2012

Teodora es quizás la primera feminista de la historia, y la mujer más importante del Imperio Romano de Oriente, conocido luego como el Imperio Bizantino.  Fue pionera del feminismo y de la defensa de los derechos de las mujeres a través de la aprobación de leyes adelantadas para su época.

Escritos del siglo VI afirman que Teodora intervino directamente en asuntos legislativos para mejorar la calidad de vida de las mujeres del Imperio Bizantino. Ejerció una gran influencia sobre su esposo Justiniano, el emperador de Bizancio, para que éste codificara el derecho romano en el Corpus Juris Civilis.

En este cuerpo legal, gracias a ella, se incluyeron normas que defendían la igualdad de la mujer, como el derecho al divorcio, la prohibición de castigos por adulterio, el reconocimiento de los hijos nacidos fuera del matrimonio, la defensa de los derechos a la  herencia de la tierra, propiedades y otros bienes, la imposición de penas para los violadores, la posibilidad de abortar y la prohibición de la prostitución forzosa. En el acápite destinado a la familia y la propiedad privada se instituyó la posibilidad de la unión de personas de clases sociales distintas.

Teodora se empeñó en que ese cuerpo jurídico tuviese suficiente fuerza para proteger a los hijos e hijas nacidos dentro o fuera del matrimonio. Se instituyó, por ejemplo, que tenían los mismos derechos de herencia. Estas medidas le granjearon el odio de los patriarcas. Guiados por ese odio, algunos historiadores y cronistas de la época la retrataron como una emperatriz perversa, enfatizando en su origen pobre, su condición de madre soltera y, sobre todo, su pasado de actriz y prostituta que sedujo al futuro emperador del Imperio Romano de Oriente.

Muchos de los mandatos de Teodora se adelantaron en cientos de años a su época. Sin embargo, los poderes religiosos, patriarcales y políticos que la sucedieron se encargaron de cambiarlos o borrarlos de la memoria.

Por ejemplo, la persecución y penalización del proxenetismo y la declaración de la prostitución como “un agravio a la dignidad de las mujeres” fueron olvidadas. Estos mandatos violentaron las legislaciones vigentes y arremetieron contra las prácticas y costumbres masculinas que las asumían como naturales.

Teodora nació el año 502 en la isla de Creta en un hogar humilde. Su padre, Acacio, trabajaba en el hipódromo de Constantinopla y en un circo. La historia registra que siendo adolescente, Teodora trabajaba junto a su padre montando briosos corceles. Así aprendió a dominar el miedo, rasgo que luego, durante el mandato de Justiniano, la encumbraría como una notable estratega política. En su época del circo, alcanzó fama por su representación del mito de Leda y el Cisne gracias a su belleza, erotismo y talento.

Los cronistas de la época  registran que a los 15 años fue madre soltera y que en 523, siendo ya una destacada actriz, se casó con Justiniano, heredero al trono del Imperio de Bizancio. Entronizada como emperatriz después de su boda, como ya se dijo, una de las luchas de Teodora fue la erradicación de la prostitución. Se dice que conocía mejor que nadie el sufrimiento de la prostitución, las violaciones y las vejaciones masculinas. Por ello desplegó una intensa, persistente y eficaz campaña que, sin duda, afectó las prácticas de los patriarcas de los poderes políticos y religiosos.

La prohibición de la prostitución forzosa y el cierre de los burdeles que incumplían esa ordenanza se complementaron con la creación de conventos de arrepentimiento, llamados Metanoia, donde las exprostitutas podían mantenerse a sí mismas. Los documentos de la época afirman que Teodora también instituyó la pena de muerte por el delito de violación, prohibió que los bebés no deseados fueran expuestos, dando así a las madres derechos sobre sus hijos, y prohibió el asesinato de las mujeres acusadas de adulterio. El historiador Procopio escribió que Teodora estaba naturalmente inclinada a ayudar a las mujeres desafortunadas.

Los registros historiográficos afirman que cuando las mujeres recluidas en los conventos de arrepentimiento optaban por el casamiento, la emperatriz personalmente se encargaba de concederles una generosa dote, acorde con costumbres de la época. Esto garantizaba a las mujeres un mejor futuro y minimizaba el abuso de los hombres. Las prácticas comunes de la época eran los golpes, el engaño y el repudio. En el reinado de Teodora éstas  fueron penalizadas.

La Emperatriz instaló en su palacio un gabinete para recibir denuncias y quejas contra maridos, padres o hermanos que ejercían violencia contra las mujeres. Éstas tenían la seguridad de que serían escuchadas y que los agravios de los que eran víctimas no quedarían en la impunidad, a diferencia de lo que ocurre hoy más de 1.500 años después.

Teodora y su esposo Justiniano son considerados santos por la Iglesia Cristiana Ortodoxa por la popularidad y poder que alcanzó el cristianismo durante su reinado y por el esplendor de Constantinopla.  El 14 de noviembre es la fecha consagrada a su memoria.

Su prestigio hizo que la ciudad de Cirenaica sea bautizada como Theodorías para honrar a la emperatriz. Esta ciudad, en el siglo sexto, fue adornada con espectaculares mosaicos, hoy conservados celosamente como patrimonio de la Región Autónoma de Libia.

El 28 de junio de 548, a la edad de 46 años, Teodora murió de un cáncer de mama. Justiniano lloró amargamente en su funeral y no logró superar su partida. Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla. Hoy, su memoria sigue viva. El cantautor Pedro Guerra la homenajeó con una hermosa composición titulada Teodora.

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